El Último Poder Del Olimpo

La criatura de oro

La libertad parcial resultó ser más peligrosa para Calíope que el encierro.

Durante los primeros días después de romper la barrera, había imaginado que saldría del castillo cada mañana y regresaría únicamente cuando Atenea la obligara. No ocurrió. Lo intentó. El primer día cabalgó durante horas por el bosque. El segundo llegó hasta el lago.

El tercero atravesó una zona de árboles plateados donde las hojas producían sonidos semejantes a campanillas cuando el viento las rozaba. Pero siempre terminaba regresando mucho antes del anochecer. Y eso empezaba a molestarla. Porque ya no podía culpar a ninguna barrera.

No había magia empujándola de vuelta. No había caminos deformándose. No había orden divina. Regresaba porque quería. Aquella tarde dejó el caballo en los establos y permaneció unos segundos acariciándole el cuello.

—No me mires así.

El animal resopló.

—No estoy regresando por ella.

Otro resoplido. Calíope entrecerró los ojos.

—Tú también empiezas a parecerte al búho.

El caballo sacudió la cabeza.

—Perfecto. Ahora hasta los animales me juzgan.

Una voz apareció detrás.

—Quizá porque hablas demasiado con ellos.

Calíope cerró los ojos.

—Atenea.

—Calíope.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—Muchas cosas.

—Entonces haz alguna.

Atenea sonrió. Vestía una túnica gris perla, sencilla para sus estándares, y llevaba los cabellos recogidos con una pieza dorada en forma de olivo. Calíope la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Estabas mirándome.

—Tengo ojos.

—Eso dices demasiado.

Calíope sonrió.

—Funciona.

Atenea observó el caballo.

—¿Disfrutaste el paseo?

Calíope abrió la boca para responder con alguna ironía. Se detuvo.

—Sí.

Atenea asintió. No dijo te lo dije. Aquello resultaba casi más inquietante. Calíope bajó la mirada.

—Gracias.

La diosa levantó una ceja.

—¿Qué?

—No abuses.

—Solo pregunté.

—Gracias por quitar la barrera.

Atenea la observó durante unos segundos.

—La quitaste tú.

—Y tú decidiste no reconstruirla.

Silencio.

—Eso también cuenta.

La expresión de la diosa se suavizó.

—De nada.

Calíope cambió inmediatamente de tema.

—¿Qué entrenamiento toca hoy?

Atenea sonrió.

—Uno que no te gustará.

—Excelente.

—Ven.

—Esa palabra nunca trae nada bueno.

Pero la siguió. El taller estaba distinto. No había arcilla. Ni ramas. Ni cerámica rota. Ni barras de metal. Solo una mesa. Y sobre ella, oro. Muchísimo oro. Calíope se detuvo.

—¿Vas a sobornarme?

Atenea soltó una pequeña risa.

—No.

—Lástima. Estaba considerando seriamente vender mi lealtad.

—Te saldría cara.

—Exactamente.

Calíope se acercó. Había placas finas de oro, pequeñas barras, fragmentos irregulares y polvo dorado dentro de recipientes de cristal.

—¿Qué tengo que hacer?

—Crear algo.

—Eso hago todos los días.

—Algo que no exista.

Calíope la miró.

—Define no exista.

Atenea caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Hasta ahora has trabajado con referencias.

—La mujer no existía.

—Su forma era humana.

—El búho tampoco.

—Su forma existía.

Calíope entendió.

—Quieres algo nuevo.

—Exactamente.

—¿Qué?

Atenea sonrió.

—Eso es problema tuyo.

Calíope miró el oro.

—¿Sin modelo?

—Sin modelo.

—¿Sin instrucciones?

—Sin instrucciones.

—¿Y si sale horrible?

—Probablemente saldrá horrible.

Calíope la miró ofendida.

—Qué motivadora.

—Realista.

—La diosa de la sabiduría debería aprender pedagogía.

—La alumna debería empezar.

Calíope suspiró.

—La odio.

—Cada vez menos.

Aquello la hizo girar. Atenea había dicho la frase sin mirarla. Calíope apretó los labios.

—No te entusiasmes.

—No lo hago.

—Bien.

—Todavía.

Calíope lanzó una mirada asesina. Atenea sonrió. El primer intento fue un desastre. Calíope quiso crear una criatura semejante a un ave, pero demasiado distinta de cualquier especie conocida. Alas largas..Cuerpo pequeño. Cuatro ojos. Una cola dividida.

—Parece un accidente genético —comentó Atenea.

Calíope la miró.

—No pedí crítica.

—Soy tu maestra.

—Eso te lo has autoproclamado.

—Y sigues viniendo al taller.

Calíope señaló la criatura.

—Todavía no está terminada.

—Espero que no.

—Eres insoportable.

Atenea sonrió. Calíope volvió al oro. Intentó modificar las proporciones. El cuello quedó demasiado largo.

—Ahora parece una serpiente con plumas.

—¿Puedes callarte cinco minutos?

—Podría.

—Hazlo.

—No quiero.

Calíope cerró los ojos.

—Algún día voy a convertirte en estatua.

—Tendrías que conseguirlo primero.

—No me provoques.

Atenea se sentó.

—Estoy esperando.

Calíope dejó caer las manos. La criatura de oro perdió la forma y regresó a una masa informe.

—No funciona.

—Porque estás diseñando desde afuera.

—¿Qué significa eso?

—Piensas primero en cómo debe verse.

Calíope frunció el ceño.

—Naturalmente.

—No.

Atenea se acercó.

—Piensa primero en qué debe ser.

Calíope la miró.

—Eso suena muy filosófico.

—Soy Atenea.

—También demasiado consciente de ello.

La diosa ignoró el comentario.

—No empieces por alas.

Señaló el oro.

—Empieza por intención.

—¿Qué quiero que haga?

—Qué quieres que sea.

Calíope quedó en silencio. Eso era diferente. No forma. Esencia. Se acercó nuevamente. Cerró los ojos. Pensó. No quería crear un ave. Ni un animal. Ni una estatua. Quería crear algo que pudiera acompañarla sin obedecerle ciegamente..Algo curioso. Libre. Hermoso. Algo capaz de marcharse y regresar. La idea la golpeó. Atenea. No. No quería crear algo como Atenea. O quizá sí. No a la diosa. A lo que empezaba a comprender de ella. Calíope respiró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.