La filtración de información a la prensa internacional fue como lanzar una piedra en un avispero. En menos de cuarenta y ocho horas, los nombres de los Rojas y sus conexiones con funcionarios corruptos estaban en todos los periódicos y canales de noticias. Sonia Rojas, la fiscal que había llevado el caso contra Leo, fue apartada de su cargo mientras se abría una investigación.
Pero la victoria tenía un precio.
—Acaban de atacar uno de nuestros depósitos en el puerto —informó Marco, entrando al piso de seguridad con el rostro ensangrentado—. Fue una emboscada. Perdimos a tres hombres.
Leo apretó los puños sobre la mesa. Había anticipado la reacción violenta, pero no que fuera tan rápida.
—¿Cómo supieron que la filtración venía de nosotros?
—No lo saben con certeza —respondió Marco, dejándose caer en una silla—. Pero nos culpan igual. Los Rojas creen que si no tenemos el control, merecemos perderlo todo.
Valentina estaba en la cocina, escuchando la conversación con el corazón encogido. Había apoyado la decisión de exponer a los Rojas, pero nunca imaginó la magnitud de la respuesta. Desde la ventana, podía ver cómo la ciudad que amaba se estaba convirtiendo en un campo de batalla.
—¿Podemos hacer algo? —preguntó, acercándose con dos tazas de café.
Leo tomó la suya con una mano y con la otra le rozó los dedos. Un gesto pequeño, pero que para Marco significaba más que cualquier discurso.
—Ahora solo podemos esperar —respondió Leo—. La fiscalía federal ya está investigando a Sonia Rojas. Si la caen, los Rojas pierden su protección. Sin ella, son solo una banda más.
—Y mientras tanto, nosotros somos el blanco —concluyó Marco con amargura.
La noche cayó con un silencio que no presagiaba nada bueno. Leo ordenó a Valentina que no se moviera del piso de seguridad, que estaba reforzado con hombres armados en cada acceso. Pero ella notó que él no planeaba quedarse.
—Vas a salir —dijo, no era una pregunta.
—Tengo que reunirme con el contacto de la fiscalía. Si logro que protejan a nuestros testigos, podemos acelerar el proceso.
—Es una trampa —respondió ella, con una certeza que la sorprendió a sí misma—. Lo sé, Leo. Lo siento en el aire.
Él la miró largamente. La luz tenue de la lámpara dibujaba sombras en su rostro, acentuando la tensión en su mandíbula.
—Puede que lo sea. Pero si no voy, todo lo que hemos hecho habrá sido en vano. Y no voy a permitir que hayas arriesgado tu vida por nada.
Valentina quiso decirle que se quedara, que buscara otra forma, que el mundo no se iba a acabar si esperaban una noche más. Pero miró sus ojos y supo que no podía pedirle eso. No era el hombre del que se había enamorado.
—Entonces prométeme una cosa —dijo, con la voz firme aunque las manos le temblaban.
—Lo que sea.
—Prométeme que no vas a morir esta noche. Porque si te pasa algo, juro que voy a levantar cada piedra de esta ciudad hasta encontrarte, y cuando lo haga, te voy a matar yo misma.
Leo soltó una carcajada inesperada, una risa que rompió la tensión como un puño contra un cristal. La atrajo hacia él y la besó en la frente con una ternura que desmentía todo lo que estaba a punto de hacer.
—Prometido. Y si me pasa algo, recordá que me debés una buena taza de café. La última que hiciste estaba horrible.
—¡No es cierto! —protestó ella, entre lágrimas y risas.
Cuando él cerró la puerta detrás de sí, Valentina se quedó con la frente apoyada en la madera fría, escuchando cómo sus pasos se alejaban. Y en la habitación vacía, comenzó a rezarle a todos los dioses que no creía tener
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Editado: 26.03.2026