Hubo un tiempo en que los dioses gobernaron el mundo. No desde las páginas amarillentas de los libros ni desde las vitrinas silenciosas de los museos. No eran nombres pronunciados por profesores, figuras talladas en mármol o leyendas que los hombres modernos escuchaban con una sonrisa incrédula. Eran reales. Terriblemente reales.
Zeus hacía temblar las montañas cuando su ira despertaba. Poseidón hundía ciudades bajo las aguas si un mortal osaba desafiarlo. Hades aguardaba pacientemente detrás de la última respiración de cada ser humano. Atenea decidía quién merecía sabiduría y quién debía pagar por su insolencia. Artemisa convertía bosques enteros en territorios prohibidos. Apolo podía hacer florecer una civilización bajo su luz o condenarla a la oscuridad. Ares...
Ares simplemente esperaba una guerra. Y siempre llegaba alguna. Los hombres construían templos para ellos. Sacrificaban animales. Quemaban incienso. Entregaban oro. Elevaban plegarias. Se arrodillaban. Sobre todo, se arrodillaban. Porque aquella era la primera ley del mundo antiguo:
los dioses estaban arriba y los hombres abajo.
Los inmortales gobernaban. Los mortales obedecían. Así había sido durante siglos. Y los dioses cometieron el peor error que puede cometer alguien acostumbrado al poder. Creyeron que sería así para siempre. No lo fue. Los templos comenzaron a vaciarse. Las plegarias disminuyeron. Los altares dejaron de recibir ofrendas.
Llegaron nuevas creencias, nuevos reinos, nuevas guerras y nuevas formas de comprender el universo. Los hombres comenzaron a mirar las tormentas y ya no vieron la cólera de Zeus. Vieron electricidad. Contemplaron el océano y dejaron de buscar el tridente de Poseidón. Estudiaron sus mareas. Miraron hacia el Sol sin imaginar el carro dorado de Apolo. Calcularon su distancia. Exploraron el cuerpo humano.
Dominaron enfermedades. Construyeron máquinas. Atravesaron océanos sin ofrecer sacrificios. Volaron. Llegaron hasta la Luna. Y una mañana que ningún calendario registró, ocurrió lo impensable. La humanidad dejó de tener miedo. No hubo batalla. No hubo declaración. No existió un ejército marchando contra el Olimpo.
Simplemente los hombres dejaron de arrodillarse. Y aquella fue la primera derrota de los dioses. Los siglos continuaron avanzando. Los grandes templos se convirtieron en ruinas. Las estatuas de los inmortales terminaron detrás de cristales, iluminadas por lámparas eléctricas mientras miles de humanos caminaban delante de ellas tomando fotografías.
Zeus contempló aquello con una indignación que duró aproximadamente doscientos años. Atenea lo encontró inevitable. Apolo, curiosamente, quedó fascinado con la música moderna. Ares descubrió que los humanos seguían siendo perfectamente capaces de iniciar guerras sin su intervención. Poseidón detestó los cruceros. Hades nunca hizo comentarios. Artemisa abandonó las ciudades. Pero ninguno desapareció. Porque los hombres habían cometido su propio error.
Creyeron que dejar de creer significaba que aquello en lo que habían dejado de creer dejaba de existir. Los dioses seguían allí. Ocultos. Inmortales. Poderosos. Sus territorios permanecían separados del mundo humano por antiguas barreras.
Bosques que ningún mapa podía localizar. Castillos que los satélites jamás detectaban. Montañas que aparecían únicamente para quienes tenían permiso de encontrarlas. Palacios suspendidos entre dimensiones. Y el Olimpo. El verdadero Olimpo. Todavía existía. Solo que ya no gobernaba el mundo.
Los dioses tuvieron que aprender a contemplar desde lejos una humanidad que había crecido sin pedirles permiso. Algunos lo aceptaron. Otros jamás lo hicieron. Y unos cuantos buscaron algo diferente. Compañía. Porque la eternidad también podía ser una condena.
¿Qué significaban mil años para alguien incapaz de morir? ¿Qué valor tenía un siglo? ¿Una década? ¿Una vida humana?
Nada. Y, al mismo tiempo, todo. Los dioses comenzaron a elegir mortales. No muchos. Uno entre millones. Una muchacha encontrada en una ciudad. Un joven descubierto caminando solo por un bosque. Dos hermanas nacidas bajo una extraña alineación celestial. Una artista. Un músico. Un guerrero. Un huérfano.
Personas aparentemente insignificantes para el universo. Los dioses las observaban. Las estudiaban. Y cuando encontraban algo que despertaba su interés, intervenían. Juventud eterna. Inmortalidad. Belleza. Poder. Un paraíso donde el tiempo no podía tocarlos. Parecía un regalo. Al principio siempre parecía un regalo. Hasta que aparecía la condición.
Pertenecer.
Porque los dioses habían perdido imperios, templos y pueblos enteros. Pero todavía no habían aprendido a amar sin poseer. Atenea fue una de las primeras. Encontró a una joven cuya belleza habría inspirado guerras en otro tiempo, pero no fue su rostro lo que despertó el interés de la diosa. Fue su mente. La muchacha podía mirar un bloque de mármol y ver una figura esperando ser liberada. Podía contemplar un lienzo vacío y encontrar un mundo. Podía escuchar una melodía una sola vez y reproducirla.
Se llamaba Calíope. Atenea la llevó consigo. Le concedió juventud. Le concedió eternidad. Le concedió algo más. Algo que ninguna humana debería haber poseído. Mucho después, Calíope tocaría una escultura y el mármol respiraría. Pero eso ocurriría después. Artemisa encontró a dos. Gemelas. Idénticas. Cabellos rojos. Ojos verdes. Lyra y Thalia. La naturaleza respondía a ellas. El fuego podía bailar entre sus manos. El agua escuchaba sus pensamientos. El viento modificaba su dirección cuando ellas lo deseaban. La tierra reconocía sus pasos.
Artemisa las llevó a su bosque. Las convirtió en inmortales. Las hizo parte de su mundo. Y con el paso de los siglos ocurrió algo que ni siquiera la propia diosa había previsto. Una de las gemelas comenzó a mirarla de una manera diferente. Y Artemisa, la eterna virgen, descubrió que había formas de posesión mucho más peligrosas que una cadena. Porque algunas cadenas podían llamarse amor.