Se había levantado para buscar agua cuando sintió que las piedras bajo sus pies estaban tibias. Al principio creyó que alguna antorcha había quedado encendida. Después vio cómo una copa de plata abandonada sobre una mesa comenzaba a empañarse. Se detuvo.
—No.
Levantó la mirada. Al fondo del corredor, detrás de una puerta cerrada, una luz verde se filtraba por las rendijas. Dafne abrió mucho los ojos.
—Lyra.
Corrió. Dentro de la habitación, Thalia estaba despierta. Sentada en su cama. Mirando a su hermana con miedo. Lyra permanecía de pie junto al balcón. No decía nada. No parecía escucharla. Sus largos cabellos rojos flotaban a su alrededor como si una corriente invisible los levantara. Tenía las manos abiertas y pequeñas llamas verdes corrían por sus dedos. Pero lo peor no era aquello. Lo peor era que el fuego ya no estaba solamente sobre ella. Las cortinas ardían. La madera del balcón estaba ennegrecida.
Las paredes comenzaban a cubrirse de líneas luminosas como si el calor estuviera atravesando la piedra desde adentro.
—Lyra.
Nada. Thalia se levantó.
—Lyra, mírame.
Su hermana respiraba demasiado rápido.
—No puedo.
La voz apenas salió.
—¿Qué?
—No puedo apagarlo.
Thalia se quedó inmóvil. La llama se extendió por el suelo. No quemaba a Lyra. La rodeaba. La reconocía. Pero ya no la obedecía.
—Voy a buscar a Artemisa.
—No.
Thalia giró.
—¿Qué?
Lyra levantó los ojos. Verdes. Brillantes. Asustados.
—No la llames.
—Lyra...
—¡No!
La llama explotó. Thalia retrocedió. Una pared de fuego apareció entre ambas.
—¡Lyra!
—¡No quiero que me vea así!
Thalia sintió miedo. No del fuego. De lo que acababa de escuchar.
—Ella te puede ayudar.
—¡No necesito que me controle otra vez!
—No dije eso.
—¡Eso hará!
Las llamas crecieron. Thalia levantó ambas manos. El agua de la jarra salió disparada. Demasiado poca. Se evaporó antes de tocar el fuego. Thalia miró hacia el baño. Toda el agua de la tina comenzó a elevarse. Esta vez formó una esfera mucho mayor. La lanzó. El fuego reaccionó. No se apagó. Se extendió. Thalia abrió mucho los ojos.
—Eso no debería pasar.
Lyra dio un paso atrás.
—Está alimentándose.
—¿De qué?
—De mí.
Dafne abrió la puerta justo cuando una explosión de calor atravesó el dormitorio. Retrocedió.
—¡Artemisa!
No tuvo que gritar dos veces. La diosa apareció. Literalmente. Una fracción de segundo antes no estaba. Después sí. Cabellos rubios. Ojos dorados. Túnica blanca. Descalza. Sin arco. Sin armadura. Sin tiempo para prepararse. Miró el fuego. Después a Thalia. Después a Lyra. La expresión cambió.
—Todos fuera.
Dafne asintió inmediatamente. Thalia no.
—No pienso dejarla.
—Thalia.
—No.
Artemisa la miró.
—Está perdiendo el control.
—Precisamente.
—Si permanece alguien cerca, intentará contener el fuego por miedo a lastimarlo y eso aumentará la presión.
Thalia comprendió. No le gustó.
—¿Y tú?
—Yo me quedo.
Thalia miró las llamas. Después a su hermana.
—Lyra.
La pelirroja levantó los ojos.
—Sal —murmuró.
Thalia tragó saliva.
—Te espero afuera.
Lyra asintió. Thalia corrió. Artemisa cerró la puerta. El fuego la rodeó inmediatamente. Durante unos segundos ninguna habló. Lyra permanecía junto al balcón. Artemisa cerca de la entrada. Entre ambas había un océano de llamas verdes.
—No te acerques —dijo Lyra.
Artemisa caminó hacia ella.
—He dicho que no.
—Lo sé.
—¡Te quemará!
—Probablemente.
Lyra parpadeó.
—¿Qué?
Artemisa continuó. Las llamas tocaron sus pies. La túnica comenzó a ennegrecerse.
—Detente.
La diosa no lo hizo.
—¡ARTEMISA!
—Mírame.
—¡NO!
—Lyra.
—¡Vete!
Artemisa dio otro paso. Las llamas rodearon sus piernas. El calor era suficiente para derretir metal. La piel de la diosa comenzó a enrojecerse. Lyra lo vio. El miedo se volvió terror.
—¡VAS A QUEMARTE!
—Entonces apágalo.
—¡NO PUEDO!
—Sí puedes.
—¡NO!
Artemisa avanzó.
—No quiero que controles la marca —dijo Lyra—. No quiero que hagas nada.
—No voy a hacerlo.
La joven quedó inmóvil.
—¿Qué?
Artemisa levantó ambas manos. Vacías.
—No estoy usando la marca.
Lyra sintió algo. Era verdad. No había presión. No había magia ajena. No había limitación. El fuego era completamente suyo. Eso hizo que sintiera todavía más miedo.
—Entonces no puedes detenerlo.
—No.
Silencio.
—¿Y aun así vienes hacia mí?
—Sí.
—Estás loca.
Artemisa sonrió.
—Lo has dicho varias veces.
Lyra sintió lágrimas.
—No es gracioso.
La sonrisa desapareció.
—No.
Artemisa siguió caminando. El fuego subió hasta su cintura. La tela se quemó en algunos puntos. La diosa apretó la mandíbula. Dolía. Muchísimo. Pero no retrocedió.
—Mírame.
Esta vez Lyra obedeció. No porque fuera una orden. Porque necesitaba hacerlo.
—No mires el fuego —dijo Artemisa—. Mírame a mí.
Lyra respiró.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Va a destruir el castillo.
—Entonces reconstruiremos el castillo.
—Puede lastimarlas.
—Thalia y las demás ya están fuera.
—Puede incendiar el bosque.
—Entonces protegeré el bosque.
—Puede matarte.
Artemisa se detuvo. Muy cerca.
—Entonces no me mates.
La frase quebró algo. Lyra soltó una risa ahogada entre lágrimas.
—Eso no ayuda.
—Era lo mejor que tenía.