El silencio en el penthouse era tan denso que Valentina podía escuchar los latidos de su propio corazón. Permaneció inmóvil, a medio metro de él, procesando la confesión que acababa de destrozar la imagen que tenía de Leonardo.
—Eres un criminal —dijo, no como un acusación, sino como una constatación que le costaba creer.
—Sí —respondió él, sin excusas, sosteniendo su mirada—. He hecho cosas que no puedo justificar. Cosas que te harían huir sin mirar atrás.
—Entonces, ¿por qué me dices esto? ¿Por qué no dejaste que me llevaran esos hombres?
Leo dio un paso hacia ella, deteniéndose antes de invadir su espacio. Sus manos, esas manos que ella imaginaba acariciando páginas de poesía, estaban apretadas en puños a los costados de su cuerpo.
—Porque no puedo protegerte si no sabes la verdad. Y porque... —hizo una pausa, como si las siguientes palabras le arrancaran algo vivo— porque mereces saber con quién te estás arriesgando a estar.
Valentina sintió un nudo en la garganta. Cada fibra de su ser le decía que debía salir corriendo, llamar a la policía, alejarse de ese hombre peligroso. Pero otra parte de ella, la que había visto la forma en que la miraba cuando ella hablaba de sus sueños, la que había notado la ternura oculta en sus gestos, no podía moverse.
—¿Y si quiero quedarme? —preguntó, con la voz quebrada.
La sorpresa en el rostro de Leo fue genuina. Por un instante, el mafioso implacable desapareció, dejando ver al hombre herido que llevaba años escondido.
—Entonces tendré que ser alguien que merezca que te quedes —respondió, en un susurro.
Esa noche, Valentina durmió en la habitación de invitados, con la puerta entreabierta. Y él durmió en el sofá, despierto la mayor parte del tiempo, escuchando su respiración a través del pasillo y jurando en silencio que ningún dedo de los Rojas volvería a tocarla
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Editado: 26.03.2026