Dos días después, la fiscalía federal logró asegurar la protección de los testigos. Mateo Rojas, después de una negociación tensa que duró toda una noche, accedió a declarar contra su hermana y contra los principales miembros de la familia.
—No lo hago por vos —le dijo a Leo, antes de ser trasladado—. Lo hago porque vos tenés razón. Sonia nos vendió a todos. Nos usó para su carrera, para su poder. Y cuando todo esto explote, ella va a ser la primera en tirarnos a los leones para salvarse.
Leo asintió sin decir nada. No necesitaba explicaciones. Conocía bien la lógica de la traición.
El día del testimonio, Valentina insistió en acompañarlo a los tribunales. Iba vestida con un sencillo vestido blanco, su cabello suelto sobre los hombros. Al verla, Leo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Estás hermosa —dijo, y las palabras le salieron más sinceras de lo que hubiera querido.
—Voy a estar en la sala de audiencia —respondió ella, tomándolo de la mano—. Quiero ver con mis propios ojos cómo se termina todo esto.
—No va a ser un espectáculo bonito.
—No vine por el espectáculo. Vine por vos.
El juicio fue un vendaval. Mateo Rojas declaró durante seis horas, desglosando con lujo de detalles las operaciones ilegales de su familia, los sobornos a funcionarios, las conexiones de su hermana Sonia con el lavado de dinero. La fiscal Sonia Rojas, que había sido detenida la noche anterior, escuchaba desde el banquillo con el rostro desencajado.
Cuando llegó el turno de Leo, el juez dudó en permitir su declaración. Era un hombre buscado por la justicia, después de todo. Pero el acuerdo de inmunidad estaba firmado, y Leo tenía algo que ningún otro podía ofrecer: los documentos originales de su padre, que vinculaban a los Rojas con delitos que iban mucho más allá del narcotráfico.
—Señor Santoro —preguntó el fiscal—, ¿puede explicar por qué decide declarar contra la familia Rojas después de años de conflicto?
Leo se ajustó el traje, un gesto que Valentina reconoció como su mecanismo para ganar tiempo. Miró hacia la sala, buscándola entre el público. Cuando sus ojos se encontraron, él sonrió apenas.
—Porque quiero un futuro diferente —dijo, con voz clara y firme—. Porque hay personas que me han mostrado que la vida puede ser algo más que guerras y cuentas pendientes. Y porque ya es hora de que esta ciudad deje de ser rehén de familias que se creen dueñas de todo.
El murmullo en la sala fue inmediato. Valentina sintió las lágrimas quemándole los ojos, pero no dejó de mirarlo en ningún momento.
Cuando terminó la audiencia, Leo salió del tribunal con los hombros más livianos de lo que recordaba haber tenido en años. Valentina lo esperaba en las escalinatas, con el sol de la tarde acariciando su rostro.
—¿Terminó? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—Terminó —respondió él, tomándola entre sus brazos sin importarle los periodistas que acampaban en la entrada, sin importarle las cámaras, sin importarle nada—. Terminó, Vale.
Y en medio de los flashes y las preguntas a gritos, él la besó. Un beso que no era de despedida, sino de comienzo
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Editado: 26.03.2026