—¿Estás loco? —La voz de Marco resonó en el despacho con un eco de incredulidad—. ¿Dejar el negocio? ¿Así nomás? ¿Qué va a pasar con la gente que depende de nosotros, con los pactos, con todo lo que construiste?
Leo estaba de espaldas a él, mirando la ciudad a través del ventanal. Llevaba dos noches sin dormir, dándole vueltas al mismo pensamiento.
—No dije que lo dejaría así nomás. Dije que quiero una salida. Un plan para que la organización siga sin mí.
—¿Y adónde vas a ir? ¿A vivir en una casita con la chica, a leer poemas y a tomar café? —Marco soltó una risa amarga—. No sabes hacer otra cosa, Leo. Esto es lo único que sabés.
Leo se giró lentamente. Sus ojos no tenían la frialdad habitual, sino una determinación que Marco no había visto nunca.
—Aprendí a matar porque no me dieron otra opción. Aprendí a gobernar este imperio porque me lo dejaron en las manos cuando apenas tenía veintitrés años. Pero también aprendí otras cosas, Marco. Aprendí que hay una forma de mover dinero que no deja muertos en el camino. Que hay negocios legales que pueden sostener a la gente que trabaja para nosotros. Que se puede proteger sin destruir.
—¿Y los Rojas? ¿Crees que van a dejar que te vayas así nomás? Los tenés mordiéndote los talones todas las semanas.
—Por eso tengo que terminar con ellos antes. De una vez por todas.
Marco negó con la cabeza, pero en sus ojos había algo más que desacuerdo. Había miedo. Miedo de perder al único hombre por el que habría dado su vida.
—Y si logras eso... si realmente terminás con todo... ¿qué va a ser de mí?
Leo cruzó la habitación y puso una mano en el hombro de su amigo. Un gesto que no hacía desde que eran adolescentes.
—Vas a estar a cargo. Vas a manejar los negocios legales, vas a asegurarte de que la gente que depende de nosotros no quede en la calle. Y vas a ser el hombre que yo no pude ser: alguien que construye, no que destruye.
—¿Y si no quiero? —preguntó Marco, con la voz ronca.
—Entonces te busco otra salida. Pero esto es lo que quiero, Marco. Por primera vez en mi vida, sé lo que quiero.
La puerta del despacho se abrió y Valentina asomó la cabeza, con una bandeja de café en las manos.
—¿Interrumpo algo?
Marco la miró, y luego miró a Leo. Vio la forma en que los ojos de su jefe se suavizaban al posarse en ella, y entendió todo.
—No, señorita. Ya terminábamos —dijo, con una reverencia ligera. Antes de salir, se volvió hacia Leo—. Voy a empezar a trabajar en ese plan. Pero quiero que sepas que si te pasa algo por culpa de esta locura, no le voy a perdonar nunca.
Cuando se quedaron solos, Valentina dejó la bandeja en la mesa y se acercó a Leo.
—¿Le contaste?
—Le conté —respondió él, rodeándola con los brazos—. No le gustó mucho.
—Pero va a ayudarte. Como siempre.
—Como siempre —asintió Leo—. Vale... ¿estás segura de querer esto? Porque cuando empiece, no voy a poder detenerme. Y hay una posibilidad de que no salga bien.
Valentina se puso de puntillas y besó la comisura de sus labios, donde a veces se le escapaba una sonrisa.
—Hace un mes era una estudiante que servía café y soñaba con poemas. Ahora estoy aquí, con un mafioso que quiere ser hombre de bien, planeando una guerra para tener un futuro juntos. ¿Si estoy segura? Estoy más segura que de nada en mi vida.
Él la abrazó con fuerza, sintiendo que el mundo podía derrumbarse a su alrededor y no le importaría mientras ella estuviera en sus brazos.
—Entonces empecemos
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Editado: 26.03.2026