El último pecado

Capítulo 12: Operación Rescate

El operativo se preparó en menos de una hora. Leo no delegó: quería estar en el terreno, algo que no hacía desde hacía años. Valentina intentó detenerlo en la puerta, sujetándolo por la muñeca.

—No voy a quedarme aquí esperando sin saber si estás bien.

—No puedes venir —respondió él, con una firmeza que no admitía discusión—. Es peligroso y no voy a arriesgarte.

—Entonces dime qué va a pasar. Prométeme que volverás.

Leo la miró, y por un instante, el peso de los años que había pasado construyendo un imperio de violencia se reflejó en su rostro. Con una mano libre, acarició su mejilla.

—Voy a volver —dijo, y era más una promesa que una certeza—. Porque ahora tengo algo por lo que hacerlo.

La operación fue quirúrgica. Los hombres de Leo rodearon el depósito en la oscuridad, silenciosos como sombras. Renzo iba con ellos, atado a una segunda oportunidad que sabía que no merecía pero que estaba dispuesto a pagar con sangre.

—No hay movimiento en la entrada —susurró Marco por el auricular—. Tiene mala pinta, jefe.

—Entramos por el tejado —ordenó Leo—. Renzo, tú vienes conmigo. Si quieres redimirte, es ahora.

El depósito olía a humedad y a miedo. Encontraron a la hermana de Renzo en una habitación trasera, encerrada en un armario, con los ojos vendados y las manos atadas. Tenía quince años, apenas una niña, y cuando sintió los pasos se encogió en un rincón.

—Sofía, soy yo, tu hermano. Estamos aquí para llevarte a casa.

La niña rompió a llorar en los brazos de Renzo, mientras Leo cubría la retaguardia. Pero justo cuando salían, las luces se encendieron y tres hombres armados bloquearon la salida.

—Santoro —dijo uno de ellos, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Sabíamos que vendrías. Los Rojas te mandan saludos.

Lo que siguió fue un tiroteo breve pero brutal. Leo movió a Renzo y a su hermana detrás de unos barriles mientras respondía el fuego. Una bala le rozó el brazo izquierdo, pero ni siquiera lo sintió. Cuando todo terminó, los tres hombres yacían en el suelo, y Leo estaba de pie entre el humo y la sangre.

—Vámonos —ordenó, con la voz firme a pesar del dolor punzante en el brazo.

Cuando llegaron de regreso al piso de seguridad, Valentina estaba esperando en la puerta. Al ver la sangre en la manga de Leo, palideció, pero no gritó. En lugar de eso, lo tomó de la mano y lo condujo al baño sin decir una palabra.

—Siéntate —ordenó, abriendo el botiquín con manos firmes.

—No es nada...

—Siéntate, Leonardo.

Él obedeció. Mientras ella limpiaba la herida con alcohol y vendaba el brazo con una precisión que no sabía que tenía, Leo la observaba en silencio. Sus manos temblaban un poco, pero no se detuvo.

—Podrías haberte muerto —dijo ella, sin levantar la vista.

—Pero no lo hice.

—Por esta vez —Valentina terminó de vendar y por fin alzó los ojos hacia él. Estaban llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. No quiero vivir con miedo de que cada vez que sales por esa puerta no vuelvas.

Leo tomó su rostro entre las manos, con una ternura que desmentía la sangre seca en su camisa.

—Voy a terminar esto, Vale. Voy a acabar con los Rojas y después... después todo será diferente. Te lo prometo.

Ella apoyó la frente contra la de él, sintiendo su aliento cálido y tembloroso.

—No me prometas nada. Solo vuelve. Siempre vuelve




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.