No porque fuera incapaz de querer a alguien. Aquello era evidente que no era cierto. La diosa quería a sus elegidas, protegía a sus cazadoras, mantenía vínculos que habían sobrevivido siglos y podía hablar de algunas de aquellas mujeres con un cariño que rara vez conseguía ocultar por completo. El problema era otro. Artemisa sabía ser protectora. Sabía ser maestra. Sabía ser autoridad. Sabía ser guardiana. Incluso estaba empezando, con un esfuerzo que divertía a medio castillo, a aprender cómo comportarse como amante de Lyra sin transformar cada inseguridad en una ley nueva.
Pero ser amiga implicaba algo diferente. No había jerarquía que pudiera utilizar. No había entrenamiento que dirigir. No existía ninguna razón para que Thalia obedeciera más allá de aquellas normas imprescindibles que regían la convivencia en sus tierras.. Y eso dejaba a Artemisa en un territorio sorprendentemente desconocido. Thalia descubrió hasta qué punto una tarde en la que decidió ir a buscarla simplemente porque estaba aburrida.
Encontró a la diosa en una pequeña biblioteca situada en el ala norte del castillo. Era uno de aquellos lugares que Artemisa parecía reservar para sí misma: habitaciones tranquilas, con ventanas orientadas al bosque, libros antiguos y pocos adornos. La diosa estaba sentada junto a una mesa, leyendo un manuscrito enrollado parcialmente sobre sus piernas. Thalia se apoyó contra el marco de la puerta.
—¿Estás ocupada?
Artemisa levantó la vista.
—Sí.
—Bien.
Thalia entró. La diosa frunció el ceño.
—Acabo de decir que estoy ocupada.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué entras?
Thalia tomó una silla y la colocó frente a ella.
—Porque yo no estoy ocupada.
Silencio. Artemisa la miró como si aquello fuera una lógica particularmente ofensiva.
—No creo que funcione así.
—Ahora sí.
La joven se sentó y tomó una manzana de un pequeño recipiente. Artemisa volvió al manuscrito.
—¿Necesitas algo?
—No.
—¿Tienes alguna pregunta?
—No.
—¿Quieres entrenar?
—No.
Artemisa bajó lentamente el pergamino.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Thalia mordió la manzana.
—Quería estar contigo.
La respuesta consiguió algo extraordinario. Artemisa no supo qué decir. Thalia sonrió.
—Otra cosa que no sabes manejar.
—Sé manejar perfectamente una conversación.
—Cuando tiene un objetivo.
La diosa entrecerró los ojos.
—Toda conversación tiene un objetivo.
—No.
—Sí.
—A veces simplemente hablas con alguien porque te gusta su compañía.
Artemisa guardó silencio. Thalia tomó otro bocado.
—Eso hacen los amigos.
—Tengo amigos.
—Nómbralos.
La diosa abrió la boca. Se detuvo. Thalia esperó.
—Atenea.
—Eso suena más a una alianza milenaria cargada de discusiones filosóficas.
Artemisa frunció el ceño.
—Sigue siendo amistad.
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste a verla solo porque querías sentarte y hablar?
Silencio. Thalia sonrió.
—Exactamente.
Artemisa dejó el manuscrito.
—¿Has venido a analizarme?
—No. Eso apareció gratis.
—Generosa.
—Muchísimo.
Artemisa intentó recuperar la lectura. Thalia permaneció allí. Cinco minutos. Diez. Finalmente la diosa volvió a levantar los ojos.
—¿De verdad piensas quedarte?
—Sí.
—¿Sin hacer nada?
—Estoy comiendo.
—Eso no cuenta.
—Entonces habla conmigo.
Artemisa suspiró.
—¿Sobre qué?
Thalia abrió los brazos.
—Sobre cualquier cosa.
—Eso es demasiado impreciso.
La joven empezó a reír.
—Eres terrible en esto.
—No lo soy.
—Artemisa, estás intentando estructurar una conversación casual.
La diosa pareció ofendida.
—La estructura es útil.
—No con amigos.
—Entonces la amistad parece ineficiente.
Thalia rio todavía más. Y, contra toda lógica, Artemisa terminó sonriendo. La conversación comenzó con una discusión sobre los libros. Terminó dos horas después hablando de Apolo. Thalia no supo exactamente cómo habían llegado hasta allí. Tal vez porque preguntó por una pequeña escultura dorada situada sobre una estantería. Representaba a dos niños idénticos, uno sosteniendo un arco y otro una pequeña lira.
—¿Ustedes? —preguntó.
Artemisa siguió su mirada.
—Sí.
—¿Cuántos años tenían?
La diosa pensó.
—Humanos, quizás unos nueve.
—¿Y ya discutían?
—Constantemente.
Thalia sonrió.
—Quiero conocerlo.
Artemisa hizo una mueca.
—Eso lo dices porque todavía no lo conoces.
—¿Es peor que tú?
—Muchísimo.
—Eso parece difícil.
—Tiene talento.
Thalia rio. Artemisa tomó la pequeña escultura.
—Una vez intentó convencer a Zeus de que el Sol debía permanecer visible durante tres días porque estaba componiendo una pieza y necesitaba inspiración.
Thalia abrió mucho los ojos.
—¿Qué respondió Zeus?
—Le arrojó un rayo.
—¿A Apolo?
—Sí.
—¿Y tú?
Una sonrisa lentamente peligrosa apareció en el rostro de Artemisa.
—Le disparé una flecha a Zeus.
Thalia se quedó mirándola. Después comenzó a reír.
—Por supuesto que sí.
—Apolo es mi gemelo.
La frase salió de manera simple. Pero había algo detrás. Lealtad. Una lealtad absoluta. Thalia lo reconoció inmediatamente.
—Lo quieres mucho.
Artemisa observó la escultura.
—Más de lo que él merece.
—Eso es una respuesta muy de hermana.
—También diría lo mismo de mí.
—Entonces seguramente te quiere demasiado.
La diosa sonrió. Durante unos instantes no pareció aquella figura casi mitológica que gobernaba el bosque. Solo una hermana hablando de su hermano. Thalia disfrutó de aquella versión. Desde que se había reconciliado con Lyra después de aquella discusión sobre los celos, Artemisa estaba haciendo esfuerzos visibles. No siempre exitosos. Pero visibles. Thalia lo notaba especialmente durante los entrenamientos.