Los días siguientes fueron un torbellino para Valentina. De repente, su vida modesta de estudiante se vio invadida por hombres de traje oscuro que la escoltaban a sus clases, un coche blindado que la esperaba a la salida y un departamento que ya no podía pisar porque Leo había decidido que no era segura.
Ahora vivía en un piso de seguridad, un lugar anónimo en un barrio tranquilo que pertenecía a la organización. Tenía libros nuevos, ropa que alguien había comprado para ella sin preguntarle su talla, y una libertad que se sentía como una jaula de terciopelo.
—No puedo vivir así —le dijo a Leo una tarde, cuando él apareció para revisar los protocolos de seguridad—. Me siento como una princesa en una torre.
Él la miró con una mezcla de frustración y ternura. Estaba sentado en el borde del sofá, con el abrigo aún puesto, como si no pensara quedarse mucho tiempo aunque siempre terminaba prolongando sus visitas.
—Es temporal. En unos meses, esto habrá terminado.
—¿Y si no quiero esperar? ¿Y si quiero mi vida de vuelta? ¿Mis clases sin guardaespaldas, mi café, mis amigos?
—Tus amigos no saben dónde estás. Les dije que te fuiste de viaje de estudios. —La voz de Leo era práctica, pero ella notó el destello de culpa en sus ojos—. Vale, lo entiendo. Y te prometo que cuando esto acabe, recuperarás tu vida.
—¿Y tú? —preguntó ella, en un susurro—. ¿Qué pasará contigo cuando todo esto acabe?
La pregunta flotó en el aire como una hoja en el viento. Leo no respondió de inmediato. Se quitó el abrigo, un gesto que ella había aprendido a interpretar como una señal de que bajaba las defensas.
—No lo sé —admitió—. No he pensado en un después en mucho tiempo.
Valentina se levantó del sillón y se sentó a su lado, tan cerca que sus rodillas casi se rozaban. Por primera vez, fue ella quien tomó la iniciativa, posando su mano sobre la de él.
—Entonces piénsalo. Porque si voy a estar encerrada aquí, leyendo los libros que me traes y esperando tus visitas, al menos quiero saber que hay un después para los dos.
Leo la miró, y por primera vez en años, permitió que la esperanza se colara en su pecho. Le dio la vuelta a la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Para los dos —repitió, como si estuviera pronunciando un juramento
#168 en Ciencia ficción
#1779 en Otros
#77 en Aventura
mafia, cambio de vida por amor, amor guerras muertes y traicin
Editado: 26.03.2026