No al elegir a Lyra y Thalia. De eso seguía estando completamente segura. Su error había sido creer que podía relacionarse con ambas de la misma manera. Las gemelas eran idénticas en apariencia. Mismos largos cabellos rojos, mismos ojos verdes, mismo rostro joven detenido para siempre en los dieciocho años. Pero cuanto más tiempo pasaba con ellas, más evidente se hacía que sus naturalezas eran profundamente distintas.
Thalia era agua incluso cuando no utilizaba su poder. Observaba antes de actuar. Escuchaba. Hacía preguntas. Podía enfadarse, por supuesto, pero incluso su enojo buscaba dirección. Lyra era fuego. Impulso. Calor. Contradicción. Una sonrisa podía hacerla olvidar una discusión durante treinta segundos y una palabra equivocada podía provocar que las antorchas de un corredor se encendieran solas.
Artemisa comenzaba a quererlas de maneras igualmente distintas. Y aquella diferencia estaba empezando a cambiarlo todo. Thalia se convirtió, casi sin proponérselo, en la persona con quien Artemisa caminaba. No entrenaba. No cazaba. No discutía necesariamente sobre magia. Simplemente caminaba. El primer paseo había sido casual. El segundo ya no. Para el quinto, ninguna de las dos fingió que se habían encontrado por accidente.
Aquella tarde atravesaban una zona particularmente tranquila del bosque. Thalia llevaba pantalones marrón oscuro, botas y una blusa sencilla. Su collar todavía no existía; bajo la ropa seguía llevando la marca que Artemisa le había impuesto, aunque la diosa había modificado ya parte de sus funciones. El aire olía a tierra húmeda.
—¿Siempre vienes aquí? —preguntó Thalia.
—Cuando necesito pensar.
—Entonces vienes mucho.
Artemisa la miró.
—¿Eso era una crítica?
—Una observación.
—Hablas demasiado como Atenea.
—Tú hablas demasiado de Atenea para alguien que insiste en que no se llevan tan bien.
Artemisa soltó una pequeña risa.
—Nos conocemos desde antes de que muchas ciudades humanas existieran.
—Entonces es tu amiga.
—Es complicado.
—Eso significa sí.
—No.
Thalia sonrió.
—También significa sí.
Artemisa negó con la cabeza. Había descubierto que discutir con Thalia no se parecía en nada a discutir con Lyra. Con Thalia era agradable. Con Lyra. No. No debía pensar en Lyra. Naturalmente pensó en ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thalia.
Artemisa volvió la mirada.
—Nada.
—Mientes.
—No.
—Estabas pensando en mi hermana.
La diosa se detuvo. Thalia también.
—¿Por qué supones eso?
—Porque pusiste esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar intentando convencerte de que no estás pensando en ella.
Artemisa la miró durante varios segundos.
—Empiezo a entender por qué Lyra te arroja almohadas.
Thalia rio.
—No respondiste.
—No pienso hacerlo.
—Eso también es una respuesta.
Artemisa continuó caminando. Thalia la siguió.
—¿Te gusta?
La diosa se detuvo otra vez. Esta vez más lentamente.
—Thalia.
—Pregunta sencilla.
—No lo es.
—Eso significa que sí.
Artemisa giró.
—¿Podrías dejar de interpretar mis respuestas?
—Podrías responder más claramente.
—No tengo que explicarte...
Se detuvo. Thalia levantó una ceja. Artemisa cerró los ojos.
—No empieces.
—No dije nada.
—Tu cara.
Thalia soltó una carcajada.
—Ahora tú haces eso.
—Vivo demasiado cerca de vosotras.
Un poco más adelante encontraron un arroyo. Thalia se acercó inmediatamente. El agua reaccionó antes de que ella hiciera ningún movimiento consciente. Pequeñas ondas aparecieron alrededor de sus botas. Artemisa la observó.
—Tu control está mejorando.
—Lo sé.
—Presumida.
—Aprendo de ti.
La diosa sonrió. Thalia se sentó sobre una roca.
—¿Puedo preguntarte algo serio?
Artemisa se apoyó contra un árbol.
—Depende.
—¿Qué va a pasar cuando terminemos el entrenamiento?
—Ya lo hablamos.
—No completamente.
Thalia levantó la mirada.
—¿Nos dejarás marcharnos?
Artemisa tardó.
—Sí.
—Aunque Lyra quiera irse.
Silencio. Ahí estaba la verdadera pregunta. Artemisa miró hacia el agua.
—Sí.
Thalia la estudió.
—Te costó.
—Sí.
—Mucho.
—Thalia.
—Solo digo.
La diosa suspiró.
—No quiero que se vaya.
—Lo sé.
—Y eso me irrita.
Thalia sonrió.
—También lo sé.
—No debería importarme tanto.
—Ahí te equivocas.
Artemisa levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Que te importe no es el problema.
Thalia tocó la superficie del arroyo con los dedos.
—El problema sería que intentaras encerrarla porque te importa.
Artemisa guardó silencio.
—Puedes querer que se quede.
—Lo sé.
—Puedes incluso tener miedo de perderla.
Artemisa no respondió.
—Pero si quieres que te ame algún día, no puedes convertir ese miedo en una jaula.
La diosa se quedó completamente quieta. Thalia sonrió apenas.
—Y ahora vas a decir que estoy adelantándome.
—Muchísimo.
—¿Me equivoco?
Artemisa miró hacia el bosque. No. Ese era precisamente el problema. No se equivocaba. Mientras tanto, Lyra estaba entrenando sola. O al menos eso pretendía. Había elegido una zona del bosque donde el suelo era de piedra oscura y los árboles crecían a distancia suficiente como para no preocuparse por provocar otro incendio. Tenía una llama flotando frente a ella. Después dos. Cuatro. Seis. Intentaba mantenerlas del mismo tamaño. No lo conseguía. Una crecía. Otra disminuía. La tercera explotaba.
—Maldita sea.
Volvió a empezar. Seis llamas. Respiró. Concentración. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. La sexta tembló.
—No.
La llama se apagó. Lyra cerró los ojos.