Todo cambió una noche, tres días después. Valentina salía de la facultad, caminando distraída con un libro en la mano. No vio el coche oscuro que se detuvo a su lado hasta que la puerta se abrió y dos hombres intentaron hacerla subir a la fuerza.
—¡Suéltame! ¡No! —gritó, forcejeando, hasta que un tercer hombre, que había estado observando desde la sombra, se interpuso. No era un desconocido. Era Leo.
La violencia con la que actuó fue aterradora y precisa. En menos de diez segundos, los dos hombres yacían en el suelo. Leo la agarró del brazo, no con brusquedad, sino con una urgencia férrea, y la metió en su coche. Con el motor rugiendo, se alejaron a toda velocidad.
Valentina estaba en shock, con las manos temblorosas. No dijo nada durante todo el trayecto. Él la llevó a un lugar que no era su departamento, sino un penthouse minimalista y frío en el corazón de la ciudad. Recién ahí, al cerrar la puerta, ella recuperó la voz.
—¿Quién eres? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas, mirándolo como si viera a un extraño—. ¿Qué pasó ahí? ¿Quiénes eran esos hombres?
Leo se quitó la chaqueta, dejando ver un tatuaje en su antebrazo que ella nunca había notado. El símbolo de la familia Santoro. Se pasó una mano por el cabello, por primera vez mostrando vulnerabilidad.
—Debiste haberte mantenido alejada de mí —dijo, su voz rota—. Yo soy de quien debes alejarte, Vale.
—¿De qué hablas? —preguntó ella, con un hilo de voz.
Él se giró para mirarla. Por un momento, el hombre frío y calculador desapareció, dejando ver a Leonardo, el hijo que perdió a su familia, el hombre que había creído que ya no merecía algo tan simple y puro como lo que ella le hacía sentir.
—Me llaman El Fantasma —confesó, el peso de sus palabras cayendo como un mazazo en el silencio de la habitación—. Controlo el puerto, las apuestas y la mitad de las calles de esta ciudad. Vine a tu café por trabajo, pero me quedé por ti. Y ahora, por mi culpa, te han puesto un precio. Lo siento. Yo... lo siento mucho.
Valentina lo miró, el terror en sus ojos luchando contra la confusión. El hombre del que se estaba enamorando, el que le hablaba con una dulzura inesperada de sus poemas favoritos, era el fantasma del que todos sus compañeros de la facultad hablaban con miedo. La realidad se fracturó en dos. Pero en lugar de correr hacia la puerta, dio un paso adelante.
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Editado: 26.03.2026