Las visitas de Leo se volvieron más frecuentes. Al principio era para supervisar la seguridad, luego para compartir las comidas, y pronto se convirtieron en algo que ninguno de los dos nombraba pero ambos esperaban con ansias.
Una noche, Valentina lo sorprendió con un libro en las manos. No era un informe de cuentas ni un expediente de algún enemigo, sino el volumen de poesía de Alfonsina Storni que ella había dejado olvidado en el café semanas atrás.
—¿Te gusta? —preguntó ella, apoyándose en el marco de la puerta.
—No sé de poesía —admitió él, sin levantar la vista—. Pero hay un poema que habla de una mujer que camina por el mar... me hizo pensar en ti.
Valentina se acercó lentamente y se sentó a su lado en el sofá. Leyó por encima de su hombro:
"Tú, que nunca serás para mí como una copa donde yo beba el vino de tu destino..."
—Ese es triste —dijo ella, con suavidad.
—También es honesto —respondió él, cerrando el libro—. Habla de alguien que sabe que no puede poseer lo que ama.
El silencio que siguió era diferente a los anteriores. No había tensión, sino una intimidad que ambos habían estado evitando. Valentina tomó el libro de sus manos y lo dejó a un lado.
—No todos los amores son para poseer, Leo. Algunos son para caminar juntos.
Él la miró, y en sus ojos oscuros ella vio algo que nunca había visto antes: miedo. No el miedo a los enemigos o a la muerte, sino el miedo a ser merecedor de lo que ella ofrecía.
—No sé caminar en tu mundo —dijo, con la voz ronca—. Yo sé pelear, sé ordenar, sé destruir. Pero esto... esto me desarma.
—Entonces déjate desarmar —susurró ella.
Por primera vez, Leo Santoro, El Fantasma, el hombre que había hecho temblar a media ciudad, se inclinó hacia alguien sin calcular consecuencias, sin un plan de respaldo, sin armadura. Sus labios encontraron los de ella con una ternura que parecía imposible en un hombre acostumbrado a tomar lo que quería.
Cuando se separaron, Valentina tenía lágrimas en los ojos, pero sonreía.
—No sabía que podías ser así —dijo.
—Yo tampoco —respondió él, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. Contigo no sé ser de otra forma
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Editado: 26.03.2026