A la mañana siguiente, Valentina lo encontró en la cocina, preparando café con una torpeza que contrastaba con su imagen de hombre peligroso. Había derramado granos en la encimera y parecía frustrado con la cafetera italiana.
—Déjame —dijo ella, acercándose con una media sonrisa. Tomó la cafetera de sus manos y en pocos minutos el aroma llenó la estancia.
—Hay cosas que el dinero no puede comprar —murmuró él, observándola—. Una buena taza de café es una de ellas.
—Esa es la primera frase honesta que te escucho decir que no es una confesión de crímenes —bromeó ella, aunque sus ojos aún reflejaban la tormenta de la noche anterior.
Leo la miró con seriedad. Se había cambiado de ropa, pero aún vestía de negro. Era la armadura que no sabía quitarse.
—Vale, necesito que entiendas algo. Lo de anoche no fue un accidente. Los Rojas te buscaban para usarte contra mí. Eso significa que estar cerca mío es peligroso. Más peligroso de lo que puedes imaginar.
—Entonces, ¿qué propones? —preguntó ella, apoyándose en la encimera—. ¿Que me esconda? ¿Que finja que nunca pasó nada?
—Te voy a asignar seguridad. Hombres de mi confianza que te seguirán a todos lados. No podrás ir a la universidad sin escolta, ni al café, ni a ningún sitio.
—¿Me estás secuestrando? —preguntó ella, con un destello de rebeldía en los ojos.
—Te estoy protegiendo —respondió él, con una firmeza que no admitía réplica—. Es mi culpa que estés en su radar. Y voy a arreglarlo.
—¿Y cómo piensas arreglarlo?
Leo dejó la taza de café sobre la mesa. En ese gesto había una determinación fría que le recordó a Valentina que, aunque frente a ella se mostrara vulnerable, seguía siendo el hombre que gobernaba el bajo mundo.
—Voy a acabar con los Rojas. No habrá nadie que te amenace cuando yo termine.
Valentina sintió un escalofrío. No por miedo a él, sino por lo que él estaba dispuesto a hacer por ella. Era un pacto con el diablo, pero en sus ojos ella ya no veía solo oscuridad.
—No quiero que te conviertas en un monstruo por mí, Leo.
Él se acercó, tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo. Con una delicadeza que desmentía todo lo que él era, tomó su rostro entre las manos.
—Ya soy un monstruo, Vale. Pero contigo, por primera vez, quiero ser algo más
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Editado: 26.03.2026