El último pecado

Capítulo 10: La Tormenta se Avecina

La paz, Leo lo sabía mejor que nadie, era solo un respiro entre batallas.

Marco llegó al piso de seguridad una madrugada con el rostro pálido y una carpeta bajo el brazo. Valentina dormía en la habitación, ajena al peligro que se avecinaba.

—Los Rojas se aliaron con los Maldonado —informó Marco en voz baja, mientras Leo revisaba los documentos—. Tienen apoyo desde el norte. Están planeando un golpe. No solo contra tus negocios. Han estado investigando el piso. Saben lo de la chica.

La mandíbula de Leo se tensó. Cerró la carpeta con un golpe seco.

—¿Cómo obtuvieron la información?

—No lo sabemos aún. Pero tenemos una filtración. Alguien de adentro está hablando.

Leo se levantó y caminó hacia la ventana, observando la calle vacía. Su mente trabajaba a velocidad vertiginosa, trazando estrategias, evaluando riesgos. Pero esta vez no estaba en juego solo su imperio.

—Refuerza la seguridad al máximo. Quiero hombres en cada acceso, en cada azotea, en cada maldito desagüe de esta cuadra. Y encuentra al topo. Antes de que amanezca.

—¿Y la chica? —preguntó Marco—. Podríamos trasladarla...

—No —cortó Leo, con una determinación férrea—. Aquí está más segura que en ningún otro sitio. Y yo... yo necesito tenerla cerca.

Marco asintió y se retiró sin hacer más preguntas. Conocía a su jefe desde hacía años, y nunca lo había visto así. La frialdad seguía ahí, el cálculo implacable, pero había algo nuevo en sus ojos: una razón para luchar que iba más allá del poder o la venganza.

Cuando Valentina salió de la habitación horas después, con el pelo despeinado y los ojos todavía somnolientos, encontró a Leo en la cocina. Esta vez había preparado el café él mismo, y aunque estaba demasiado cargado, ella lo aceptó sin quejarse.

—¿Qué pasó? —preguntó, notando la tensión en sus hombros.

Leo dudó. Una parte de él quería protegerla de la verdad, mantenerla en la burbuja de seguridad que había construido a su alrededor. Pero le había prometido honestidad.

—La guerra está por empezar —dijo, con la voz grave—. Y esta vez, no sé cuándo terminará.

Valentina dejó la taza sobre la mesa. En lugar del miedo que él esperaba, en sus ojos vio algo que lo desarmó por completo: determinación.

—Entonces cuéntame el plan —dijo, con una calma que no era fingida—. Porque si vamos a estar en esto juntos, quiero saber contra qué estamos luchando.

Leo la miró largamente. Esta chica de veinte años, estudiante de literatura, que hacía un mes vivía en un mundo de poemas y café, ahora le pedía ser su aliada en una guerra que él había intentado mantener alejada de ella.

—Los Rojas quieren mi territorio —explicó, desplegando un mapa sobre la mesa—. Pero ahora saben que tengo algo que perder. Y eso me hace más fuerte y más débil al mismo tiempo.

—¿Algo? —preguntó ella, con una ceja arqueada.

Una sonrisa, pequeña pero genuina, se dibujó en el rostro de Leo. Tomó su mano y la besó con una suavidad que contrastaba con la crudeza del mapa que tenían delante.

—Alguien —corrigió—. Alguien por quien estoy dispuesto a quemar el mundo si es necesario.

Valentina apretó su mano con fuerza.

—Entonces quemémoslo juntos. Pero después, Leonardo Santoro, tú y yo vamos a construir algo nuevo sobre las cenizas.

Él asintió, y en ese instante, los dos supieron que no había vuelta atrás. La tormenta estaba llegando, pero ya no enfrentarían el vendaval por separado




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