Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando un techo tan alto que parecía pertenecer a una iglesia. Estaba cubierto por frescos en tonos blancos, grises y dorados: guerreros con lanzas, mujeres coronadas de olivos, ciudades amuralladas, búhos de enormes ojos y figuras humanas arrodilladas frente a una mujer armada. Una mujer. Siempre la misma. Casco. Lanza. Escudo. Ojos verdes. Calíope parpadeó.
—¿Dónde demonios estoy?
Su propia voz regresó convertida en eco. Se incorporó. La habitación era gigantesca. No. Gigantesca era una palabra insuficiente. Parecía la alcoba de una reina construida por alguien que consideraba la modestia un defecto arquitectónico.
Columnas de mármol blanco flanqueaban las paredes. Una chimenea ardía sin leña visible. Había estanterías repletas de libros, un escritorio, un pequeño sofá tapizado de azul oscuro y dos puertas dobles que conducían quién sabía dónde.
Tres ventanales ocupaban prácticamente toda una pared. Más allá de ellos había un bosque. Calíope se quedó mirándolo. Árboles. Kilómetros y kilómetros de árboles. Ningún edificio. Ninguna carretera. Ningún tendido eléctrico. Nada. El miedo apareció entonces. Se quitó las mantas de encima.
—No, no, no...
Intentó recordar. Su nombre. Calíope. Veintidós años. Eso estaba bien. Recordaba la ciudad. Recordaba caminar. Recordaba...
Se llevó una mano a la frente. Una mujer. Había visto a una mujer. No conseguía reconstruir su rostro. Recordaba unos ojos. Verdes. Imposibles. Después.....Nada Calíope bajó de la cama. Estaba descalza.
Vestía una túnica sencilla, blanca, de tela ligera, que le llegaba aproximadamente hasta las rodillas. Y debajo. Se detuvo. Algo no estaba bien. Llevó ambas manos hacia sus caderas.
—¿Qué...?
Debajo de la túnica había algo que definitivamente no formaba parte de su ropa. Levantó ligeramente la tela para observarlo. Parecía un short. Pero estaba hecho de un material plateado que jamás había visto. Cubría completamente sus caderas y se ajustaba a su cuerpo con una precisión inquietante. No tenía botones. No tenía cremallera. No tenía costuras visibles.
Nada.
Calíope intentó bajarlo. No se movió. Tiró con mayor fuerza. Nada. Buscó algún cierre. No encontró ninguno.
—¿Qué mierda es esto?
El miedo se convirtió rápidamente en furia. Eso era mejor. La furia siempre había sido más fácil de manejar. Corrió hacia las puertas. Las abrió. El corredor era todavía más absurdo que la habitación. Mármol blanco. Columnas. Esculturas. Tapices. Cuadros. El castillo parecía haber sido construido mezclando un palacio europeo con un templo griego.
—¡Hola!
Silencio.
—¡¿Hay alguien?!
Nada. Calíope avanzó. Las paredes estaban decoradas con representaciones de Atenea. Atenea naciendo armada de la cabeza de Zeus. Atenea entregando el olivo. Atenea sosteniendo la égida. Atenea frente a guerreros. Atenea castigando mortales. Calíope se detuvo frente a una pintura.
—Qué obsesión.
—Me parece perfectamente proporcionada.
Calíope gritó. Giró tan rápido que estuvo a punto de caer. Una mujer estaba detrás de ella. No había escuchado sus pasos. No había escuchado una puerta. Simplemente estaba allí. Alta. Hermosa de una manera que producía cierta incomodidad.
No porque su belleza resultara artificial, sino porque parecía demasiado perfecta para pertenecer a una persona real. Largos cabellos, negros oscuros caían sobre sus hombros. Vestía de blanco, plata y oro. Un delicado cinturón rodeaba su cintura y sobre uno de sus hombros descansaba una pieza de armadura ornamentada.
Pero fueron sus ojos los que hicieron que Calíope retrocediera. Verdes. Los recordaba.
—Tú.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Yo.
—¿Quién eres?
Una pausa.
—Atenea.
Calíope la miró. Esperó. La mujer no añadió nada.
—¿Atenea qué?
Una de las cejas de la desconocida se levantó.
—Atenea.
—Sí, eso ya lo escuché. ¿Apellido?
Silencio. La mujer parecía genuinamente desconcertada. Calíope señaló las pinturas. Después la señaló a ella. Después volvió a señalar las pinturas. Y algo comenzó a encajar.
—No.
Atenea permaneció inmóvil. Calíope rio nerviosamente.
—No — La diosa no respondió —¿Quieres decirme que eres esa Atenea?
—No conozco otra que pueda confundirse conmigo.
—La diosa.
—Sí.
Calíope soltó una carcajada. Atenea la observó. Calíope continuó riéndose. No podía detenerse.
—Perfecto — Se llevó ambas manos al rostro—Me secuestra una loca que piensa que es una diosa griega.
Atenea suspiró.
—Esperaba que esta parte resultara más sencilla.
—¿Esta parte?
—La aceptación.
—¡No hay nada que aceptar!
Calíope dio un paso hacia ella.
—No sé quién eres, no sé dónde estoy, no sé qué me hiciste y...
Señaló indignada hacia abajo.
—¡Quiero saber qué demonios llevo puesto!
Atenea bajó la mirada apenas un instante.
—Mi marca.
Calíope dejó de respirar.
—¿Tu qué?
—Mi marca.
—Quítamela.
—No.
La respuesta fue inmediata. Tranquila. Definitiva. Calíope apretó los dientes.
—Quítamela.
—Ya respondí.
—No me importa.
Atenea la observó. No parecía enfadada. Aquello resultaba todavía peor.
—Calíope...
La joven retrocedió.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Sé muchas cosas sobre ti.
—Eso no es tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Calíope la miró horrorizada.
—Estás completamente loca.
Atenea sonrió apenas.
—Probablemente no sea la primera mortal que piensa eso.
—¡No soy tu mortal!
Algo cambió. Muy poco. Una chispa verde atravesó los ojos de Atenea.