Fue evidente. No por un privilegio concreto ni porque la diosa tratara mal a las demás elegidas. Artemisa seguía siendo exigente con todas, seguía revisando los entrenamientos, recorriendo los campos, supervisando los límites del bosque y apareciendo en los lugares más inesperados con esa silenciosa capacidad de hacer sentir a cualquiera que estaba siendo observado incluso cuando ella no decía nada. Pero con Lyra era diferente.
La buscaba. La encontraba. Se quedaba. Si Lyra entrenaba con fuego, Artemisa terminaba apareciendo cerca. Si pintaba junto al lago, la diosa encontraba alguna excusa para pasar por allí. Si cabalgaba, Artemisa casualmente necesitaba recorrer la misma parte del bosque. Si Lyra se sentaba a leer en uno de los salones del castillo, no tardaba demasiado en aparecer una figura rubia con un libro que, misteriosamente, elegía el sillón más cercano.
Lyra lo había notado. Thalia también. Dafne, Melia, Elara y prácticamente todas las elegidas lo habían notado. La única persona que parecía fingir no comprenderlo era Artemisa. Aquella mañana, Lyra estaba entrenando sola en uno de los claros más alejados. Siete llamas flotaban alrededor de ella. Verdes. Perfectas. Cada una del tamaño de una manzana. La joven respiró y levantó lentamente las manos. Las llamas ascendieron. Una. Dos. Tres. Formaron un círculo. Después otro. Lyra giró las muñecas. Las siete llamas comenzaron a desplazarse en direcciones opuestas sin chocar entre sí.
—Mejor.
La voz llegó detrás de ella. Lyra cerró los ojos. No se sobresaltó. Ya se había acostumbrado. Eso era preocupante.
—Pensé que estaba sola.
Artemisa se acercó.
—Lo estabas.
—Hasta que llegaste.
—Exactamente.
Lyra abrió los ojos. Las llamas continuaron moviéndose.
—¿No tienes un bosque que gobernar?
—Sí.
—¿Cazadoras?
—También.
—¿Una comunidad entera de inmortales?
—Sí.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Artemisa sonrió.
—Quería comprobar tu progreso.
Lyra levantó una ceja.
—Ayer comprobaste mi progreso.
—Puede haber cambiado.
—En doce horas.
—Podría.
Lyra sonrió lentamente.
—Mentirosa.
La diosa cruzó los brazos.
—Concéntrate.
—Estoy concentrada.
—Una llama está inestable.
Lyra miró. La cuarta temblaba ligeramente.
—Eso es porque apareciste.
Silencio. Artemisa sostuvo su mirada. Lyra se dio cuenta de lo que había dicho.
—Quiero decir que distraes.
La llama creció.
—Mucho —añadió.
Artemisa dio un paso hacia ella.
—¿Yo te distraigo?
Lyra intentó mantener la expresión tranquila.
—Eres ruidosa.
—No he hecho ruido.
—Exactamente. Eso es peor.
La diosa sonrió..La cuarta llama se apagó. Lyra soltó aire.
—¿Ves?
—Interesante.
—No uses esa palabra.
Artemisa rio. Lyra intentó recuperar el ejercicio. No pudo. Terminó apagando todas las llamas.
—Ya está.
—¿Te rindes?
—Estoy protegiendo el bosque de tu presencia.
—Qué generosa.
—Muchísimo.
Artemisa se acercó a una roca y se sentó. Lyra la miró.
—¿Ahora qué?
—Nada.
—¿Nada?
—Quiero quedarme.
La joven se quedó inmóvil.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Mientras entreno?
—Sí.
Lyra cruzó los brazos.
—Eso parece sospechoso.
—Todo te parece sospechoso.
—Me secuestró una diosa. Desarrollé buenos instintos.
Artemisa hizo una mueca.
—¿Vas a recordar eso siempre?
—Probablemente.
—Somos inmortales.
—Entonces durante muchísimo tiempo.
La diosa terminó sonriendo. Lyra volvió al entrenamiento. Esta vez con Artemisa observando. Eso complicaba todo. No porque la diosa hablara. Precisamente porque no lo hacía. Estaba sentada sobre una roca, con una pierna cruzada sobre la otra, mirándola. Solamente eso. Lyra sentía aquella mirada como una presencia física. Volvió a invocar siete llamas. Cinco aparecieron perfectas. Dos demasiado grandes.
—No digas nada.
Artemisa no dijo nada.
—Esa cara cuenta.
La diosa levantó las manos. Lyra reorganizó las llamas.
—¿Por qué me miras tanto?
—Estoy evaluando.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando evalúas miras mis manos.
Artemisa parpadeó. Lyra sonrió.
—Ahora estás mirando mi cara.
Silencio. La diosa desvió la vista deliberadamente hacia las llamas. Lyra comenzó a reír.
—Te atrapé.
—No.
—Sí.
—Concéntrate.
—Cobarde.
Una llama explotó. Artemisa levantó una mano y detuvo las chispas antes de que alcanzaran el árbol más cercano. Lyra suspiró.
—Tu culpa.
—Naturalmente.
Thalia las encontró una hora más tarde. No necesitó preguntar nada. Artemisa seguía sentada allí. Lyra seguía entrenando. Y ambas parecían demasiado conscientes de la presencia de la otra. Thalia se acercó.
—¿Interrumpo?
Lyra giró.
—No.
Artemisa respondió al mismo tiempo:
—Sí.
Silencio. Thalia levantó lentamente las cejas..Lyra miró a la diosa.
—¿Perdón?
Artemisa comprendió demasiado tarde.
—Quise decir que estábamos trabajando.
Thalia sonrió.
—Naturalmente.
Lyra cruzó los brazos.
—No estábamos haciendo nada que no puedas ver.
—No insinué eso.
—Tu cara.
Thalia comenzó a reír. Artemisa cerró los ojos.
—Esto se ha vuelto insoportable.
—Familia —respondió Thalia.
La diosa volvió hacia ella.
—No utilices esa palabra para justificarlo todo.
—Funciona con Lyra.
—Demasiado.
Lyra apagó las llamas.
—¿Qué querías?
—Dafne organiza entrenamiento de arquería esta tarde.
—Bien.
Thalia miró a Artemisa.
—También invitó a Lyra.
La expresión de la diosa no cambió. Casi. Thalia lo vio.