La reunión era en un galpón abandonado en el límite de la ciudad, un lugar que Leo conocía bien porque allí había cerrado sus primeros tratos. La ironía no se le escapó: el mismo sitio donde empezó su reinado podía ser donde todo terminara.
—Hay cuatro hombres en el perímetro —susurró Marco, que iba en el asiento del acompañante—. Demasiados para una reunión de rutina.
—Lo sé —respondió Leo, con la mano en el bolsillo de su abrigo, donde descansaba su arma—. Por eso vos no entrás. Si escuchás tiros, te vas. Sin mirar atrás.
—Jefe...
—Es una orden, Marco. Alguien tiene que protegerla si yo no vuelvo.
Marco quiso protestar, pero cerró la boca. Sabía que cuando Leo usaba ese tono, no había discusión posible.
El galpón olía a humedad y a metal oxidado. En el centro, una luz amarillenta iluminaba una mesa plegable y dos sillas. Sentado en una de ellas, con un traje impecable que contrastaba con la miseria del lugar, lo esperaba el contacto de la fiscalía. O eso creía Leo.
—No eres el fiscal —dijo Leo, deteniéndose a cinco metros de la mesa.
El hombre sonrió. Tenía los dientes demasiado blancos y los ojos demasiado fríos para ser un burócrata.
—No. Pero me debías una visita, Santoro. Después de lo que hiciste con mi hermana.
Leo reconoció entonces el parecido. La misma mandíbula cuadrada, la misma arrogancia en la postura.
—Mateo Rojas. Creí que estabas en Paraguay.
—Volví. Alguien tiene que limpiar el desastre que hiciste. Y de paso, cobrar lo que me debes.
De las sombras surgieron seis hombres armados, rodeando a Leo con un semicírculo implacable. Mateo se levantó de la silla y caminó hacia él con parsimonia.
—Sabes, admiro tu valor. Venir solo, sin refuerzos, sabiendo que esto era una trampa. ¿Es por la chica? ¿Esa estudiante que te volvió blando?
El rostro de Leo no se movió, pero sus ojos se volvieron acero fundido.
—No la menciones.
—¿Por qué? ¿Te duele? —Mateo se detuvo a un metro de él, estudiándolo como a un insecto—. Mi gente me dice que es bonita. Que tiene los ojos grandes y una sonrisa que desarma. Sería una lástima que algo le pasara.
Fue entonces cuando Leo se movió.
Nadie supo explicar después cómo había ocurrido. En menos de un segundo, el arma estaba en su mano y la culata se estrellaba contra la cara de Mateo Rojas, que cayó al suelo con un gorgoteo de sangre. Los hombres levantaron sus armas, pero Leo ya había retrocedido, usando a Mateo como escudo.
—¡Disparen y su jefe muere primero! —gritó, con una voz que heló la sangre de los presentes.
El caos se desató. Algunos de los hombres dudaron, otros intentaron flanquearlo, pero Leo ya había arrastrado a Mateo hacia la salida. En el forcejeo, dos disparos rozaron su costado, pero no sintió nada. Solo la adrenalina bombeando en sus venas.
Cuando llegó al coche, Marco ya tenía el motor encendido. Leo arrojó a Mateo al asiento trasero y saltó al suyo.
—¡Conduce, conduce! —ordenó, mientras las balas rebotaban en la carrocería.
El coche arrancó con un chirrido de neumáticos, alejándose en la noche mientras los gritos de los hombres de los Rojas se perdían en la distancia.
Marco miraba por el espejo retrovisor, incrédulo.
—¿Trajiste a Mateo Rojas?
—Es nuestro seguro de vida ahora —respondió Leo, apretando un pañuelo ensangrentado contra su costado—. Mientras lo tengamos, los Rojas no se atreverán a mover un dedo.
Mateo, aturdido y con el rostro ensangrentado, intentó incorporarse.
—Mi familia te va a descuartizar, Santoro. Esto es el fin.
Leo se giró hacia él, y por primera vez esa noche, sonrió. Era una sonrisa que no tenía nada de amable.
—No, Mateo. Esto es el principio. Vos vas a ser el testigo que va a llevar a tu hermana y a toda tu familia a la cárcel. Y si no colaborás... bueno, tengo una chica que prepara un café horrible. Te voy a tener tomándolo hasta que te mueras.
Marco soltó una risa nerviosa mientras el coche se perdía en la noche porteña
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Editado: 26.03.2026