Artemisa tenía una forma particular de quedarse completamente quieta cuando alguien la desafiaba. Sus ojos dorados perdían cualquier rastro de humor, sus hombros se enderezaban apenas y alrededor de ella parecía instalarse una especie de silencio sobrenatural. No necesitaba elevar la voz para recordar quién era. Diosa de la caza. Señora del bosque. Una de las inmortales más antiguas que todavía caminaban sobre la Tierra. Aquella mañana, Thalia la miraba directamente a los ojos y, aun así, volvió a decirlo.
—No.
La palabra atravesó el claro. Dafne dejó de tensar su arco. Tres cazadoras que entrenaban a pocos metros se miraron unas a otras. Lyra, sentada sobre una roca mientras recuperaba el aliento después de su propio entrenamiento, levantó lentamente la cabeza. Artemisa permaneció inmóvil.
—¿Qué has dicho?
Thalia respiró profundamente. Sabía perfectamente que la había escuchado.
—He dicho que no voy a hacerlo.
El lago estaba detrás de ella. Aquella mañana parecía mucho menos hermoso que de costumbre. Las aguas normalmente tranquilas habían sido modificadas por Artemisa para crear un enorme remolino en el centro. El ejercicio consistía, según la diosa, en que Thalia entrara sola, permitiera que la corriente la arrastrara y después utilizara su propio poder para dominar el movimiento del agua desde dentro.
Sobre el papel, probablemente parecía brillante. En la realidad parecía una excelente manera de ser golpeada contra las rocas. Lyra se puso de pie.
—¿Qué ocurre?
Artemisa no apartó la mirada de Thalia.
—Tu hermana considera que puede decidir cuándo realizar un entrenamiento.
Thalia levantó una ceja.
—Mi hermana considera que puede decidir sobre su propio cuerpo.
Lyra sonrió inmediatamente.
—Ah. Entonces estoy con ella.
Artemisa giró la cabeza.
—No te he preguntado.
—Lo sé. Estoy desarrollando iniciativa.
Dafne tuvo que girarse para ocultar una sonrisa. Artemisa volvió hacia Thalia.
—No vas a morir.
—Eso no significa que no pueda lastimarme.
—Sanarías.
—Tampoco significa que deba hacerlo.
La diosa respiró profundamente.
—El objetivo es que aprendas a controlar agua en movimiento cuando tú misma estás dentro del elemento.
—Lo entiendo.
—Entonces entra.
—No.
Otra vez. Lyra cruzó los brazos.
—Esta conversación me está gustando demasiado.
Thalia le lanzó una mirada.
—No ayudes.
—Estoy ayudando moralmente.
—Silencio.
Lyra hizo un gesto de cerrar la boca. No duraría. Artemisa caminó hacia Thalia.
—¿Por qué te niegas?
Aquello sorprendió a la joven. Esperaba una orden. No una pregunta.
—Porque el ejercicio está mal diseñado.
Ahora sí varias cazadoras dejaron de fingir que no escuchaban. La expresión de Artemisa cambió.
—¿Mal diseñado?
—Sí.
—Explícate.
Thalia señaló el lago.
—Creaste un remolino demasiado fuerte.
—Precisamente.
—Ese no es el problema.
Se acercó a la orilla.
—Las corrientes externas giran en una dirección. Pero debajo...
Cerró los ojos. Extendió una mano. El agua respondió inmediatamente. Una pequeña columna se elevó y giró alrededor de su muñeca. Thalia mantuvo los ojos cerrados.
—Debajo hay otra corriente.
Artemisa frunció ligeramente el ceño.
—No.
Thalia abrió los ojos.
—Sí.
—Conozco este lago.
—Yo puedo sentirlo.
Silencio. Aquella frase hizo que Artemisa mirara nuevamente el agua. Thalia continuó:
—Hay una corriente subterránea entrando desde el norte. No es fuerte normalmente, pero tu remolino la está arrastrando hacia arriba.
Artemisa observó. Lyra se acercó.
—¿Eso es malo?
Thalia asintió.
—Si entro, no tendría que controlar una corriente. Tendría que controlar dos fuerzas opuestas mientras intento evitar que me arrastren hacia el fondo.
Lyra miró a Artemisa.
—Eso sí suena bastante malo.
—Puedo detener el ejercicio si ocurre algo —respondió la diosa.
Thalia negó.
—Ese no es el punto.
Artemisa volvió hacia ella.
—¿Entonces cuál es?
—Que quiero aprender.
Señaló nuevamente el lago.
—No demostrar que puedo sobrevivir a cualquier cosa que se te ocurra.
La frase quedó suspendida. Lyra dejó de bromear..Dafne bajó lentamente el arco. Thalia dio un paso hacia Artemisa.
—Si quieres enseñarme a controlar corrientes mientras estoy dentro del agua, hazlo. Pero esto no me está enseñando eso. Me está obligando a enfrentar dos variables nuevas al mismo tiempo solo porque sabes que puedes rescatarme si fracaso.
Los ojos dorados se estrecharon.
—Estás cuestionando mi método.
—Sí.
—Llevo milenios entrenando cazadoras.
—Y yo llevo toda mi vida sintiendo cosas en el agua que tú no sientes.
Artemisa quedó completamente inmóvil. Lyra murmuró:
—Eso dolió.
Thalia cerró los ojos.
—Lyra.
—Perdón.
Artemisa miró hacia el lago. Por primera vez desde el comienzo de la discusión, pareció dudar. Extendió una mano. El remolino disminuyó. Después desapareció. La superficie quedó tranquila. Thalia observó sorprendida. Artemisa entró en el agua hasta las rodillas. Cerró los ojos. Durante varios segundos no ocurrió nada. Después frunció el ceño.
—Está ahí.
Thalia no pudo evitar sonreír.
—Sí.
Artemisa abrió los ojos. Miró hacia el norte. La corriente subterránea era débil, pero existía. Había estado tan concentrada en la estructura mágica del ejercicio que no había considerado que el poder de Thalia podía percibir dinámicas del agua con mucha mayor precisión que ella. La diosa salió lentamente. Lyra sonrió.