La herida de su costado había desaparecido. La sangre también. La túnica rota había sido reemplazada. La expresión era nuevamente la de siempre. Serena. Impenetrable. Infinitamente irritante. Calíope se quedó en la puerta.
—No.
Atenea levantó la vista.
—Buenos días.
—He dicho que no.
—Lo escuché.
—Entonces deja eso.
Atenea miró los pergaminos.
—Estoy trabajando.
—Estabas casi atravesada por una criatura hace dos días.
—Y ahora no lo estoy.
Calíope avanzó.
—Helena dijo que debías descansar.
—Helena exagera.
—Atenea.
—Calíope.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Responder mi nombre como si eso cerrara la discusión.
Atenea inclinó la cabeza.
—Suele funcionar.
Calíope tomó el pergamino que tenía más cerca.
—Hoy no.
—Devuélvelo.
—No.
—Calíope.
—¿Ves? Otra vez.
Atenea extendió la mano. El pergamino salió de los dedos de Calíope. La joven abrió los ojos.
—Eso es hacer trampa.
—Soy una diosa.
—Y yo puedo hacer esto.
Calíope levantó una mano.
El pergamino se convirtió en una mariposa blanca. Atenea quedó inmóvil. La mariposa voló alrededor de su cabeza. Calíope sonrió.
—Ahora intenta leerlo.
Silencio. Atenea miró la mariposa. Después a Calíope.
—Devuélvelo.
—Descansa.
—Devuélvelo.
—Descansa.
—Calíope.
—Atenea.
La mariposa aterrizó sobre la cabeza de la diosa. Calíope se mordió el labio. No funcionó. Soltó una carcajada. Atenea cerró los ojos.
—Esto es culpa mía.
—Completamente.
—Te enseñé demasiado rápido.
—No lo suficiente.
La mariposa volvió a ser pergamino. Cayó. Atenea lo atrapó.
—Gracias.
—De nada.
—Ahora sal de mi biblioteca.
Calíope sonrió.
—No.
Atenea respiró profundamente.
—¿Por qué?
—Porque Helena me pidió que vigile que no trabajes.
—Helena no tiene autoridad sobre mí.
—Yo tampoco.
—Finalmente entendemos algo.
Calíope se acomodó en uno de los sillones.
—Pero voy a quedarme igualmente.
Atenea la observó.
—¿Todo el día?
—Probablemente.
—Eres agotadora.
—Me entrenaste tú.
Atenea intentó no sonreír. Fracasó. Aquella dinámica había comenzado después de la batalla. Antes, Calíope acudía a Atenea porque necesitaba respuestas. Ahora aparecía sin motivo. Se sentaba en la biblioteca mientras la diosa leía. Entraba en su estudio para enseñarle cuadros que todavía no estaban terminados. Le preguntaba opiniones sobre esculturas. Le llevaba flores encontradas en el bosque.
En ocasiones simplemente estaba allí. Atenea no comentaba aquello. Calíope tampoco. Ambas parecían haber llegado a un acuerdo silencioso según el cual admitir que disfrutaban de la compañía de la otra sería una derrota. Helena, naturalmente, no respetaba ese acuerdo.
—Parecen hermanas —comentó una tarde.
Calíope casi se atragantó. Atenea dejó de escribir. ,Helena estaba sentada frente a ambas tomando té.
—¿Perdón? —preguntó Calíope.
—Hermanas.
—No.
—Sí.
Calíope señaló a Atenea.
—Ella tiene miles de años.
La diosa levantó lentamente una ceja.
—Cuidado.
—Yo tengo veintidós.
—Eternamente —recordó Helena.
—Eso no ayuda.
Helena sonrió.
—Una hermana mayor insoportable y una menor todavía más insoportable.
Atenea se volvió hacia ella.
—¿Quién es cuál?
Helena se quedó callada. Calíope comenzó a reír.
—Oh, no.
—Responde —ordenó Atenea.
Helena levantó las manos.
—Tengo cosas que hacer.
Se puso de pie.
—Muchísimas.
—Helena.
—No puedo oírla.
—Helena.
La joven salió prácticamente corriendo. Calíope se quedó mirando hacia la puerta. Después miró a Atenea. Silencio.
—No parecemos hermanas.
—No.
Otro silencio.
—Nada.
—Absolutamente nada.
Calíope tomó su taza. Atenea volvió hacia sus documentos.nCinco segundos.
—Aunque...
La diosa levantó la vista. Calíope sonrió.
—Si tuviera una hermana mayor insoportable, probablemente sería parecida a ti.
Atenea la observó.
—Eso ha sido ofensivo.
—Era un cumplido.
—Necesitas practicar.
Calíope rio. Pero algo había cambiado. La palabra se quedó allí.
Hermana.
Días después, Calíope descubrió una parte del castillo que no conocía.Fue accidental. O eso creyóEstaba buscando a Áurea.
La criatura dorada había desarrollado una costumbre irritante: desaparecía durante horas y regresaba con objetos que evidentemente no le pertenecían. ,Botones. Cintas. Joyas pequeñas. Una vez regresó con una moneda romana.Atenea había insistido en que la devolvieran al archivo histórico. Áurea protestó durante diez minutos.
Aquella mañana había robado una pequeña llave.,Calíope la siguió por tres corredores.
—¡Devuélvela!
Áurea voló más rápido.
—¡Sé que me escuchas!
Campanillas.
—¡No es tuya!
La criatura dobló una esquina. Calíope la siguió. Y se detuvo. Nunca había estado allí. El corredor era más antiguo que el resto del castillo. Oscuro. Piedra gris en lugar de mármol blanco. No había cuadros. Ni ventanas. Solo puertas. Áurea aterrizó frente a una. La llave cayó. Calíope la recogió.
—¿Qué hay aquí?
La criatura inclinó la cabeza.
—No me mires así.
Calíope examinó la cerradura. La llave encajaba. Eso debería haber sido suficiente para no abrir. Naturalmente la abrió. La habitación era pequeña. Muchísimo más pequeña que cualquier espacio personal de Atenea. No había lujo. Una cama. Una mesa. Un armario. Una ventana estrecha. Libros. Muchos. Objetos viejos. Cartas. Calíope entró.