El Último Poder Del Olimpo

El beso de la luna

La luna estaba llena cuando Lyra decidió que odiaba a Artemisa. No era una conclusión nueva.

La había odiado el primer día, cuando despertó en un castillo que no conocía, con una marca que no había elegido y una diosa arrogante decidiendo por ella. La había odiado cuando descubrió que el bosque podía devolverla una y otra vez al mismo punto. La había odiado cuando Artemisa había utilizado palabras como protección, tutela y formación para justificar decisiones que seguían perteneciendo a Lyra. Pero aquella noche la odiaba por algo completamente distinto.

Porque le importaba demasiado. Y eso era peor. Habían cenado juntas junto al lago la noche anterior. Artemisa había intentado contener sus celos, había preguntado en lugar de ordenar, había esperado en vez de acercarse sin permiso. Lyra había visto el esfuerzo. Lo había valorado. Incluso la había abrazado. Después había pasado casi todo el día siguiente esperando encontrarla. Y Artemisa no había aparecido. Ni en el desayuno. Ni durante el entrenamiento. Ni en la biblioteca. Ni en los establos.

Nada. Era absurdo. Lyra sabía que la diosa tenía responsabilidades. Un bosque entero. Cazadoras. Fronteras. Criaturas. Siglos de asuntos que no desaparecerían simplemente porque ella hubiese desarrollado sentimientos inconvenientes. Aun así, cuando llegó la noche y seguía sin verla, Lyra estaba furiosa. Thalia la encontró en la habitación, caminando de un lado a otro.

—Vas a desgastar el suelo.

—No.

—Llevas veinte minutos haciendo exactamente el mismo recorrido.

Lyra se detuvo.

—Estoy pensando.

—Estás enfadada.

—También.

Thalia estaba sentada junto al escritorio, leyendo.

—¿Con quién?

Lyra la miró. Thalia levantó una ceja.

—Era una pregunta retórica.

Lyra soltó aire y volvió a caminar.

—No entiendo por qué me molesta.

—Sí lo entiendes.

—No.

—La extrañas.

Lyra se detuvo otra vez.

—No.

Thalia volvió al libro.

—Bien.

—No la extraño.

—Perfecto.

—Solo...

Thalia pasó una página.

—¿Sí?

Lyra apretó la mandíbula.

—No apareció en todo el día.

—Tiene trabajo.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—¡No sé!

La lámpara más cercana se encendió sola. Thalia miró la llama. Después a su hermana. Lyra cerró los ojos.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Tu cara.

—Mi cara está leyendo.

Lyra se dejó caer sobre la cama.

—La odio.

—No.

—Sí.

—No.

Lyra levantó la cabeza.

—¿Ahora vas a decirme lo que siento?

Thalia sonrió.

—No. Solo te recuerdo que cuando la odias de verdad intentas escapar. Cuando dices que la odias últimamente, esperas que aparezca.

Lyra la fulminó con la mirada.

—Eres insoportable.

—También.

Silencio. Después Thalia añadió:

—Está en el lago del norte.

Lyra se incorporó de golpe.

—¿Qué?

—Dafne dijo que fue allí después del mediodía.

Lyra se levantó. Thalia sonrió.

—No la extrañas.

—Cállate.

—Naturalmente.

Lyra tomó una capa verde.

—Solo voy a caminar.

—Claro.

—Y casualmente quizá pase por el lago.

—Muy casual.

Lyra abrió la puerta. Thalia levantó la vista.

—Lyra.

La joven se volvió. Thalia ya no sonreía.

—No olvides lo que quieres.

Lyra entendió. No solo a Artemisa. También libertad. Respeto. Elección.

—No.

Cerró la puerta. El bosque estaba casi completamente plateado. La luna se filtraba entre las ramas y convertía los senderos en cintas de luz. Lyra avanzó más rápido de lo que quería admitir. No sabía exactamente qué esperaba. Quizá encontrar a Artemisa trabajando. Quizá discutiendo con alguna cazadora. Quizá simplemente sola. No quería reconocer que una parte de ella esperaba que la diosa también la hubiese extrañado. Aquello era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado intenso. Y, sobre todo, demasiado peligroso. La marca verde bajo su ropa parecía más presente aquella noche.

No porque se hubiera activado. No porque Artemisa la estuviera controlando. Simplemente porque Lyra la recordaba. Ese era el problema. Podía enamorarse de Artemisa. Quizá ya estaba ocurriendo. Pero no podía olvidar quién era la otra. Una diosa. Una mujer acostumbrada a poseer territorios, lealtades, vidas. Lyra no quería despertarse un día y descubrir que el amor se había convertido en una nueva justificación para encerrarla.

El bosque se abrió. El lago apareció. Y Artemisa estaba allí. Sola. De espaldas. Sentada sobre una roca cerca del agua. No llevaba armadura. Ni arco. Solo una túnica blanca y plateada. Sus cabellos rubios caían sueltos. Por un momento Lyra se quedó mirándola. Demasiado hermosa. Irritantemente hermosa. Como si la luna estuviera conspirando con ella.

—Eso es trampa —murmuró.

Artemisa giró.

—¿Qué?

Lyra se acercó.

—Nada.

La diosa sonrió.

—Me encontraste.

—No te estaba buscando.

Artemisa levantó una ceja.

—Naturalmente.

Lyra se detuvo a unos pasos.

—Dafne dijo que estabas aquí.

—Entonces sí me buscabas.

—Solo quería...

Se quedó callada. Artemisa esperó. Lyra puso los ojos en blanco.

—Bien. Sí.

La sonrisa de la diosa creció.

—No disfrutes demasiado.

—Lo intento.

—Mentirosa.

—Un poco.

Lyra se sentó en otra roca. No demasiado cerca. Artemisa lo notó. No hizo nada. Eso también era nuevo. Durante unos minutos escucharon el agua. No era incómodo. Lo habría sido semanas atrás. Ahora el silencio entre ambas podía existir sin convertirse en una batalla. Lyra fue la primera en romperlo.

—¿Por qué no apareciste hoy?

Artemisa la miró.

—¿Querías que apareciera?

—No respondas una pregunta con otra.

—Eso haces tú.

—Yo puedo.

—Ah.

Lyra suspiró.

—Sí.

Artemisa dejó de bromear.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.