El Último Poder Del Olimpo

La última marca

Calíope supo que aquel día sería diferente antes incluso de abrir los ojos. No por una visión. Ni por un presentimiento sobrenatural. Por el silencio. El castillo respiraba de otra manera.

No había pasos apresurados en los corredores. No había voces en las cocinas. No se escuchaban risas provenientes de los jardines interiores ni el habitual rumor de las elegidas preparándose para sus tareas. Era como si todo el lugar supiera algo que ella todavía ignoraba. Calíope abrió los ojos. Áurea estaba despierta. El búho de mármol también. Ambos la observaban.

—No me gusta esa cara.

Áurea inclinó la cabeza.

—Ni la tuya.

El búho ululó.

—Perfecto. Dos contra una.

Calíope se incorporó. Sobre la mesa había una nota. La reconoció inmediatamente. La letra de Atenea era imposible de confundir: elegante, precisa, absolutamente incapaz de admitir un trazo innecesario.

Taller. Cuando estés preparada.

Calíope entrecerró los ojos.

—Eso es muy sospechoso.

Áurea desplegó las alas.

—No, no pienso ir corriendo.

Cinco segundos después ya estaba de pie.

—Voy caminando con dignidad.

El búho ululó nuevamente.

—Cállate.

El taller estaba iluminado únicamente por la luz del amanecer. No había herramientas. No había bloques de piedra. No había lienzos. Ni recipientes de pigmentos. Solo dos esculturas. Calíope se detuvo en la entrada. Eran humanas. Dos jóvenes. Un hombre y una mujer. Ambos de mármol blanco. De pie.

Hermosos. Perfectamente realizados. Pero no por ella. Eso lo supo inmediatamente.

—¿Los hiciste tú?

Atenea estaba junto a una ventana. Vestía de blanco y oro. No llevaba armadura.

—Sí.

Calíope arqueó una ceja.

—No están mal.

Atenea la miró.

—No están mal.

—La mujer tiene la nariz ligeramente desproporcionada.

—No.

—Sí.

—Calíope.

—Estoy intentando relajar el ambiente.

Atenea sonrió apenas.

—Lo noto.

La joven se acercó a las esculturas.

—¿Son la prueba?

—Sí.

Calíope permaneció unos segundos observándolas.

—¿Qué debo hacer?

Atenea se volvió hacia ella.

—Nada que no hayas hecho antes.

Calíope entendió. Miró nuevamente el mármol.

—Darles vida.

—Sí.

—¿Temporal?

—No.

La respuesta produjo un escalofrío. Calíope levantó la mirada.

—Permanente.

—Sí — Silencio — ¿Y si no puedo?

—Entonces todavía no estás preparada.

—¿Y si puedo?

Atenea no respondió de inmediato. Calíope miró hacia su muñeca izquierda. Vacía. Después a la diosa.

—Entonces cambiará todo.

Atenea asintió.

—Sí.

Calíope caminó lentamente alrededor de ambas figuras. El hombre parecía tener unos veinticinco años. La mujer quizá veintidós. No eran copias de nadie. Eso también era importante.

—¿Por qué ellos?

—Porque no representan a personas que ya existieron.

—Como Elena.

—Exactamente.

El recuerdo dolió. Calíope se detuvo.

—¿Tendrán recuerdos?

—No.

—¿Personalidades?

—Deberán formarlas.

—¿Voluntad?

Atenea sostuvo su mirada.

—Sí.

Aquella respuesta cambió todo. Calíope frunció el ceño.

—Entonces no serán míos.

Atenea sonrió.

—No.

—Ni tuyos.

—No.

—Podrán marcharse.

—Sí.

—Negarse a servirte.

—Sí.

Calíope la observó.

—¿Incluso abandonar el castillo?

Atenea asintió.

—Si lo desean.

Calíope guardó silencio. Aquella era la verdadera prueba. No crear. Soltar. Comprender que una vida dejaba de pertenecer al creador en el mismo instante en que comenzaba a existir. Calíope respiró profundamente.

—Ahora entiendo.

—¿Qué?

—Por qué esperaste.

Atenea no dijo nada. Calíope sonrió débilmente.

—Hace semanas habría creado algo solo para demostrarte que podía hacerlo.

—Sí.

—Hoy me preocupa más qué será de ellos después.

—Precisamente.

Calíope miró las esculturas.

—Eso es lo que querías enseñarme desde el principio.

—Una parte.

—El poder sin derecho.

Atenea asintió.

—Y creación sin propiedad.

Calíope soltó una pequeña risa.

—Qué ironía viniendo de ti.

La diosa soportó el golpe.

—Lo sé.

—Empezaste tratándome exactamente al revés.

—Lo sé.

—Control.

—Sí.

—Marca.

—Sí.

—Encierro.

—Sí.

Calíope se volvió por completo hacia ella.

—Y ahora me enseñas a no poseer aquello que creo.

Atenea bajó ligeramente la mirada.

—También estoy aprendiendo.

Aquello bastó. Calíope regresó hacia las figuras.

—Bien.

Extendió las manos.

—Entonces hagámoslo.

La primera dificultad fue no apresurarse. Calíope conocía ya la sensación. La materia. La estructura. El recuerdo de la piedra. Pero aquello era diferente. No estaba intentando despertar algo que había existido antes. Tenía que convertir posibilidad en permanencia. Cerró los ojos. El mundo alrededor desapareció. Sintió las dos esculturas. Frías. Inertes. Perfectamente inmóviles. No pensó en piel. Ni sangre. Ni huesos. Empezó por algo más sencillo.

Posibilidad.

La posibilidad de respirar. De pensar. De desear. De tener miedo. De equivocarse. De reír. De aprender. De marcharse.bLa palabra apareció de nuevo.

Libertad.

Calíope comprendió. No podía crear una vida real si la imaginaba obedeciendo. La vida debía incluir la posibilidad de decir no. Algo vibró. Atenea levantó la cabeza. Una luz dorada comenzó a envolver ambas figuras. Calíope respiró.

—No los obligues —murmuró Atenea.

—No pienso hacerlo.

El mármol se calentó. Una grieta. Después otra. Calíope recordó a Elena. Durante un segundo el miedo la atravesó. El proceso vaciló. Atenea dio un paso.




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