El Ultimo Petalo

6.

La primera sesión de estudio quedó fijada para el jueves por la tarde en la biblioteca municipal, un lugar que Adryell no pisaba desde hacía un par de años. Cuando llegó, diez minutos tarde y con los auriculares colgando del cuello, Anthony ya estaba sentado en una de las mesas del fondo. Tenía dos libros abiertos, un cuaderno cuadriculado y tres bolígrafos perfectamente alineados al borde de la madera.

Adryell dejó caer su mochila sobre la silla de al lado y se sentó, rompiendo el sagrado silencio del lugar con el crujido de su campera.

—Hola, profesor. Traje mi propia pluma para demostrar compromiso —susurró Adryell, sacando un bolígrafo mordisqueado del bolsillo.

Anthony levantó la vista y, tras una breve mirada de evaluación, empujó un fajo de hojas impresas hacia él.

—Menos bromas. El examen de Historia es en dos semanas y el profesor Martínez no evalúa con esquemas sencillos como el de Literatura. Necesitamos cubrir las primeras tres unidades hoy.

—Directo al grano. Me gusta tu eficiencia —dijo Adryell, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su barbilla con las palmas de las manos.

En lugar de abrir el libro de Historia, se quedó observando a Anthony. De cerca, bajo la luz mortecina de la biblioteca, el chico parecía todavía más metódico. Tenía una pequeña marca en el dedo medio, probablemente de tanto presionar el bolígrafo al escribir, y sus pestañas eran sorprendentemente largas cuando miraba hacia abajo.

—Página cuarenta y dos —indicó Anthony, señalando el texto con la punta de su lápiz—. Lee el primer párrafo y hazme un resumen de las causas de la crisis.

Adryell bajó la mirada al libro por dos segundos enteros antes de volver a subirla.

—Oye, Anthony.

—¿Qué? —respondió el chico, anotando algo en su propio margen.

—¿De qué colegio vienes? El uniforme del instituto te queda bien, pero se nota que no estás acostumbrado a que los profesores te griten por traer la camisa arrugada.

Anthony detuvo la mano con la que escribía. Lentamente, giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos oscuros tenían una expresión neutra, pero Adryell notó un ligero parpadeo de sorpresa.

—Eso no viene en el examen de Historia.

—Ya lo sé, pero es para entrar en confianza. Los buenos equipos de estudio necesitan conocerse. Es psicología básica —improvisó Adryell, regalándole una sonrisa relajada.

Anthony soltó un suspiro apenas audible, pero no se vio molesto. Dejó el lápiz sobre la mesa, cruzando los brazos sobre el cuaderno.

—Vengo de un colegio del norte. Nos mudamos hace un mes por el trabajo de mi papá —respondió con voz baja, midiendo sus palabras—. ¿Contento? Ahora, página cuarenta y dos.

—¿Y te gusta la ciudad? —insistió Adryell, ignorando olímpicamente la orden. Se inclinó un poco más hacia el centro de la mesa, invadiendo sutilmente su espacio—. Porque si necesitas que alguien te enseñe los mejores lugares para comer hamburguesas a medianoche, conozco un sitio que...

—Adryell —lo interrumpió Anthony. Su tono era firme, pero la comisura de sus labios se tensó de esa forma casi imperceptible que Adryell ya empezaba a reconocer—. Si no lees ese párrafo en los próximos diez segundos, guardo mis cosas y me voy. Y te aseguro que el Martínez te va a reprobar sin pestañear.

Adryell levantó las manos en señal de rendición, soltando una risita ahogada.

—Está bien, está bien. Qué estricto. Página cuarenta y dos... "La inestabilidad política del período...".

Abrió su cuaderno y comenzó a leer en voz baja. Anthony se quedó observándolo un momento, como asegurándose de que no fuera una trampa, antes de volver a sus propias anotaciones. El silencio regresó entre ellos, pero la distancia ya no era la misma de antes; Adryell había logrado arrancar un pequeño pedazo del escudo de Anthony, y eso era más que suficiente para una primera tarde.

La tarde avanzó entre risas ahogadas y regaños en voz baja. Adryell descubrió que el secreto para mantener a Anthony a su lado era cumplir un trato silencioso: leer un párrafo serio de Historia por cada chiste o pregunta personal que soltaba.

—A ver, profesor —susurró Adryell, girando el bolígrafo entre sus dedos mientras miraba el libro—. Ya entendí que la crisis trajo inestabilidad. Pero si tú y yo viviéramos en esa época, ¿crees que habríamos sido del mismo bando o me habrías ignorado en el pasillo como el primer día?

Anthony levantó la vista, intentando mantener su máscara de seriedad, aunque sus ojos brillaban con diversión.

—Te habría ignorado. Definitivamente. Eras una distracción para el estudio entonces, y lo eres ahora. Sigue leyendo.

—Qué cruel —dramatizó Adryell, pero se inclinó sobre el papel y resumió la siguiente página en tiempo récord, solo para demostrarle que prestaba atención.

Para cuando la biblioteca anunció que estaba por cerrar, el cuaderno de Adryell tenía más anotaciones de las que había hecho en todo el mes. Al salir al aire fresco de la tarde, el cielo ya se había teñido de un tono violáceo. El frío de la época empezaba a colarse por las chaquetas, y Adryell no se olvidó de su promesa. Fue al puesto de la esquina y regresó con dos vasos de cartón humeantes.

—Un trato es un trato. Café caliente para el salvador de mi promedio —dijo, extendiéndole el vaso a Anthony con una sonrisa brillante.

Anthony sonrió, una de esas sonrisas raras y sinceras que Adryell ya sentía el impulso de coleccionar. Estiró la mano para tomar el café. En el proceso, debido al frío que les entumecía los dedos, sus manos se rozaron por accidente. Fue un contacto breve, apenas un segundo de piel contra piel, pero la calidez de la mano de Anthony se sintió como una pequeña descarga eléctrica que subió por el brazo de Adryell. Anthony retiró la mano rápidamente, con las mejillas ligeramente más rojas que antes -Adryell quiso creer que era por el frío-, y murmuró un tímido "gracias" antes de darle un sorbo a la bebida.




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