La guerra, cuando finalmente estalló, no fue como Leo esperaba.
Los Rojas no atacaron sus negocios ni sus hombres. Atacaron donde sabían que podían hacer más daño: atacaron la imagen de Leo. Difundieron información sobre sus operaciones a la prensa, filtraron datos a la fiscalía, convirtieron su vida en un escándalo público. La policía allanó tres de sus propiedades en una misma mañana.
—No quieren matarme —dijo Leo, observando las noticias en la pantalla del salón—. Quieren destruirme. Dejarme sin nada para que me vuelva vulnerable.
—Es peor —comentó Marco, con el móvil en la mano—. Acabo de recibir una llamada. La fiscal que lleva el caso es Sonia Rojas. La hermana mayor del jefe de la familia.
Valentina, que estaba sentada en el borde del sofá, sintió un escalofrío.
—¿Una fiscal? ¿Cómo es posible que una fiscal esté aliada con el narcotráfico?
—No está aliada —respondió Leo, con la voz grave—. Es parte de ellos. Los Rojas no son solo una banda, son una familia que se ha infiltrado en todos los niveles. Por eso son tan peligrosos.
—Entonces, ¿cómo los vences si controlan hasta la ley? —preguntó Valentina.
Leo se quedó en silencio largo rato. Finalmente, se levantó y fue hacia un cajón secreto detrás de un cuadro. Sacó una carpeta gruesa, con hojas amarillentas y cintas de goma elástica.
—Mi padre no era un santo, pero era inteligente. Durante años, recopiló información sobre todas las familias. Transacciones, sobornos, nombres. Todo lo que necesitaríamos si alguna vez estábamos acorralados.
—¿Y nunca usaste eso? —preguntó Marco.
—Porque si lo usaba, se terminaba el juego. Todos los imperios se sostienen en un equilibrio de terror mutuo. Si yo sacaba esto, estaba declarando una guerra sin cuartel. Una guerra donde el que pierde no sale caminando.
—Pero ahora no hay opción —dijo Valentina, comprendiendo.
Leo abrió la carpeta sobre la mesa. Los documentos estaban llenos de nombres, fechas, cuentas bancarias. Entre ellos, había un informe detallado sobre Sonia Rojas y sus conexiones con el lavado de dinero.
—Ahora hay opción —dijo Leo, con una sonrisa fría que hacía semanas no aparecía en su rostro—. Ahora vamos a jugar con sus reglas. Y les vamos a ganar.
El plan que trazaron esa noche era peligroso, casi suicida. Iban a filtrar la información a la prensa internacional, a organismos que los Rojas no podían controlar. Al mismo tiempo, Leo iba a ofrecer un trato a la fiscalía: información sobre todas las familias a cambio de inmunidad para él y los suyos.
—Si esto sale mal, terminás en la cárcel —advirtió Marco.
—Si esto sale bien, terminamos todos libres —respondió Leo—. Y yo termino con ella.
Miró a Valentina, que estaba recostada en el sofá, agotada pero con los ojos brillantes. Había dejado la universidad temporalmente, había abandonado su pequeño departamento, su café, su vida. Todo por él.
—Vale —dijo, con una suavidad que contrastaba con la crudeza del tablero que tenían delante—. Esta es tu última oportunidad para salir. Si te vas ahora, puedo hacer que te olviden. Puedes retomar tu vida como si nada de esto hubiera pasado.
Ella se levantó lentamente, cruzó la habitación y se plantó frente a él con los brazos cruzados. En sus ojos había fuego.
—Ya te dije, Leonardo Santoro. Mi vida eres tú. Así que deja de ofrecerme salidas y empezá a planear cómo vamos a ganar esta guerra. Porque yo no pienso perderte.
Marco soltó una risa entre dientes.
—Me cae bien, jefe. Tiene más huevos que toda la banda junta.
Leo la miró, y por primera vez en semanas, sonrió sin reservas. Una sonrisa completa, desarmada, que iluminó su rostro severo como un rayo de sol en medio de la tormenta.
—Entonces, señorita Luna —dijo, tomando su mano y besándola con una formalidad casi cómica en medio del caos—. ¿Me acompaña a darle un jaque mate a nuestros amigos?
Ella devolvió la sonrisa, apretando sus dedos entre los suyos.
—Con usted hasta el final, jefe.
Y en ese instante, entre mapas, documentos y armas, los dos supieron que, pase lo que pase, ya habían ganado algo que ninguna guerra podía quitarles.
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Editado: 26.03.2026