El último pecado

Capítulo 3: Un Encuentro Calculado

Al día siguiente, Leo volvió al café. Y al siguiente, y al siguiente. Se sentaba siempre en la misma mesa, en el rincón, pidiendo solo café negro. No necesitaba investigarla; Marco le había entregado un expediente de Valentina Luna a las pocas horas de notar su interés: huérfana de madre, un padre albañil, ninguna deuda, sin novio, sin antecedentes, con una beca al mérito. Una vida normal, limpia, un mundo de distancia del suyo.

Sabía que debería alejarse. La gente a su alrededor era moneda de cambio, un riesgo. Pero ella era como un imán. Le hablaba de los libros que leía, de sus clases, sin saber que cada palabra que decía era analizada por un hombre que podía leer a las personas como si fueran libros abiertos. Con ella, sin embargo, no necesitaba analizar; solo quería escuchar.

—No parece usted un hombre que lea poesía —le dijo Valentina una tarde, al verlo hojeando un libro que ella había dejado olvidado en la mesa.

—¿Qué aparento ser? —preguntó él, con una ceja ligeramente arqueada.

—No lo sé. Alguien que resuelve problemas. De los difíciles —respondió ella, con una sinceridad que lo desarmó.

Leo sonrió. Era una sonrisa que nadie en su organización había visto en años. Una sonrisa genuina.

—A veces, los problemas más difíciles merecen una solución... inesperada.

Ella rió, un sonido que a él le pareció más valioso que cualquier cargamento en el puerto. En ese momento, Leo tomó una decisión que su jefe de seguridad le habría dicho que era una locura. No iba a alejarse. Iba a protegerla. Sin importar el costo. Para sí mismo, se dijo que era un capricho, un lujo que podía permitirse. Pero en el fondo, una parte de él, la que creía muerta, sabía que era algo mucho más profundo.




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