El diminuto búho de mármol respiraba. Su pecho pétreo se elevaba y descendía con una regularidad imposible mientras sus ojos dorados examinaban la habitación con curiosidad. Calíope estaba sentada en el borde de la cama. La criatura estaba sobre el escritorio. Ninguno parecía dispuesto a acercarse al otro.
—Tú no estás vivo.
El búho ladeó la cabeza. Calíope señaló hacia él.
—No.
El animal parpadeó.
—No hagas eso — Otro parpadeo —Eres una estatua.
El búho extendió lentamente un ala. Las pequeñas plumas talladas en mármol se separaron unas de otras. Calíope abrió mucho los ojos.
—Eso tampoco.
El animal agitó las alas.
—¡No!
Demasiado tarde. El búho saltó. Calíope gritó. La criatura atravesó la habitación volando torpemente, chocó contra una cortina, corrigió el rumbo y terminó aterrizando sobre uno de los postes de la cama. Calíope se quedó inmóvil. El búho la observó. Ella lo observó.
—Esto es culpa de Atenea.
La criatura emitió un pequeño ulular.
—Exactamente.
Otro sonido.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
Entonces Calíope se dio cuenta de que estaba manteniendo una conversación con una estatua. Se cubrió el rostro.
—Me estoy volviendo loca.
El búho descendió sobre su hombro. Calíope quedó rígida. Sintió sus diminutas patas. Eran duras. Frías. Mármol. Pero cuando la criatura acercó el pequeño cuerpo a su cuello, percibió otra cosa. Calor. Un calor diminuto. Imposible. Vivo. Calíope bajó lentamente las manos.
—¿Qué eres?
El búho cerró los ojos. Ella tragó saliva. La respuesta apareció en su mente con una claridad que la aterrorizó.
Algo que yo hice.
Atenea no regresó aquella noche. Calíope no sabía si agradecerlo o enfurecerse todavía más. Probablemente ambas cosas. A la una de la madrugada escuchó nuevamente el mecanismo.
Clic.
Miró hacia abajo. El short plateado se había cerrado. Perfectamente. Sin dejar juntas, botones ni mecanismo visible. Calíope tiró de él por puro resentimiento. Nada.
—Te odio.
El búho, acomodado sobre la cabecera, abrió un ojo.
—A ella. No a ti.
Volvió a cerrarlo. Calíope se dejó caer sobre la almohada.
—Fantástico. Ahora tengo que aclararle a una escultura con quién estoy enfadada.
No durmió demasiado. Cada vez que conseguía cerrar los ojos pensaba en el mundo exterior. Su antigua habitación. Su vida. Las calles. La gente. Después pensaba en Atenea.
Te hice inmortal.
Todavía no sabía qué significaba realmente. ¿Su familia creería que había desaparecido?¿La estarían buscando? ¿Había pasado un día en el exterior? ¿Una semana? ¿Un año?
No sabía nada. Y eso era parte de la crueldad. Atenea controlaba la información. El castillo. El bosque. Las salidas. Hasta aquella maldita pieza plateada adherida a su cuerpo. Calíope cerró los ojos.
—Voy a escapar.
El búho ululó.
—No necesito tu opinión.
Cuando despertó, la criatura estaba sobre su pecho. Calíope gritó. El búho salió volando.
—¡¿Qué haces?!
La puerta se abrió. Una joven entró apresuradamente. Tendría unos veinte años. Cabellos negros recogidos en una larga trenza, ojos marrones y una túnica verde sencilla. Se detuvo. Miró a Calíope. Después al búho que volaba por la habitación. Después otra vez a Calíope.
—Oh.
Calíope se incorporó.
—¿Qué?
La muchacha sonrió.
—Así que es verdad.
—¿Qué cosa?
—Que finalmente encontró a otra.
Calíope sintió un escalofrío.
—¿Otra qué?
La joven pareció comprender que había hablado demasiado.
—Me llamo Helena.
—Yo Calíope.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes. Evidentemente todo el mundo sabe quién soy excepto yo.
Helena rio. Aquella risa sorprendió a Calíope. Era normal. Humana. La primera cosa verdaderamente normal que encontraba desde que había despertado.
—¿Tú también estás prisionera?
Helena perdió parte de la sonrisa.
—No.
—¿Atenea te secuestró?
—No exactamente.
—Eso suena muchísimo a sí.
—Es complicado.
Calíope señaló hacia el bosque.
—¿Puedes marcharte?
—De las tierras de la señora Atenea, sí.
Calíope quedó inmóvil.
—¿Puedes salir?
—Sí.
—¿Del bosque?
—Sí.
—¿Del castillo?
Helena soltó una pequeña carcajada.
—Naturalmente.
Calíope sintió que algo le hervía en el estómago.
—¿Y regresar al mundo humano?
—Cuando quiero.
Aquello fue peor. Calíope bajó de la cama.
—Entonces llévame contigo.
Helena dejó de sonreír.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ella lo prohibió.
—¿Y qué?
Helena la miró como si acabara de preguntarle por qué no era conveniente saltar desde una montaña.
—Es Atenea.
—¡Ya sé quién es!
—Entonces comprenderás.
—No, no comprendo.
Calíope se acercó.
—Me tiene encerrada. No puedo salir del bosque. Me puso esto.
Señaló la prenda plateada. Helena bajó los ojos. Su expresión cambió.
—La marca.
—¿Sabes qué es?
—Sí.
—¿Tú tienes una?
—No.
Calíope apretó los dientes.
—¿Alguna de las demás?
—No.
La respuesta cayó como una piedra.
—Entonces ¿por qué yo?
Helena miró al búho.
—Quizá por eso.
Calíope siguió su mirada. La criatura estaba sobre una estatua de Atenea.
—¿Qué significa?
Helena caminó lentamente hacia ella.
—Llevo aquí ciento setenta y cuatro años.