Atenea pronunciando palabras que habían conseguido que incluso una diosa pareciera inquieta. Calíope giró lentamente la cabeza. El pequeño búho de mármol estaba sobre la mesa. Dormido. O algo parecido. Su diminuto pecho subía y bajaba. Pero no era él quien respiraba. El sonido procedía de la puerta. Calíope se incorporó. Allí estaba Atenea. Y no estaba sola. Detrás de ella permanecía una mujer. Calíope dejó de respirar.
—No.
La mujer era alta. Cabellos negros. Piel clara. Ojos marrones todavía cargados de desconcierto. Vestía una túnica blanca que Calíope reconoció inmediatamente como una de las prendas utilizadas por las elegidas del castillo. Pero no fue aquello lo que consiguió que su corazón comenzara a golpearle violentamente el pecho. Fue el rostro. La inclinación de la cabeza..La forma de los hombros. Las manos. Calíope conocía aquellas facciones. Las había sacado del mármol con un cincel.
—No —repitió.
Atenea cerró la puerta detrás de ambas. La mujer miró a Calíope. Después a sus propias manos.
—¿Ella...?
Su voz era débil. Real. Calíope salió de la cama.
—¿Qué hiciste?
Atenea la observó.
—Nada.
—¡No me mientas!
—No lo hago.
Calíope miró otra vez a la desconocida.
—Ella es...
No pudo terminar. Atenea lo hizo.
—La estatua.
Calíope retrocedió.
—No.
—Sí.
—No.
La mujer dio un pequeño paso. Calíope levantó inmediatamente una mano.
—¡No te acerques!
La desconocida se detuvo. Su expresión cambió. Dolor. Miedo. Calíope sintió inmediatamente culpa.
—Perdón.
La mujer la miró.
—No sé dónde estoy.
Aquella frase terminó de destruir cualquier esperanza de que aquello fuera un truco. Calíope se volvió hacia Atenea.
—Devuélvela.
La diosa frunció ligeramente el ceño.
—¿A dónde?
—¡A la estatua!
Silencio. Calíope escuchó sus propias palabras. Sintió náuseas. La mujer también las había oído.
—¿Yo era una estatua?
Calíope cerró los ojos.
—Perfecto.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Esto es perfecto.
Atenea permanecía sospechosamente tranquila.
—Calíope.
—No me hables.
—Necesitas escucharme.
—¡No quiero escucharte!
—No fue permanente.
Aquello la detuvo..Calíope bajó las manos.
—¿Qué?
La diosa miró a la joven recién creada.
—Observa.
Calíope siguió su mirada. Algo ocurría. Los dedos de la mujer. Una tonalidad blanca comenzaba a extenderse lentamente desde las uñas. Mármol. La mujer también lo vio.
—¿Qué está pasando?
Calíope corrió hacia ella.
—¡Atenea!
—No puedo impedirlo.
—¡Haz algo!
—No es mi poder.
La piedra avanzó sobre los dedos. La mujer comenzó a temblar.
—No quiero...
Calíope tomó sus manos.
—Mírame.
Aquellos ojos marrones encontraron los suyos.
—No tengas miedo.
—¿Voy a morir?
Calíope no sabía qué responder.
—No.
Mentira. Atenea la observó. No corrigió. El mármol siguió avanzando. Muñecas. Brazos. Calíope apretó las manos de aquella criatura imposible.
—¿Cómo te llamas?
La mujer pareció confundida.
—No sé.
—Entonces inventaremos uno.
—¿Ahora?
Calíope soltó una risa rota.
—Parece un buen momento.
La desconocida también sonrió. Apenas. El mármol llegó a sus hombros.
—Elena —dijo Calíope.
—¿Elena?
—¿No te gusta?
La mujer pensó.
—Sí.
Calíope tragó saliva.
—Entonces Elena.
—Gracias.
La petrificación alcanzó su pecho. La respiración comenzó a ralentizarse.
—Calíope —murmuró Atenea.
—No.
—Debes soltarla.
—¡No!
—No puedes detenerlo.
—¡No sabes eso!
Calíope cerró los ojos. Intentó sentir aquella energía. La misma del búho. La misma que había aparecido cuando puso la mano sobre el corazón de mármol. Vida. Calor. Respiración.
Vive.
Nada.
—Vamos...
El mármol avanzó por el cuello de Elena. Calíope apretó los dientes.
Vive.
La piedra se detuvo. Atenea abrió los ojos. Calíope sintió algo atravesarla. No dolor. Algo mucho más extraño. Como si una puerta dentro de ella hubiera sido abierta de golpe. El mundo se volvió demasiado intenso. Podía sentir la madera del suelo. Las fibras de las cortinas. La humedad del aire. La piedra de las paredes. La sangre recorriendo el cuerpo de Elena. Su corazón. Cada latido.
Tum.
Tum.
Tum.
—Calíope —advirtió Atenea.
La joven no la escuchó.
—Vive.
El mármol retrocedió. Elena inhaló violentamente. Calíope sonrió.
—Sí.
La piedra abandonó su cuello. Sus hombros. Sus brazos. Atenea dio un paso.
—Detente.
—¡Está funcionando!
—Calíope.
—¡Puedo hacerlo!
—¡DETENTE!
La voz divina hizo temblar las ventanas. Calíope abrió los ojos. La concentración se rompió. El mármol regresó. Muchísimo más rápido. Elena apenas tuvo tiempo de mirar a Calíope.
—Gracias.
Después quedó inmóvil. Piedra. Otra vez. Calíope continuó sujetando aquellas manos frías. Silencio. No respiración. No latido. Nada.
—No...
Atenea se acercó. Calíope no levantó la mirada.
—La maté.
—No.
—Estaba viva.
—Temporalmente.
—Eso es estar viva.
—Sí.
Calíope soltó las manos de la estatua. Retrocedió.