Como si algo hubiera entrado en las tierras de Atenea y todos los seres vivos lo supieran antes que ellas. Calíope abrió los ojos. Áurea estaba despierta. La pequeña criatura de oro permanecía sobre el alféizar con las alas extendidas, completamente inmóvil. El búho de mármol también observaba la ventana. Calíope se incorporó.
—¿Qué ocurre?
Áurea emitió un sonido bajo. No su habitual tintineo. Aquello parecía una advertencia. Calíope se levantó. La habitación estaba oscura. Solo entraba luz lunar. Miró el reloj. Las dos y diecisiete. El mecanismo plateado se había cerrado hacía más de una hora. Normalmente aquello habría bastado para irritarla. Esta vez apenas lo notó. Otro sonido. Muy lejos. Un golpe. Después otro.
BOOM.
Los cristales temblaron. Calíope corrió hacia la ventana. Una luz blanca atravesó el bosque. Después una segunda. No era relámpago. Era magia.
—Atenea.
La palabra salió automáticamente. Calíope abandonó la habitación. Los corredores estaban llenos de movimiento. Las elegidas salían de sus habitaciones. Algunas llevaban arcos. Otras espadas. Helena apareció corriendo.
—¡Calíope!
—¿Qué pasa?
—No lo sé.
Otro impacto hizo temblar el castillo.
—¿Dónde está Atenea?
Helena señaló hacia las puertas.
—Fuera.
Naturalmente. Calíope empezó a caminar. Helena la sujetó del brazo.
—No.
Calíope se volvió.
—¿Qué?
—Nos ordenó permanecer dentro.
—Entonces está luchando sola.
—Calíope...
—¿Contra qué?
Helena no respondió. Calíope comprendió. No sabía. Eso empeoraba todo.
—Quítame la mano.
—No puedes salir.
Calíope miró hacia ella.
—La barrera ya no existe.
—No hablo de eso.
Helena bajó la voz.
—Si Atenea ordenó que nadie salga, debe ser serio.
Calíope escuchó otro estruendo. Después algo parecido a un grito. No humano. La luz plateada volvió a atravesar el cielo. Calíope se liberó.
—Precisamente.
—¡Calíope!
Ya corría. El vestíbulo estaba custodiado por seis elegidas armadas.
—No puedes salir.
—Quítense.
—Orden de la señora.
Calíope se detuvo.
—¿Desde cuándo obedecemos sin pensar?
Una de ellas frunció el ceño.
—Desde que una criatura desconocida entró en las tierras.
—Entonces más razón para ayudarla.
—Atenea no necesita ayuda.
Otro impacto. Una parte del techo dejó caer polvo. Calíope levantó una ceja.
—Muy convincente.
Intentó avanzar. Las elegidas cruzaron lanzas. Calíope suspiró.
—No quiero hacer esto.
—Entonces regresa.
—No.
La puerta comenzó a vibrar. Las lanzas también. Las elegidas abrieron mucho los ojos. Calíope levantó una mano. No estaba destruyendo nada. Solo modificando posiciones. Las armas se elevaron suavemente y quedaron suspendidas contra el techo.
—Perdón.
Abrió las puertas.
—¡CALÍOPE!
Salió. El bosque era otro mundo. Rojo. Plateado. Negro. Incendios pequeños ardían entre árboles sin propagarse, detenidos por la magia del territorio. Había fragmentos de criaturas sobre el suelo. No sangre. Sombras. Como si algunos seres hubieran sido creados a partir de oscuridad condensada. Calíope avanzó. Áurea volaba sobre ella. El pequeño búho había quedado atrás.
—Atenea.
Nada. Corrió. La energía podía sentirse. Cada vez más intensa. Entonces la vio. Atenea estaba en medio de un claro. Sola. Su armadura brillaba. Una lanza plateada descansaba en su mano derecha. Su escudo estaba roto. Frente a ella había una criatura. Calíope no tenía palabras para describirla. Parecía un hombre muy alto. Demasiado alto. Tres metros. Piel oscura atravesada por líneas rojizas. Cuatro brazos. Un rostro sin ojos.
Solo una enorme abertura donde debería estar la boca. Y detrás....Más criaturas. Pequeñas. Decenas. Atenea respiraba con dificultad. Calíope nunca la había visto cansada. Aquello le produjo miedo. La criatura principal atacó. Atenea bloqueó. El impacto abrió una grieta en el suelo. La diosa giró. La lanza atravesó uno de los brazos. El monstruo gritó. Otro brazo golpeó a Atenea. La diosa salió despedida. Calíope dejó de respirar. Atenea chocó contra un árbol. Cayó. Se levantó inmediatamente. Pero demasiado despacio.
Calíope vio algo. Rojo. Sobre su túnica. Sangre. Atenea estaba sangrando. El mundo se detuvo. Calíope conocía la teoría. Los dioses podían sangrar. Podían sufrir..Podían incluso morir en circunstancias extraordinarias. Pero saberlo y verlo eran cosas diferentes. La sangre descendía por el brazo de Atenea. Una línea oscura. Real. Calíope sintió algo abrirse dentro de ella. Miedo. No por sí misma. Por Atenea. Aquello la enfureció.
—¡ATENEA!
La diosa giró. Su expresión cambió inmediatamente.
—¡¿QUÉ HACES AQUÍ?!
Calíope corrió hacia el claro.
—¡Ayudándote!
—¡TE ORDENÉ...!
La criatura principal levantó los cuatro brazos. Una esfera negra apareció entre ellos. Atenea miró. Después a Calíope.
—¡ABAJO!
La descarga salió. Atenea corrió. No hacia la criatura. Hacia Calíope. La golpeó con el cuerpo. Ambas cayeron. El ataque atravesó el lugar donde había estado Calíope. El suelo desapareció. Literalmente. Un cráter. Calíope quedó debajo de Atenea.
—¿Estás loca?
Atenea se incorporó.
—¡TÚ ESTÁS LOCA!
Calíope parpadeó.
—¿Me estás gritando?
—¡TE DI UNA ORDEN!
—¡ESTABAS SANGRANDO!
Silencio. Atenea la miró. Calíope también. Aquella frase reveló demasiado. La diosa pareció comprender. No hubo tiempo. Las criaturas atacaron. Calíope extendió ambas manos.
—¡Detente!
Cinco criaturas quedaron suspendidas. Atenea levantó una ceja.
—Eso es nuevo.