El último pecado

Capítulo 24: La Hora Más Bella

La noche en que el trabajo de parto comenzó, el cielo sobre Punta del Diablo estaba sembrado de estrellas. Valentina despertó a Leo con un suave toque en el hombro, y él saltó de la cama con una energía que no había tenido ni en sus días de mayor peligro.

—¿Estás bien? ¿Duele? ¿Llamo al médico? —preguntó, ya con el teléfono en la mano.

—Respira —dijo ella, con una calma que contrastaba con su agitación—. Es tiempo. Pero tenemos que ir con calma.

—¿Calma? ¿Calma? —Leo ya estaba poniéndose los pantalones al revés—. ¡Vale, voy a llevar el coche!

—Leonardo Luna, si no te tranquilizas, voy a tener que ocuparme de ti antes que del bebé.

La amenaza, dicha con una sonrisa, logró detenerlo en seco. Respiró hondo, se ajustó la ropa y, por un instante, volvió a ser el hombre calculador que nunca perdía la compostura.

—Tienes razón. Lo siento. Voy a preparar el coche con calma, llamar al médico, y tener la bolsa lista. Tú quédate aquí, respira como te enseñaron.

Asintió ella, mientras una nueva contracción le robaba el aire.

El trayecto al hospital más cercano —en la ciudad de Rocha, a cuarenta minutos— fue el más largo de sus vidas. Leo condujo con una mano en el volante y la otra apretando la de Valentina, que se aferraba a él entre respiraciones profundas.

—¿Sabes qué? —dijo ella de repente, en medio de una pausa entre contracciones.

—¿Qué?

—Me voy a reír toda la vida de la cara que pusiste cuando te desperté.

Él soltó una risa nerviosa, con los ojos fijos en la carretera oscura.

—Ponme la peor. Me la merezco.

—Te pondré la peor —prometió ella, con una sonrisa que se borró ante otra ola de dolor.

En la sala de partos, Leo se convirtió en lo que nunca había sido: un espectador impotente. Podía tomar decisiones que movían imperios, podía anticipar los movimientos de un enemigo antes de que los hiciera, pero no podía hacer nada por el dolor de Valentina. Solo sostener su mano, secar el sudor de su frente, y repetir una y otra vez:

—Estoy aquí. No te suelto.

—Si me sueltas, te mato —gruñó ella entre esfuerzos.

—No pienso hacerlo.

El médico, un hombre de pueblo que había atendido partos en las condiciones más diversas, los miraba con una sonrisa discreta. Había visto muchas parejas en aquella sala, pero pocas con la intensidad de aquellos dos.

—Ya casi está —anunció—. Un último esfuerzo.

Valentina apretó los dientes, agarró la mano de Leo con todas sus fuerzas, y empujó.

El llanto que llenó la sala fue el sonido más hermoso que Leo había escuchado en toda su vida.

—Es una niña —dijo el médico, mostrando el pequeño bulto que pataleaba en el aire.

Una niña. Una hija.

Leo sintió que el suelo se abría bajo sus pies, pero no para tragarlo, sino para elevarlo. La emoción le estalló en el pecho con una fuerza que ninguna batalla le había dado. Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando colocaron a la recién nacida sobre el pecho de Valentina.

—Hola —susurró ella, con la voz rota de felicidad—. Hola, mi amor.

La pequeña, envuelta en una manta blanca, abrió los ojos por primera vez. Eran oscuros, profundos, iguales a los de su padre.

—¿Quieres tenerla? —preguntó Valentina, mirando a Leo.

Él asintió, incapaz de hablar. Cuando sus brazos, que alguna vez sostuvieron armas y amenazas, sostuvieron a su hija por primera vez, sintió que todo el peso de su pasado se disolvía en aquel pequeño cuerpo que apenas llenaba el hueco de sus manos.

—Eres perfecta —murmuró, con la voz quebrada—. Eres lo único perfecto que he hecho en mi vida.

—Oye —protestó Valentina, débilmente—. Yo también participé.

Leo se rió entre lágrimas, y se inclinó para besarla en la frente sin soltar a la pequeña.

—Lo siento. Es lo segundo más perfecto que he hecho.

La noche avanzó en esa burbuja de tiempo suspendido que solo los recién nacidos saben crear. Cuando la abuela de Valentina, una mujer menuda y de carácter firme que había viajado desde Buenos Aires para la ocasión, entró en la habitación y vio a su nieta dormida en los brazos del hombre que una vez fue el Fantasma, solo atinó a sonreír.

—¿Ya pensaron el nombre? —preguntó.

Leo y Valentina se miraron. Habían hablado de nombres durante meses, pero ninguno había terminado de convencerlos. Hasta aquella noche, en la quietud del hospital, con el mar sonando de fondo.

—Clara —dijo Valentina, probando el nombre en el aire.

—Clara —repitió Leo, sintiendo cómo la palabra iluminaba algo en su interior—. Clara Luna.

La abuela asintió, con los ojos brillosos.

—Clara Luna. Como la luz de la luna que todo lo aclara.

La pequeña, como si hubiera entendido, movió los labios en un gesto que pudo ser una sonrisa. Y en ese momento, en una habitación de hospital en Rocha, Uruguay, la familia Luna quedó completa




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