Ni arcilla. Ni ramas secas. Ni objetos rotos que la joven tuviera que reconstruir antes del desayuno. Nada. Y precisamente por eso, Calíope supo que algo ocurría. Permaneció unos segundos acostada, mirando el techo de su habitación. Áurea dormía junto a la ventana. El pequeño búho de mármol estaba acomodado sobre una estantería. Calíope entrecerró los ojos.
—Esto es sospechoso.
Áurea abrió un ojo.
—Atenea jamás me deja dormir hasta esta hora.
El ave dorada volvió a cerrar el ojo. Calíope se incorporó.
—Gracias por tu preocupación.
Campanillas.
—No necesito sarcasmo de una criatura que yo misma fabriqué.
Áurea extendió las alas.
—Y tampoco utilices la libertad de expresión contra mí. Ya tengo suficiente con Atenea.
Se vistió. Blanco y dorado. Había comenzado a utilizar aquellos colores con mayor frecuencia, aunque jamás habría admitido que la influencia de la diosa tenía algo que ver. Antes prefería tonalidades más fuertes.bAhora encontraba extrañamente agradable el contraste entre el blanco y pequeños detalles dorados. La primera vez que Helena lo señaló, Calíope le había respondido:
—Es una coincidencia estética.
Helena se había reído durante demasiado tiempo. Calíope decidió ignorar el recuerdo. Salió. El castillo estaba demasiado tranquilo. Las elegidas trabajaban con normalidad. Algunas limpiaban las galerías. Otras habían salido hacia los cultivos. Desde las cocinas llegaban voces. Calíope atravesó el corredor principal.
—¿Han visto a Atenea?
Una muchacha que acomodaba flores sobre una mesa levantó la cabeza.
—Salió antes del amanecer.
Calíope se detuvo.
—¿Adónde?
—No lo dijo.
Aquello era todavía peor. Atenea siempre sabía dónde estaba Calíope. Calíope consideraba justo saber dónde estaba Atenea.
—¿Helena?
—Establos.
Calíope cambió inmediatamente de dirección. Encontró a Helena cepillando un caballo negro.
—¿Dónde está?
Helena ni siquiera levantó la mirada.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. ¿Dónde está?
—¿Quién?
Calíope la miró. Helena sonrió.
—No sé.
—Mientes.
—No.
—Conozco tu cara cuando mientes.
—Eso es preocupante.
—Helena.
La joven dejó el cepillo.
—Atenea me pidió que no te dijera nada.
Calíope cruzó los brazos.
—Entonces sí sabes.
—No exactamente.
—¿Qué significa «no exactamente»?
Helena pensó.
—Significa que sé que está preparando algo.
—¿Qué?
—Si lo supiera dejaría de ser «algo».
Calíope apretó la mandíbula.
—Detesto cuando todos empiezan a hablar como ella.
—Vivimos con Atenea. Es contagioso.
Calíope se acercó.
—¿Es un entrenamiento?
—No lo sé.
—¿Una prueba?
Helena no respondió. Calíope vio el pequeño cambio en sus ojos.
—Es una prueba.
—No dije...
—Tu cara.
Helena cerró los ojos.
—He pasado demasiado tiempo contigo.
—Definitivamente.
Calíope sonrió.
—¿Qué prueba?
—Eso sí no lo sé.
—¿Peligrosa?
Helena volvió a mirar el caballo.
—Con Atenea nunca puede descartarse.
—Extraordinariamente tranquilizador.
—Tú preguntaste.
Calíope iba a marcharse cuando Helena habló:
—Calíope.
La joven se volvió.
—No te enfades demasiado con ella hoy.
Aquello sí consiguió preocuparla.
—¿Por qué?
Helena sonrió débilmente.
—Porque creo que esto le está costando más a ella que a ti.
Atenea regresó al mediodía. Calíope estaba esperándola. Literalmente. Sentada sobre uno de los escalones de la entrada principal. Brazos cruzados. Expresión severa. Áurea sobre un hombro. El búho de mármol sobre el otro. Atenea salió del bosque. Se detuvo al verla.
—Parece un tribunal.
—Lo es.
—¿He sido acusada?
—Todavía no.
Atenea subió un escalón.
—¿Entonces?
—Desapareciste.
La diosa arqueó una ceja.
—Puedo hacerlo.
—No me avisaste.
—Tú tampoco me avisas cada vez que sales al bosque.
Calíope abrió la boca. Se detuvo.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque...
Silencio. Atenea esperó. Calíope frunció el ceño.
—No uses lógica conmigo cuando estoy enfadada.
La diosa sonrió.
—Intentaré recordarlo.
Subió otro escalón. Calíope no se movió.
—Helena dice que estás preparando algo.
—Helena habla demasiado.
Desde alguna ventana distante llegó:
—¡PUEDO OÍRLA!
Calíope comenzó a reír. Atenea levantó los ojos hacia el castillo.
—Definitivamente demasiado.
Después volvió hacia Calíope.
—Ven conmigo.
La joven dejó de sonreír.
—¿Adónde?
—Al bosque.
—Eso ya no es un castigo.
—No pretendía que lo fuera.
—¿Necesito armas?
—No.
—¿Materiales?
—No.
—¿Ropa especial?
—No.
Calíope entrecerró los ojos.
—Eso sigue siendo sospechoso.
—Lo sé.
Atenea extendió la mano. Calíope la miró. No la tomó inmediatamente.
—¿Vas a decirme qué pasa?
—Cuando lleguemos.
—Odio esa frase.
—También lo sé.
Calíope terminó levantándose. No tomó la mano. Pero caminó junto a ella. Atenea no pareció molesta. Aquello, por sí solo, ya demostraba cuánto habían cambiado. Atravesaron el bosque durante casi una hora. No utilizaron magia. No utilizaron caballos. Caminaron. Áurea volaba delante. El pequeño búho había decidido quedarse en el castillo. Calíope reconocía el camino. Había pasado por allí durante una de sus primeras fugas.
—Estamos yendo hacia el límite.
—Sí.
Aquella respuesta hizo que disminuyera el paso.
—¿Por qué?