El Último Poder Del Olimpo

La dueña del bosque

El bosque de Artemisa parecía respirar..Lyra llegó a esa conclusión apenas atravesó las enormes puertas del castillo y descendió los escalones de piedra que conducían a los jardines. No encontraba otra explicación para aquella sensación. Los árboles se mecían incluso cuando no soplaba el viento, las ramas se apartaban ligeramente del camino antes de que Artemisa llegara hasta ellas y los animales salvajes observaban a la diosa sin miedo.

Los ciervos continuaban pastando cuando ella pasaba; los zorros se acercaban hasta pocos metros de sus piernas y los lobos, ocultos entre los helechos, inclinaban la cabeza al reconocerla. Era hermoso. También era inquietante.

—Este lugar está vivo —murmuró Thalia.

Lyra caminaba a su lado, vestida de verde oscuro. Sus largos cabellos rojos caían sueltos sobre la espalda y contrastaban con el paisaje. Thalia, idéntica a ella, llevaba marrón oscuro. Bajo sus ropas continuaban las marcas que Artemisa les había impuesto: aquellos extraños cinturones mágicos con forma de shorts, verde para Lyra y marrón para Thalia, imposibles de retirar y vinculados directamente con el poder de la diosa.

—Todos los bosques están vivos —respondió Artemisa sin volverse.

—Sabes perfectamente a qué se refiere —replicó Lyra.

Artemisa continuó caminando..Era rubia, de largos cabellos dorados y ojos del mismo color. La luz de la mañana parecía perseguirla entre los árboles, arrancando reflejos cálidos de su cabello. Había algo extraordinariamente sereno en ella aquella mañana, como si hubiera abandonado parte de su severidad dentro del castillo.

Lyra descubrió que aquello la irritaba. O quizá la irritaba comprobar que Artemisa era todavía más hermosa bajo la luz natural. Decidió que era lo primero.

—Puedo escucharos aunque susurréis —advirtió la diosa.

—Eso también es inquietante —respondió Lyra.

Thalia disimuló una sonrisa. Artemisa se detuvo y se volvió hacia ellas.

—Tendréis que acostumbraros.

—No.

Los ojos dorados se clavaron en Lyra.

—Otra vez esa palabra.

—Me gusta.

—Lo he notado.

Durante unos instantes permanecieron mirándose. Thalia pasó los ojos de una a otra y tuvo que contener otra sonrisa. Había algo extraño en aquellas discusiones. Artemisa parecía molestarse con cualquiera que cuestionara sus decisiones, pero cuando Lyra lo hacía surgía en su expresión algo diferente, una especie de desafío silencioso que parecía divertirla tanto como irritarla. Lyra fue quien rompió el contacto visual.

—¿Adónde vamos?

—Voy a enseñaros mis tierras.

—Tus tierras —repitió Thalia.

Artemisa asintió.

—Y vuestro nuevo hogar.

Lyra se detuvo inmediatamente.

—No es nuestro hogar.

Artemisa también se detuvo. Durante unos segundos contempló a la pelirroja antes de responder:

—Todavía.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Decidir cómo vamos a sentirnos dentro de un mes, un año o cien años. Puedes decidir que no podemos salir. Puedes colocarnos esas cosas. —Lyra señaló con evidente disgusto la marca verde oculta bajo su ropa— Incluso puedes habernos convertido en inmortales sin preguntarnos. Pero no puedes decidir que este lugar será nuestro hogar.

La expresión de Artemisa cambió apenas.

—Tienes razón.

Lyra parpadeó. Aquello no estaba previsto.

—¿Qué?

—He dicho que tienes razón.

Thalia levantó las cejas.

—Esto sí que es interesante.

Artemisa la ignoró y mantuvo los ojos sobre Lyra.

—Puedo manteneros dentro de mis dominios mientras considere que vuestra seguridad depende de ello. Puedo entrenaros. Puedo establecer determinadas reglas. Pero no puedo obligaros a considerar este lugar vuestro hogar.

Lyra tardó unos segundos en responder.

—Bien.

—Bien.

—Pero sigo queriendo marcharme.

—Lo sé.

Artemisa reanudó la marcha. Lyra permaneció quieta unos instantes. Aquella mujer era imposible. Cada vez que conseguía reunir razones suficientes para odiarla, Artemisa hacía algo que complicaba las cosas. Thalia pasó junto a ella.

—¿Vienes?

Lyra suspiró y la siguió.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de «quizá Artemisa no sea tan terrible».

—No estaba pensando eso.

—Mentirosa.

Thalia rio y aceleró el paso.

El lago de la luna

El bosque se abrió varios minutos después y dejó aparecer un enorme lago. Las dos hermanas se detuvieron. La superficie era tan tranquila que parecía un espejo extendido entre los árboles. El agua poseía un extraño tono azul plateado y era tan transparente cerca de la orilla que podían distinguirse piedras blancas, peces diminutos y plantas acuáticas moviéndose lentamente en el fondo. Thalia quedó fascinada. Artemisa lo vio.

—Acércate.

Esta vez Thalia obedeció sin discutir. Lyra levantó las cejas.

—Eso fue rápido.

—Cállate.

Thalia se arrodilló junto al agua y extendió una mano. Antes de que sus dedos tocaran la superficie, pequeñas ondas comenzaron a formarse. La joven frunció el ceño.

—No estoy haciendo nada.

—Sí lo estás haciendo —respondió Artemisa.

Thalia acercó más la mano. Una pequeña cantidad de agua se elevó. No era todavía una columna definida. Apenas un hilo transparente que ascendió unos centímetros y tocó la punta de sus dedos. Thalia sonrió.

—Me reconoce.

—No exactamente.

—¿Entonces?

Artemisa se arrodilló junto a ella.

—Te responde.

—¿Cuál es la diferencia?

—Reconocer implicaría una conciencia semejante a la humana.

Thalia observó el agua.

—Has dicho «semejante a la humana». Eso significa que posee alguna clase de conciencia.

Artemisa sonrió.

—Empiezas a formular las preguntas correctas.

Lyra cruzó los brazos.

—No la halagues. Después se vuelve insoportable.

—¿Después? —preguntó Thalia.

Lyra fingió no escucharla. Artemisa se incorporó y señaló el lago.




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