El último pecado

Capítulo 22: La Última Batalla

Diego Rojas no era un hombre paciente. La noche después de la llamada de Marco, dos coches sospechosos fueron vistos circulando cerca de Punta del Diablo. Los vecinos, esa red de pescadores y artesanos que habían adoptado a la pareja como propios, dieron la voz de alarma.

—Llegaron —dijo Leo, colgando el teléfono con el rostro pálido pero sereno.

Valentina estaba en la cocina, preparando el desayuno como todas las mañanas. Al escuchar sus palabras, sus manos se detuvieron sobre la taza de café, pero no temblaron.

—¿Cuántos?

—Dos coches, al menos seis hombres. Están en el pueblo, preguntando por nosotros. No les va a tomar mucho tiempo llegar hasta aquí.

—Entonces no tenemos mucho tiempo —concluyó ella, secándose las manos en el delantal con una calma que a Leo le pareció sobrehumana.

En ese momento, Marco entró por la puerta trasera, con el rostro encendido por la carrera desde el pueblo.

—Ya están en la carretera. Diego viene con ellos. Lo vi personalmente. Lleva un maletín, Leo. No creo que sea dinero.

—Entonces es hora de ejecutar el plan.

Marco lo miró con incredulidad.

—¿Qué plan? ¿El de la fiscalía? Eso va a tardar días, no horas. Necesitamos sacarlos de aquí ahora.

—No —dijo Leo, con una calma que desconcertó incluso a Valentina—. Nos quedamos.

—¿Estás loco? —Marco dio un paso al frente—. Son seis hombres armados, Leo. Tú tienes una pistola y yo otra. Eso no es una pelea, es una masacre.

—Por eso no vamos a pelear —respondió Leo, y por primera vez esbozó una sonrisa—. Vamos a esperar.

Valentina lo miró largamente, y de repente entendió. No había llamado solo a la fiscalía. Había llamado a todos. Y ahora, lo único que necesitaban era tiempo.

—Marco —dijo ella, tomando el mando con una naturalidad que sorprendió al hombre—, quítale las balas a las armas. No quiero que nadie salga herido si las cosas se ponen feas.

—Señorita, eso es una locura...

—Haz lo que dice —ordenó Leo—. Confía en mí.

Los minutos que siguieron fueron los más largos de sus vidas. Leo se sentó en el porche, con las manos vacías sobre las rodillas, mirando el camino de tierra que llevaba a la cabaña. Valentina se sentó a su lado, con su mano en la suya. No hablaron. No hacía falta.

Cuando el rugido de los motores rompió el silencio de la mañana, Leo apretó los dedos de ella entre los suyos.

—Pase lo que pase —susurró—, no te muevas de aquí.

—No voy a moverme —respondió ella—. Porque sé que vas a proteger a tu familia.

La palabra "familia" hizo algo en el pecho de Leo que ninguna bala podría haber logrado. Se puso de pie justo cuando los dos coches negros se detuvieron frente a la cabaña, levantando una nube de polvo.

Diego Rojas bajó del primero. Era más joven que Mateo, de unos veinticinco años, con el rostro marcado por la furia y los ojos inyectados en sangre. En su mano, un maletín de cuero negro. A su espalda, cinco hombres armados formaron un semicírculo.

—Santoro —dijo Diego, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote?

—No me interesa —respondió Leo, con las manos a los costados, en una postura que no era de rendición ni de ataque—. Pero te aconsejo que te vayas. Por tu bien.

Diego soltó una carcajada áspera.

—¿Mi bien? ¿Me vas a dar una lección de moral, Fantasma? ¿Tú, que enterraste a medio Buenos Aires?

—Ese hombre murió —dijo Leo, con una calma que desconcertó a los hombres armados—. Ahora solo soy alguien que quiere vivir en paz con su familia. No tengo nada contra ti, Diego. No tengo nada contra nadie.

—¿Nada contra mí? —Diego abrió el maletín, y por un instante Leo creyó ver un arma. Pero dentro solo había papeles, fotografías—. Mateo era mi primo. Creció conmigo. Y tú lo usaste, lo humillaste, lo entregaste a la justicia como si fuera un perro. ¿Eso crees que se olvida?

—Mateo tomó sus propias decisiones —respondió Leo, sin inmutarse—. Igual que tu hermana Sonia. Igual que toda tu familia. Yo solo puse la verdad sobre la mesa.

—¡La verdad! —Diego dio un paso al frente, con el rostro desencajado—. ¿Qué sabes tú de la verdad? La verdad es que mi familia está destruida, mi hermana en la cárcel, mi primo escondido por miedo a que lo maten. Y tú estás aquí, en tu cabaña de cuento de hadas, con tu mujercita...

—No la menciones —interrumpió Leo, y por primera vez, en su voz apareció un filo que heló la sangre de los presentes.

—¿O qué? ¿Vas a hacer algo, Fantasma? ¿Vas a matarme delante de ella? ¿Delante de tu hijo? —Diego sonrió, señalando el vientre de Valentina con la barbilla—. Sí, sé lo del niño. Tengo contactos. Sabía que una visita personal sería más... efectiva.

El aire se tensó. Marco, desde el interior de la cabaña, tenía la mano en su arma descargada, maldiciendo en silencio la decisión de su jefe. Valentina, inmóvil en el porche, no apartaba la mirada de Leo.

Fue entonces cuando Leo hizo algo que nadie esperaba.

Se arrodilló.

No en señal de rendición, sino en un gesto que los hombres de los Rojas no supieron interpretar. Diego lo miró con desconfianza, mientras Leo sacaba lentamente algo del bolsillo interior de su chaqueta. No era un arma. Era una carta.

—Esto me lo escribió tu hermana Sonia —dijo Leo, tendiendo el sobre—. Desde la cárcel. Me lo envió hace tres semanas.

Diego dudó, pero tomó la carta. Mientras la leía, su rostro cambió. La furia se mezcló con algo que parecía incredulidad, y luego con una tristeza que no había estado allí antes.

—Ella... ella dice que fue su decisión —murmuró Diego, con la voz quebrada—. Que Mateo la traicionó primero. Que tú... que tú le ofreciste un trato cuando todo se derrumbó.

—Sonia y yo nunca fuimos amigos —dijo Leo, todavía de rodillas—. Pero cuando todo terminó, ella me pidió que te buscara. Que te dijera que no la vengaras. Que lo único que quería era que sobrevivieras, que hicieras una vida lejos de todo esto.




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