El Último Poder Del Olimpo

La jaula bajo la luna

La luna llena transformaba el bosque de Artemisa.

Durante el día, sus dominios parecían un reino construido entre árboles antiguos, senderos de piedra y claros donde las elegidas entrenaban, cultivaban o descansaban. Por la noche, en cambio, todo adquiría otra naturaleza. Las hojas reflejaban destellos plateados, los cursos de agua parecían iluminarse desde el fondo y determinadas flores que permanecían cerradas bajo el sol abrían pétalos blancos que desprendían una luz tenue.

Lyra observaba aquel espectáculo desde el balcón de la habitación que compartía con Thalia. Debería haberle parecido hermoso. Lo era. Y precisamente por eso estaba enfadada. Una jaula podía construirse con barrotes. También con oro. O con bosques capaces de doblar sus caminos, habitaciones cálidas, comida abundante, arte, entrenamiento y una eternidad sin enfermedad.

Seguía siendo una jaula mientras otra persona tuviera la llave. Thalia estaba sentada frente al espejo, recogiendo sus largos cabellos rojos en una trenza.

—Vas a terminar haciendo un agujero en el bosque con la mirada.

Lyra no se volvió.

—Estoy pensando.

—Eso suele acabar con algo ardiendo.

—Muy graciosa.

—Gracias.

Lyra apoyó los brazos sobre la barandilla. La luna estaba demasiado grande aquella noche. Demasiado cercana. Habían pasado varios días desde el entrenamiento conjunto y sus poderes mejoraban con una rapidez que incluso Artemisa parecía considerar extraordinaria. Lyra conseguía mantener una llama durante horas sin permitir que aumentara. Thalia podía dividir el agua en decenas de corrientes independientes y manipularlas simultáneamente.

Deberían haber estado orgullosas. Lo estaban. Pero la libertad continuaba teniendo límites. Y las marcas continuaban en sus cuerpos. Lyra bajó la mirada. Bajo la ropa verde oscuro seguía existiendo aquella pieza mágica que Artemisa había colocado sobre ella sin pedir permiso. La había odiado desde el primer día, no tanto por su presencia física como por lo que representaba. Decisión ajena. Propiedad. Control. Thalia se levantó.

—¿Otra vez estás pensando en la marca?

Lyra giró.

—¿Cómo sabes?

—Porque haces exactamente la misma cara cada vez.

—¿Cuál?

—La de querer declarar una guerra contra una diosa.

Lyra soltó una risa breve.

—Estoy considerando posibilidades.

—No tenemos ejército.

—Tenemos fuego y agua.

—Ella tiene un bosque entero.

—Detalles.

Thalia se acercó al balcón.

—Mañana podemos preguntarle otra vez.

—Ya sabemos qué dirá.

Thalia imitó la voz solemne de Artemisa.

—«Cuando estéis preparadas».

Lyra la miró. Después ambas comenzaron a reír.

—La haces demasiado bien.

—Convivo con ella.

—Hace menos de una semana.

—Me ha dejado una impresión intensa.

Lyra volvió a mirar la luna.

—A mí también.

Thalia sonrió lentamente.

—Lo sé.

Lyra giró de inmediato.

—No empieces.

—No dije nada.

—Tu cara.

—Mi cara sigue siendo inocente.

—Tu cara jamás fue inocente.

Thalia rio y regresó al interior. Lyra permaneció en el balcón. No quería pensar en aquello. En Artemisa. En cómo su fuego parecía reaccionar ante la presencia de la diosa. En cómo había empezado a esperar sus entrenamientos. En el orgullo absurdo que sentía cuando Artemisa le decía que lo había hecho bien. Mucho menos quería recordar aquella confesión junto a la fuente.

Porque no quiero que te vayas.

Artemisa había intentado corregirse después. No había podido.nLyra había escuchado perfectamente aquel singular.

No vosotras.

Tú.

Aquello seguía vivo dentro de ella. Y no sabía si le gustaba o si debía aterrarla. Probablemente ambas cosas. La respuesta llegó aquella misma noche. No en palabras. En luz. Lyra estaba a punto de entrar en la habitación cuando la marca verde comenzó a emitir un resplandor tenue bajo su ropa. Se detuvo.

—Thalia.

Su hermana volvió la cabeza. La marca marrón también brillaba.

—¿Qué está pasando?

Lyra tocó la tela.

—No sé.

El resplandor se intensificó. Verde en una. Marrón dorado en la otra. Después sintieron algo. No dolor. Una corriente de energía. Como si la luna hubiera extendido una mano invisible hacia ellas. Thalia se llevó una palma al pecho.

—¿Lo sientes?

—Sí.

El agua de la jarra situada sobre una mesa comenzó a elevarse. Lyra miró su propia mano. Una llama apareció. No verde esta vez. Blanca. Bordeada de plata. Las hermanas intercambiaron una mirada. La puerta se abrió. Artemisa entró. Lyra frunció el ceño.

—No golpeaste.

La diosa pareció darse cuenta.

—No había tiempo.

Aquello consiguió que Lyra abandonara momentáneamente la discusión.

—¿Qué está ocurriendo?

Artemisa observó las marcas.

—La luna.

Thalia levantó una ceja.

—Eso lo vemos.

—La luna llena amplifica vuestra conexión elemental.

Lyra miró la llama blanca.

—¿Y la marca?

Artemisa tardó un segundo de más. Lyra lo vio.

—¿Qué hiciste?

—Nada esta noche.

—No he preguntado eso.

Artemisa permaneció callada. Thalia dejó descender lentamente el agua.

—Las marcas están relacionadas con la luna, ¿verdad?

La diosa asintió. Lyra sintió que el enojo empezaba a despertar.

—¿Cómo?

—Ayudan a regular la energía que recibís durante determinadas fases.

—Regular.

Lyra apagó la llama.

—¿Eso significa aumentar o reducir nuestro poder?

—Ambas cosas.

—¿Y puedes hacerlo tú?

Silencio. La respuesta era evidente. Lyra dio un paso hacia ella.

—¿Puedes decidir cuánto poder tengo?

—Temporalmente.

—No pregunté durante cuánto tiempo.

Artemisa sostuvo su mirada.

—Sí.

El aire alrededor de Lyra se calentó. Thalia lo sintió.

—Lyra...

—No.

La pelirroja no apartó los ojos de Artemisa.




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