El último pecado

Capítulo 13: Un Nuevo Amanecer

Los días siguientes fueron de una calma tensa. La operación en el depósito había sido un golpe para los Rojas, pero Leo sabía que no era el final. Un hombre herido es más peligroso que uno confiado, y sus enemigos estaban heridos en su orgullo.

Pero en medio de la tormenta que se avecinaba, algo empezó a florecer entre él y Valentina que ninguno de los dos supo nombrar hasta que fue demasiado tarde para negarlo.

Una tarde, mientras ella leía en el sofá y él revisaba informes en la mesa del comedor, la lluvia comenzó a golpear los ventanales con fuerza. Valentina levantó la vista del libro y lo observó a escondidas. Tenía el ceño fruncido, concentrado en los papeles, pero había algo diferente en él desde la noche del rescate. Como si una capa de hielo se hubiera derretido, dejando ver al hombre que había estado escondido debajo.

—¿En qué piensas? —preguntó él, sin levantar la vista.

—En que nunca te he visto leer un libro que no sea de poemas.

Leo sonrió, esa sonrisa pequeña que solo ella conocía.

—Mi madre era maestra. Antes de que mi padre... bueno, antes de todo esto, ella quería que yo estudiara literatura. Decía que los libros te salvan de ser prisionero de tu propia vida.

Valentina cerró el libro y se acercó a él, sentándose en el borde de la mesa.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque mi padre murió cuando yo tenía veintitrés. Y el mundo que él había construido necesitaba a alguien que lo mantuviera en pie. Ese alguien era yo. No hubo espacio para los libros.

—¿Y ahora? —preguntó ella, inclinando la cabeza.

Él dejó los papeles a un lado y la miró con una intensidad que le hizo contener la respiración.

—Ahora tengo veintiocho años. He hecho cosas que no puedo deshacer. Pero por primera vez... quiero imaginar un después diferente.

Valentina bajó de la mesa y se arrodilló frente a él, tomando sus manos entre las suyas.

—¿Qué tipo de después?

—Uno donde pueda leer libros sin pensar en cuántas balas me quedan en el cargador. Donde pueda despertarme contigo sin tener que revisar que las puertas estén blindadas. Donde tú puedas volver a tu café, a tus clases, a tu vida...

—Mi vida eres tú ahora —lo interrumpió ella, con una sinceridad que lo dejó sin aliento—. No quiero un después si no estás vos en él.

Leo la atrajo hacia sí, envolviéndola en sus brazos con una urgencia que venía de años de soledad. Enterró el rostro en su cabello y respiró su aroma, como si fuera lo único real en medio de un mundo de mentiras.

—Te quiero —susurró, y las palabras le salieron ásperas, como si hubieran estado encerradas demasiado tiempo—. No sé si está bien, no sé si merezco quererte, pero te quiero, Valentina. Y por eso tengo que terminar con todo esto. Para que puedas tener el después que merecés.

Ella separó el rostro de su pecho y lo miró a los ojos. Sus manos acariciaron su mandíbula, sintiendo la aspereza de la barba que no se había afeitado en días.

—No me hables de lo que merezco. Quédate conmigo. Lucha por ese después. Pero no me digas que no soy parte de él, porque yo ya decidí que lo soy.

Por primera vez en su vida, Leonardo Santoro sintió que el suelo bajo sus pies no era de concreto y sangre, sino de algo frágil y hermoso que tenía que proteger con todo lo que era.

Y se prometió que lo haría. O moriría en el intento




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