El Último Poder Del Olimpo

La jaula dorada

Calíope tardó exactamente tres días en comprender que una prisión podía ser hermosa. No menos prisión. No menos cruel. Solo hermosa. Y quizá por eso resultaba más peligrosa.

El castillo de Atenea tenía jardines interiores donde crecían flores que no existían en ningún catálogo botánico. Había fuentes de agua transparente que reflejaban constelaciones incluso durante el día, galerías enteras cubiertas por frescos antiguos, bibliotecas donde podían encontrarse libros escritos antes del nacimiento de Roma y salones de música con instrumentos construidos por artesanos muertos hacía siglos.

Todo estaba allí. Todo. Arte. Conocimiento. Belleza. Silencio. Eternidad. Calíope podía recorrer gran parte del castillo sin vigilancia. Podía entrar en la biblioteca. Pintar. Esculpir. Tocar el piano. Conversar con Helena y con las demás elegidas. Incluso podía caminar por algunos jardines. Pero existía una frontera. Siempre. Invisible. Perfecta.

Inquebrantable. Y Calíope no conseguía olvidarla. Aquella mañana estaba de pie delante de una puerta abierta que comunicaba uno de los jardines interiores con el bosque. A apenas veinte metros. Veinte. Eso era todo. Más allá podía ver un sendero cubierto de hojas. El sol atravesaba las copas de los árboles. Dos ciervos bebían junto a una pequeña corriente. Helena estaba allí. Fuera.

Junto a otras tres elegidas. Reían mientras cargaban cestas con hierbas y frutos. Calíope apretó la mandíbula. Un paso. Solo necesitaba dar uno. Lo hizo. La barrera apareció.bNo como muro. Como una onda de luz dorada. Calíope chocó contra ella.

—¡Maldita sea!

Helena levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Otra vez?

Calíope puso ambas manos contra aquella superficie invisible.

—¿Cuántas veces piensas preguntarme eso?

Helena se acercó desde el otro lado.

—Hasta que dejes de intentar atravesarla corriendo.

—La última vez caminaba.

—La anterior saltaste.

—Estaba experimentando.

—También intentaste arrastrarte.

—Método científico.

Helena comenzó a reír. Calíope apoyó la frente contra la barrera.

—No tiene gracia.

—Un poco.

—Puedes cruzar.

Helena dejó de sonreír. Calíope miró hacia ella.

—Todas pueden.

—Sí.

—Yo no.

—No.

Aquella palabra dolía cada vez más.

—¿No te parece injusto?

Helena permaneció pensativa.

—Sí.

La sinceridad consiguió que Calíope levantara la cabeza.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

Helena miró hacia el castillo.

—Porque injusto no significa necesariamente permanente.

—Hablas como ella.

—Ciento setenta y cuatro años dejan consecuencias.

Calíope soltó una pequeña risa. Después volvió a contemplar el bosque.

—¿Qué hay más allá?

—Más bosque.

—Lo sé.

—Un lago.

—Lo vi desde la ventana.

—Campos.

—También.

Helena sonrió.

—Caballos.

Calíope giró inmediatamente.

—¿Caballos?

—Muchos.

—¿Y nadie me dijo?

—No preguntaste.

—¡Porque no sabía que existían!

Helena rio. Calíope golpeó la barrera con la palma.

—Atenea — Nada —Sé que puedes escucharme.

Una voz apareció detrás.

—Naturalmente.

Calíope cerró los ojos.

—Algún día voy a conseguir que utilices puertas y pasos como una persona normal.

Atenea estaba a pocos metros. Vestía de blanco y gris. Su cabello oscuro estaba recogido y llevaba varios rollos de pergamino bajo un brazo.

—No soy una persona normal.

—Eso ya lo sabemos.

Helena hizo una reverencia ligera.

—Mi señora.

—Helena.

Atenea miró las manos de Calíope apoyadas sobre la barrera.

—¿Otra vez?

Calíope se volvió lentamente.

—Voy a fingir que no acabas de decir exactamente lo mismo que Helena.

—Entonces responderé yo por ti: sí, otra vez.

—Ábrela.

—No.

—Hay caballos.

Atenea parpadeó.

—¿Ese es tu argumento?

—Es uno excelente.

—No.

Calíope señaló el bosque.

—Todas pueden salir.

—Sí.

—Yo también soy una de tus elegidas.

Atenea guardó silencio.

—¿O no?

Aquello cambió algo. Muy poco. Pero Calíope lo vio.

—Lo eres.

—Entonces trátame como a ellas.

—No puedo.

—No quieres.

—Ambas cosas.

Calíope sintió que el enojo subía.

—¿Por qué?

Atenea sostuvo su mirada.

—Porque ellas no pueden hacer lo que tú haces.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Esa excusa.

Calíope apartó las manos de la barrera.

—Cada vez que quieres decidir algo por mí utilizas mi poder como justificación.

Atenea frunció el ceño.

—No es una excusa.

—Sí lo es.

—Calíope.

—No.

La joven se acercó.

—Tú me trajiste aquí — Un paso —Tú me hiciste inmortal — Otro —Tú decidiste que debía llevar tu marca — Su voz se endureció—Tú decides dónde puedo caminar.

Atenea permaneció quieta.

—Y después me dices que todo es porque soy peligrosa.

—Lo eres.

Calíope rio sin humor.

—Entonces mátame.

Helena abrió mucho los ojos.

—Calíope...

Atenea no reaccionó. Aquella serenidad volvió a enfurecerla.

—Vamos — Calíope abrió los brazos —Si realmente crees que soy tan peligrosa, termina el problema.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quiero hacerlo.

—Entonces déjame vivir.

Silencio. Atenea bajó lentamente los pergaminos.

—Eso es exactamente lo que intento hacer.

Calíope negó.

—No — Señaló la barrera —Esto no es vivir.

La frase permaneció suspendida entre ambas. Helena miró a Atenea. Después a Calíope. Finalmente comprendió que aquella conversación ya no le pertenecía.

—Voy a...— Señaló vagamente hacia el sendero —...recolectar cosas muy lejos.

Calíope casi sonrió. Helena desapareció entre los árboles. Atenea y Calíope quedaron solas. Separadas del bosque por una barrera que únicamente una de ellas podía atravesar.




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