Cuando Leo llegó al piso de seguridad, Valentina lo estaba esperando en la puerta. Al ver la sangre en su camisa, el color se le fue de golpe.
—No es mía —mintió él, intentando pasar de largo.
—Leonardo Santoro, si me mentís te juro que...
—Está bien, es mía —admitió, dejándose caer en el sofá—. Pero solo un roce. No es nada.
Valentina no dijo nada más. Fue por el botiquín, volvió con las manos llenas de gasas y alcohol, y comenzó a limpiar la herida con una eficiencia que desmentía su falta de entrenamiento. No lloró, no gritó. Solo trabajó en silencio, con la mandíbula apretada.
—Tenés que parar —dijo finalmente, cuando terminó de vendarle el costado—. No podés seguir así.
—Estoy cerca, Vale. Muy cerca. —Leo tomó su mano, manchada con la sangre de él, y la besó—. Traje a Mateo Rojas. Es la pieza que nos faltaba. Con su testimonio, toda la familia cae.
—¿Y qué te hace pensar que va a hablar?
—Porque si no habla, pasa el resto de su vida en un lugar mucho peor que la cárcel. Y porque su hermana ya está bajo investigación. En un par de días, no va a tener a nadie que la proteja.
Valentina se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro con cuidado de no lastimarlo.
—¿Y después? Después de que todo esto termine... ¿qué?
—Después —dijo Leo, rodeándola con el brazo sano—, después nos vamos. Nos tomamos ese viaje que nunca tuvimos. Vamos a la costa, a un lugar donde nadie me conozca. Y vos podés leer todos los poemas que quieras mientras yo aprendo a hacer un café que no sepa a agua sucia.
—Eso sería un milagro —sonrió ella.
—Ya me tenés creyendo en milagros —susurró él.
En la habitación contigua, Marco vigilaba a Mateo Rojas, atado a una silla con precauciones extremas. El hombre había dejado de amenazar y ahora estaba en silencio, evaluando sus opciones.
—Tu jefe está loco —dijo Mateo, con la voz ronca—. ¿Sabe que si me tiene acá, esto no va a terminar en un juicio? Esto va a terminar en una masacre.
Marco se encogió de hombros.
—Quizás. Pero te digo algo, Rojas. He visto a Leo hacer muchas cosas en los años que llevo con él. Lo he visto destruir imperios, traicionar alianzas, enterrar enemigos. Pero nunca lo había visto feliz. Y ahora lo ves. Está feliz, con esa chica. Y eso lo hace más peligroso que nunca. Porque ahora tiene algo por lo que pelear que no es poder o dinero. Así que si yo fuera vos, empezaría a pensar muy bien si querés ser el que se interponga entre él y esa felicidad.
Mateo lo miró largamente, y por primera vez, en sus ojos apareció algo que no era desprecio ni odio. Era miedo
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Editado: 26.03.2026