Artemisa intentaba comportarse de manera diferente. Preguntaba antes de aparecer durante los entrenamientos privados. No interrogaba a Lyra cada vez que regresaba de cabalgar. Hacía un esfuerzo visible por no mirar con hostilidad a cualquier elegida que se acercara demasiado a ella y, cuando los celos aparecían, procuraba reconocerlos en vez de disfrazarlos como preocupaciones de seguridad. A veces incluso funcionaba. Otras no. El problema era que Artemisa llevaba milenios siendo una diosa.
Y apenas unas semanas intentando aprender a amar como alguien que no poseía aquello que amaba. Una tarde, Lyra regresó al castillo después de entrenar con Elara y encontró a Artemisa esperándola en el salón principal. La diosa estaba sentada junto a una de las enormes ventanas, leyendo un pergamino. Al menos fingía leerlo. Lyra lo comprendió inmediatamente por la manera en que los ojos dorados se levantaron en cuanto la puerta se abrió.
—Hola —saludó Lyra.
—Llegas tarde.
La pelirroja se detuvo. No por las palabras. Por el tono. Hacía días que no escuchaba aquel tono. El de la Artemisa del principio. Frío. Seguro. Demasiado acostumbrado a ser obedecido. Lyra miró hacia una ventana. El sol todavía no había desaparecido.
—No sabía que tenía horario.
—No lo tienes.
—Entonces no llegué tarde.
Artemisa dejó el pergamino.
—Dijiste que regresarías por la tarde.
—Sigue siendo la tarde.
—Está anocheciendo.
Lyra suspiró.
—Artemisa.
—¿Qué?
—No hagas esto.
La diosa frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
—Convertir una conversación normal en un interrogatorio.
—No te estoy interrogando.
—Acabas de decirme que llego tarde cuando no tengo horario.
Silencio. Lyra cruzó los brazos.
—¿Qué ocurrió?
Artemisa desvió ligeramente la mirada. Mala señal.
—Nada.
—Mientes.
—No.
—¿Elara?
La diosa volvió hacia ella. Eso fue suficiente. Lyra cerró los ojos.
—Otra vez.
—No dije nada de Elara.
—No hacía falta.
Artemisa se puso de pie.
—Estuviste con ella todo el día.
—Entrenando.
—Lo sé.
—Entonces ¿cuál es el problema?
La diosa permaneció callada. Lyra esperó. Artemisa finalmente respondió:
—Ninguno.
—Perfecto.
Lyra empezó a caminar.
—Lyra.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Quiero que mañana entrenes conmigo.
La joven se volvió.
—Mañana ya había quedado con Dafne.
Algo cambió inmediatamente en Artemisa.
—Cancélalo.
Silencio. Lyra la miró durante varios segundos.
—¿Perdón?
La diosa también pareció escucharse demasiado tarde. Pero no retrocedió.
—Necesito continuar con tu entrenamiento de fuego.
—Podemos hacerlo otro día.
—Mañana.
—No.
Una palabra. Sencilla. Directa. Pero Artemisa se quedó inmóvil. Lyra sintió inmediatamente que algo peligroso acababa de despertarse.
—Lyra.
—Ya quedé con Dafne.
—Puedes entrenar con ella después.
—No quiero.
La mandíbula de Artemisa se tensó.
—Soy quien dirige tu formación.
—Y yo soy quien decide con quién quiere pasar el día.
La temperatura del salón cambió. No por el fuego de Lyra. Por Artemisa. La diosa no hizo nada visible, pero el aire pareció volverse más pesado.
—No me gusta que me hables así.
Lyra abrió mucho los ojos.
—¿Así cómo?
—Desafiándome por todo.
Una risa incrédula escapó de la joven.
—¿Ahora volvimos al principio?
—No.
—Parece.
Artemisa dio un paso hacia ella.
—Solo te estoy pidiendo un día.
—No. Me ordenaste cancelar algo porque quieres que esté contigo.
—Necesito entrenarte.
—Mentirosa.
La palabra cayó con fuerza. Los ojos dorados se endurecieron. Lyra continuó:
—No se trata del entrenamiento.
Artemisa no respondió.
—Quieres que esté contigo porque hoy estuve con Elara.
—No.
—Y mañana voy a estar con Dafne.
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
Silencio. La diosa no pudo. Lyra soltó aire.
—Exactamente.
Y siguió caminando. Artemisa la dejó ir. Durante seis minutos. Después apareció en el jardín donde Lyra estaba intentando tranquilizarse. La pelirroja levantó la cabeza.
—No.
Artemisa se detuvo.
—Tenemos que hablar.
—No ahora.
—Lyra.
—He dicho que no.
La diosa cerró los ojos..Aquella palabra. Otra vez. Una parte de ella sabía que debía respetarla.
Otra, mucho más antigua, detestaba que Lyra pudiera cerrar una conversación simplemente porque lo decidía.
—No quiero que terminemos el día así.
Lyra la miró.
—Yo tampoco.
—Entonces hablemos.
—Quiero tranquilizarme primero.
—Podemos hacerlo hablando.
—Artemisa.
—Lyra.
La joven se puso de pie.
—No estás escuchando.
—Sí lo hago.
—No.
La llama apareció sobre la palma de Lyra. Pequeña. Controlada.
—Estás esperando que diga lo que quieres escuchar.
Artemisa abrió la boca. La cerró.
—Y eso no es escuchar.
El fuego desapareció. Lyra caminó hacia los árboles. Esta vez la diosa no la siguió. Pero tuvo que apretar los puños para conseguirlo. Thalia encontró a Artemisa exactamente donde Lyra la había dejado. La diosa permanecía de pie junto a una fuente, mirando el bosque con una expresión que la joven había aprendido a reconocer.
—¿Qué hiciste?
Artemisa giró.
—¿Por qué asumes que hice algo?
—Porque mi hermana pasó junto a mí con cara de querer incendiar una montaña.
Silencio. Thalia suspiró.
—Artemisa.
La diosa se sentó junto a la fuente. Eso ya era respuesta suficiente. Thalia se acomodó a su lado.