Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y una realidad demasiado silenciosa. El techo sobre su cabeza no era el suyo. Era alto, abovedado, cubierto por un fresco donde una luna creciente dominaba un bosque oscuro poblado por ciervos, lobos y mujeres armadas con arcos. La pintura resultaba tan hermosa como inquietante.
Parpadeó varias veces, intentando ordenar los recuerdos. No reconocía la habitación. Había madera oscura, piedra gris, cortinas verdes, una chimenea apagada y un enorme ventanal que daba a un bosque interminable. Ningún edificio. Ninguna carretera. Ninguna señal del mundo que conocía. Entonces recordó a su hermana.
—Thalia.
La llamó primero en voz baja. Al no obtener respuesta, se incorporó bruscamente.
—¡Thalia!
Nada. El miedo comenzó a crecerle en el pecho, pero Lyra siempre había soportado mejor la rabia que el miedo. Se levantó de la cama y fue entonces cuando reparó en la ropa que llevaba puesta. Una túnica verde oscuro caía sobre su cuerpo, sencilla pero demasiado elegante para ser suya.
Debajo sintió algo extraño.nSe quedó quieta. Levantó apenas la tela y descubrió una prenda ajustada alrededor de sus caderas. Tenía la forma de un short, pero no estaba hecha de tela. Su superficie era verde oscura, casi negra, recorrida por pequeños símbolos plateados: medias lunas, flechas, hojas y diminutas estrellas.
No tenía cierres visibles. Lyra tiró de uno de los bordes. Nada. Volvió a intentarlo con más fuerza. La prenda no se movió ni un milímetro.
—¿Qué demonios es esto?
Golpeó el material con los nudillos. Sonó como metal. Aquello terminó de enfurecerla. Corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. El corredor era enorme. Mármol claro, columnas de piedra, grandes tapices con escenas de caza y, repetida una y otra vez, la misma figura femenina: una mujer rubia sosteniendo un arco bajo la luna. Lyra apenas avanzó unos pasos cuando escuchó golpes provenientes de la pared contigua a su habitación. Tres. Luego otros tres.
—¿Thalia?
—¡Lyra!
La voz de su hermana atravesó la piedra. Lyra cerró los ojos y soltó el aire que llevaba conteniendo.
—¿Estás bien?
—¿Tú?
—Sí. Creo.
Hubo un breve silencio.
—¿Tienes puesta una cosa extraña debajo de la ropa?
Lyra volvió a mirar el short verde.
—Sí.
—El mío es marrón.
Lyra estuvo a punto de reírse pese a todo.
—Eso es ridículamente coordinado.
—¡Eso mismo pensé!
La puerta situada junto a la suya se abrió y Thalia apareció. Durante unos segundos ninguna dijo nada. Después corrieron una hacia la otra y se abrazaron. Eran idénticas. Dieciocho años de apariencia, largos cabellos rojos y ondulados, ojos verdes, piel clara y las mismas facciones delicadas. Pero sus ropas las diferenciaban: Lyra vestía de verde oscuro; Thalia, de marrón.
—¿Recuerdas algo? —preguntó Thalia.
—Muy poco. Tú.
—Lo mismo.
—¿Alguien nos trajo aquí?
—Evidentemente.
Thalia echó un vistazo al corredor y señaló uno de los tapices.
—¿Reconoces eso?
Lyra siguió su mirada. La mujer rubia. El arco. La luna.
—Artemisa.
—Exactamente.
—No puede ser.
—Eso espero.
—¿La diosa?
—Eso espero todavía más.
Una voz femenina respondió a sus espaldas:
—Vuestras esperanzas comienzan mal.
Ambas gritaron. La mujer estaba allí. No habían escuchado pasos. No habían oído abrirse ninguna puerta. Simplemente había aparecido a pocos metros de ellas. Era alta, de largos cabellos rubios y ojos dorados extraordinariamente intensos. Vestía de blanco, plata y verde oscuro. Un arco descansaba sobre su espalda y una pequeña media luna de oro adornaba su frente.
Era hermosa. No de una manera ordinaria. Había algo demasiado perfecto en ella. Algo que obligaba a mirarla y, al mismo tiempo, despertaba el instinto de retroceder. Lyra hizo ambas cosas. La miró. Y retrocedió. Después volvió la vista hacia el tapiz. Luego otra vez hacia aquella mujer.
—No.
La desconocida levantó una ceja.
—Ya has dicho eso dos veces desde que despertaste.
Thalia palideció.
—¿Tú eres...?
—Artemisa.
Silencio. Lyra soltó una carcajada nerviosa.
—Perfecto.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Nos secuestró una diosa.
Artemisa frunció ligeramente el ceño.
—No os secuestré.
Lyra bajó las manos.
—¿Ah, no?
—Os elegí.
Thalia cerró los ojos.
—Eso sigue siendo secuestro, solo que con vocabulario divino.
Artemisa la miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Tú eres Thalia.
—Qué observadora.
Después sus ojos dorados se dirigieron hacia Lyra.
—Y tú, Lyra.
—¿Cómo sabes nuestros nombres?
—Sé muchas cosas sobre vosotras.
La respuesta produjo en ambas el mismo escalofrío. Lyra dio un paso hacia ella.
—¿Cuánto tiempo llevas observándonos?
Artemisa sonrió apenas.
—Suficiente.
—Eso no tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
Thalia lanzó una mirada rápida a Lyra. Aquello iba a terminar mal.
—Queremos irnos —dijo.
Artemisa negó.
—Todavía no.
Lyra dejó de sonreír.
—Entonces estamos secuestradas.
—Estáis bajo mi protección.
—Sin nuestro consentimiento.
—Sí.
La naturalidad con que lo admitió hizo que Thalia abriera mucho los ojos. Lyra apretó los dientes.
—Te odio.
Artemisa no se ofendió. Por el contrario, aquella pequeña sonrisa volvió a aparecer.
—Todavía no me conoces.
—Sé suficiente.
—Entonces será interesante descubrir si opinas lo mismo dentro de cien años.
Las dos hermanas quedaron inmóviles. Thalia fue la primera en reaccionar.
—¿Qué acabas de decir?
Artemisa empezó a caminar.
—Venid conmigo.
Lyra no se movió.
—No.
La diosa se detuvo y volvió la cabeza.