Eso sorprendió a Lyra mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Esperaba despertar y descubrir que la conversación de la noche anterior había sido convenientemente olvidada por la diosa. Después de todo, Artemisa llevaba siglos acostumbrada a gobernar aquellas tierras sin que nadie cuestionara seriamente sus decisiones. Sus elegidas podían bromear con ella, discutir pequeños asuntos e incluso desobedecer alguna orden menor, pero ninguna parecía desafiar los principios sobre los que la diosa había construido su pequeño reino.
Lyra sí. Y, para desconcierto de ambas, Artemisa empezaba a escucharla. Cuando las gemelas llegaron al comedor aquella mañana, encontraron a la diosa sentada a la cabecera de una enorme mesa de madera. Había frutas, pan recién horneado, miel, quesos, leche, té y pequeños pasteles. Varias elegidas desayunaban alrededor mientras conversaban animadamente. Lyra se detuvo en la puerta.
—¿Tenemos que sentarnos en algún lugar determinado?
Artemisa levantó la mirada del libro que estaba leyendo.
—Donde quieras.
—¿Seguro?
—Lyra.
—Solo compruebo las reglas.
Algunas elegidas rieron. Artemisa cerró lentamente el libro.
—Ayer prometí que discutiríamos algunas de ellas.
—Lo recuerdo.
—Yo también.
—Perfecto.
Thalia tomó a su hermana del brazo antes de que consiguiera transformar el desayuno en una asamblea política.
—Primero comemos.
—Tengo prioridades.
—Yo también. Y una de ellas es el pan.
Thalia eligió un lugar cerca de Artemisa..Lyra se sentó frente a la diosa. No porque quisiera estar cerca. Naturalmente. Simplemente había una silla libre. Eso se dijo. Artemisa volvió a abrir el libro.
Lyra tomó una manzana. La diosa pasó una página. Lyra mordió la fruta. Artemisa continuó leyendo. Lyra la observó. Thalia también. Después de casi un minuto, Artemisa bajó el libro.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas mirándome desde que te sentaste.
—Quería comprobar cuánto tardabas en preguntar.
Thalia cerró los ojos.
—Por todos los dioses...
Artemisa levantó una ceja.
—Te aconsejo tener cuidado con esa expresión aquí.
Varias mujeres comenzaron a reír. Incluso Lyra sonrió.
—Bien. Hablemos de las reglas.
Artemisa dejó definitivamente el libro.
—Después del desayuno.
—¿Por qué?
—Porque estás comiendo.
—Puedo hacer ambas cosas.
—No lo dudo.
—Entonces...
—Después.
Lyra abrió la boca. Thalia le puso un trozo de pan delante.
—Come.
Lyra la fulminó con la mirada.
—Estás empezando a disfrutar demasiado esto.
—Muchísimo.
La conversación tuvo lugar una hora más tarde. Artemisa las llevó hasta una terraza situada en la parte posterior del castillo. Desde allí podía verse una enorme extensión del bosque. A lo lejos, las montañas parecían formar una muralla natural alrededor de sus dominios.
La diosa permaneció de pie frente a ellas. Lyra y Thalia se sentaron en un banco de piedra.
—Bien —comenzó Artemisa—. Hablad.
Lyra parpadeó.
—¿Así de fácil?
—Ayer querías hacerlo.
—Sí, pero esperaba un discurso de tres horas sobre tu autoridad divina.
—Puedo hacerlo si quieres.
—No.
Thalia sonrió.
—Progreso.
Lyra apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Queremos saber exactamente qué podemos y qué no podemos hacer.
Artemisa asintió.
—Podéis moveros libremente por el castillo, los jardines, los campos de entrenamiento y la mayor parte del bosque. No podéis entrar en las regiones antiguas sin compañía. No podéis abandonar mis tierras hasta que vuestro entrenamiento haya alcanzado un nivel suficiente para protegeros.
—Eso último sigue sin gustarme —dijo Lyra.
—Lo sé.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
Lyra la observó.
—¿Semanas?
—No.
—¿Meses?
—Probablemente no.
—¿Años?
Artemisa guardó silencio. Thalia soltó aire.
—Años.
—Sois inmortales —respondió la diosa—. Debéis empezar a pensar el tiempo de otra manera.
Lyra se levantó.
—No. Tú llevas siglos viviendo así. Nosotras llevamos dos días.
Aquello hizo que Artemisa se callara. Lyra continuó:
—Para ti cinco años pueden ser nada. Para nosotras son cinco años. No puedes convertirnos en inmortales y esperar que nuestra cabeza cambie inmediatamente.
Artemisa la contempló. Otra vez tenía razón. Comenzaba a resultarle irritante.
—Entonces estableceremos objetivos —dijo finalmente.
Lyra frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—No esperaréis indefinidamente. Cada etapa de vuestro entrenamiento tendrá condiciones concretas. Cuando las cumpláis, obtendréis mayor libertad.
Thalia intervino:
—¿Incluyendo salir de tus tierras?
—Sí.
Lyra la miró con desconfianza.
—¿Lo prometes?
Artemisa sostuvo sus ojos.
—Sí.
—¿Y las marcas?
La expresión de la diosa cambió.
—Permanecerán.
Lyra bajó la mirada hacia su ropa.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que termine vuestra formación.
—¿Y entonces?
—Serán reemplazadas.
Thalia se interesó.
—¿Por qué?
—Por algo menos restrictivo.
Lyra levantó inmediatamente la cabeza.
—Entonces reconoces que son restrictivas.
—Nunca dije que no lo fueran.
—¿Y qué las reemplazará?
Artemisa sonrió.
—Eso todavía no.
Lyra cerró los ojos.
—Disfrutas haciendo esto.
—Un poco.
Thalia soltó una carcajada.
—Por fin lo admite.
Aquella misma mañana comenzó el verdadero entrenamiento. Artemisa decidió que las gemelas debían aprender juntas. No porque sus poderes fueran iguales. Precisamente porque eran opuestos. Fuego y agua. Impulso y adaptación. Violencia y fluidez.
Lyra tenía una relación instintiva con su elemento. El fuego parecía surgir directamente de sus emociones. Cuando se enfadaba, aparecía sin necesidad de convocarlo. Cuando estaba entusiasmada, pequeñas chispas verdes recorrían sus dedos. Cuando sentía miedo, el calor aumentaba alrededor de su cuerpo.