El Ultimo Petalo

5.

Adryell cerró los ojos, dispuesto a cumplir su objetivo de dormir, pero el silencio del aula no duró mucho. El constante y rítmico rasgueo del bolígrafo contra el papel al fondo del salón empezó a taladrarle la cabeza. Abrió un ojo, frustrado, y observó al chico de la ventana. Este pasaba las hojas de su cuaderno a una velocidad alarmante, murmurando algo para sí mismo con el ceño fruncido.

—Oye, ¿puedes estudiar más bajito? El ruido de tu cerebro autoexigiéndose no me deja dormir —se quejó Adryell, sin levantar la cara de la mesa.

El chico ni siquiera lo miró.

—Si hubieras estudiado para el examen de Literatura de las dos primeras horas, tú también estarías estresado.

Adryell se quedó completamente congelado. El sueño desapareció de su cuerpo como si le hubieran echado un balde de agua helada. Lentamente, despegó la frente de la madera y se incorporó en la silla, con los ojos abiertos de par en par.

—¿El examen de qué? —preguntó, con la voz un hilo más aguda.

—De Literatura —repitió el chico, pasando a otra página llena de esquemas impecables en tinta negra y roja—. El que vale el cuarenta por ciento de la nota trimestral. Sobre los autores de la generación del 27.

A Adryell se le cayó el alma al suelo. Había olvidado por completo el examen. Su mente, nublada por el maratón de la serie de la noche anterior, colapsó instantáneamente. Miró su mochila, sabiendo perfectamente que no tenía un solo apunte limpio en sus cuadernos. Luego miró el reloj de la pared: quedaban menos de cincuenta minutos para que el profesor cruzara esa puerta.

Desesperado, Adryell se levantó de su asiento arrastrando la silla con un chillido estridente y cruzó el salón hasta plantarse frente al escritorio del chico.

—Por favor —dijo, apoyando ambas manos sobre la mesa y asomándose hacia el cuaderno como si fuera un oasis en el desierto—. Dime que esos apuntes están en español y que eres un alma caritativa enviado del cielo.

El chico dio un pequeño respingo hacia atrás, sorprendido por la repentina cercanía, y cubrió el cuaderno con una mano de manera protectora.

—¿Qué haces?

—Te lo ruego. Te lo suplico. Pásame tus apuntes —pidió Adryell, juntando las palmas de las manos en un gesto de oración exagerado—. Si repruebo este examen, mis papás me van a quitar el internet hasta que cumpla los treinta. No me dejes morir así.

El desconocido lo observó, alternando la mirada entre la expresión de pánico absoluto de Adryell y sus propias notas. Una mezcla de incredulidad y diversión cruzó su rostro.

—Acabas de decirme que hacer tarea a las seis de la mañana no es saludable.

—Retiro lo dicho. Es lo más saludable del mundo. Es hermoso. Eres un ejemplo para la juventud —improvisó Adryell a toda velocidad, acomodándose sin pedir permiso en la silla vacía que estaba justo al lado—. Anda, déjame leer aunque sea el primer tema. Te compro un café. Un café caliente, no como esta porquería que traigo. ¿Cómo te llamas? Necesito saber el nombre de mi salvador.

El chico soltó un suspiro largo, pero la comisura de sus labios volvió a traicionarlo, elevándose ligeramente. Retiró la mano de las hojas y empujó el cuaderno unos centímetros hacia el centro, compartiendo el espacio.

—Me llamo Anthony —dijo, entregando el botín—. Y si vas a usar mis apuntes, vas a tener que leer rápido, porque solo nos quedan cuarenta minutos.

.

.

.

Cuando el timbre anunció el final de la segunda hora, Adryell sintió que el alma le regresaba al cuerpo, aunque fuera solo a medias. Dejó caer el bolígrafo sobre la mesa y se estiró en la silla, escuchando el crujido de su propia espalda. El examen había sido una masacre, pero gracias a los apuntes milagrosos de Anthony, al menos había logrado responder todas las preguntas en lugar de dejar el papel en blanco.

Al frente, el profesor comenzó a dictar las respuestas correctas en voz alta mientras recogía las hojas, permitiendo que los alumnos calcularan su destino.

—Aprobé —susurró Adryell, abriendo los ojos de par en par al sacar la cuenta mental. Había arañado la nota mínima para pasar, un auténtico milagro de último minuto.

Volteó a ver a Anthony. Este ya estaba guardando sus cosas de manera milimétrica en la mochila. El profesor acababa de felicitarlo en voz alta frente a todos por haber entregado un examen perfecto, con la nota más alta del salón.

Adryell no lo pensó dos veces. Agarró sus cosas sin preocuparse por ordenarlas, cruzó el aula a zancadas y se plantó justo frente al escritorio de Anthony, bloqueándole el paso cuando este se puso de pie.

—Eres un monstruo —le dijo Adryell, señalándolo con el dedo índice—. Un monstruo superdotado. Saqué la nota mínima de pura suerte, pero tú respondiste eso como si fueras el mismísimo Federico García Lorca.

Anthony se colgó la mochila al hombro y arqueó una ceja, divertido por el drama.

—Te dije que mis apuntes eran buenos. Me alegra que no te hayan quitado el internet.

—Sí, pero esto fue solo el primer examen del trimestre —replicó Adryell, cambiando su expresión por una de absoluta seriedad y misticismo. Dio un paso al frente, acortando la distancia—. Anthony... el año escolar acaba de empezar y mi promedio ya está en terapia intensiva. Te propongo un negocio.

Anthony lo miró con desconfianza, aunque una pequeña sonrisa delataba que le causaba curiosidad.

—¿Qué tipo de negocio?

—Sé mi tutor —soltó Adryell sin rodeos, juntando las manos de nuevo—. Solo dos tardes a la semana. Me ayudas a no reprobar y a cambio... no sé, te pago con comida, te compro el café todos los días, o te protejo de los profesores pesados. Soy excelente haciendo que la gente se distraiga.

Anthony soltó una risa corta, negando con la cabeza mientras empezaba a caminar hacia la salida del salón. Adryell lo siguió de inmediato, caminando de espaldas por el pasillo para no perder el contacto visual.

—No necesito un guardaespaldas, Adryell. Y tengo mejores cosas que hacer con mis tardes que intentar que dejes de ver series de noche para que pongas atención en clase.




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