El Último Poder Del Olimpo

Las cazadoras

La primera vez que Artemisa anunció que las gemelas entrenarían oficialmente con sus cazadoras, Lyra creyó que se trataba de otra forma de vigilancia.

No lo dijo de inmediato. Había aprendido que, si esperaba unos segundos antes de acusar a la diosa de algo, ocasionalmente descubría que estaba equivocada. Ocasionalmente. No con demasiada frecuencia. Aquella mañana, las dos hermanas estaban desayunando cuando Artemisa entró al comedor acompañada por Dafne y Melia. Vestía pantalones blancos, botas oscuras y una chaqueta corta de color verde profundo. Su arco descansaba sobre la espalda. Lyra dejó de masticar. Thalia también. Artemisa lo notó.

—¿Qué?

Lyra señaló hacia ella.

—Estás vestida para cazar.

—Observación brillante.

—Y Dafne también.

—Es cazadora.

—Melia también.

La joven de cabellos castaños levantó una mano.

—Llevo vestida así desde hace dos horas.

Lyra entrecerró los ojos.

—Entonces hay algo preparado.

Artemisa suspiró.

—¿Todo debe ser una conspiración?

—Desde que desperté secuestrada en tu castillo, mis estándares para sospechar son bastante bajos.

Melia disimuló una risa. Dafne ni siquiera lo intentó. Artemisa las miró a ambas.

—No ayudáis.

Thalia dejó la taza.

—¿Qué ocurre?

La diosa caminó hasta la mesa.

—Hoy comienza vuestra integración formal entre las cazadoras.

Las gemelas quedaron quietas. Lyra fue la primera en reaccionar.

—¿Integración?

—Sí.

—¿Formal?

—Sí.

—¿Eso significa que hasta ahora éramos informalmente secuestradas?

Thalia comenzó a reír. Artemisa cerró los ojos.

—Significa que hasta ahora vuestro entrenamiento estuvo centrado casi exclusivamente en vuestros poderes elementales.

Señaló hacia Dafne.

—A partir de hoy aprenderéis el resto.

—¿El resto qué? —preguntó Thalia.

—Rastreo. Arquería. Supervivencia. Combate cuerpo a cuerpo. Lectura del territorio. Caza.

Lyra levantó las cejas.

—¿Caza de animales?

—Solo cuando es necesario.

Artemisa tomó una manzana del recipiente situado en el centro de la mesa.

—La mayoría de las veces perseguimos criaturas que entran en territorios donde no deberían estar.

Thalia sonrió.

—Eso me gusta.

—A mí también —dijo Lyra.

La diosa mordió la manzana.

—Bien.

Lyra la miró.

—¿Tú entrenarás con nosotras?

Artemisa tardó apenas un segundo.

—No siempre.

La respuesta fue extraña. Lyra sintió una pequeña decepción. La odió inmediatamente.

—Ah.

Artemisa lo escuchó. Naturalmente.

—¿Algún problema?

—No.

—Tu cara dice otra cosa.

Lyra señaló hacia Thalia.

—Eso es frase nuestra.

—La he incorporado.

—Devuélvela.

Thalia sonrió.

—Demasiado tarde.

Artemisa dejó la fruta.

—Quiero que aprendáis con las demás.

Lyra se puso un poco más seria.

—¿Por qué?

La diosa sostuvo su mirada.

—Porque no quiero ser la única persona de quien dependáis.

Silencio. Thalia bajó lentamente la taza. Dafne y Melia intercambiaron una mirada. Lyra no supo qué responder. Aquella frase habría sido imposible en la Artemisa que habían conocido al despertar. La diosa continuó como si no hubiera dicho nada extraordinario.

—Además, cada cazadora domina habilidades distintas. Dafne es mejor rastreadora que yo en determinados terrenos.

Dafne levantó una ceja.

—Eso debería quedar registrado.

Artemisa la fulminó con la mirada.

—En determinados terrenos.

—Sigue contando.

—No abuses.

Melia sonrió.

—Yo soy mejor con plantas y venenos.

Thalia se interesó inmediatamente.

—¿Venenos?

—También antídotos.

—Eso esperaba.

Lyra miró a Artemisa.

—¿Y tú qué enseñarás?

La diosa levantó ligeramente el mentón.

—Todo lo demás.

Lyra soltó una carcajada.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La modestia olímpica.

El campo principal de las cazadoras ocupaba varios claros comunicados entre sí por senderos estrechos. Había decenas de mujeres entrenando cuando las gemelas llegaron. Algunas practicaban con arcos. Otras escalaban estructuras construidas entre los árboles. Un grupo corría con pesos sujetos a la espalda. Dos mujeres peleaban con bastones. Thalia observó todo fascinada. Lyra también. La diferencia fue que Thalia sonrió abiertamente. Lyra intentó fingir que nada la impresionaba. No funcionó. Dafne le entregó un arco.

—Hoy empezaremos con esto.

Lyra lo sostuvo.

—Ya he practicado.

—Con Elara.

La joven levantó una ceja.

—Sí.

Dafne sonrió.

—Entonces probablemente tendré que corregir muchas cosas.

Desde unos metros más allá, Elara gritó:

—¡PUEDO OÍRTE!

Dafne respondió:

—¡ERA LA IDEA!

Lyra comenzó a reír. Artemisa estaba cerca. Observó la escena. Sintió aquella pequeña incomodidad que ya conocía. No porque Lyra estuviera con Elara. Había progresado. Un poco. Sino porque la muchacha parecía feliz sin necesidad de que ella estuviera involucrada. Ese pensamiento habría provocado miedo semanas atrás. Aquella mañana intentó verlo de otra manera. Lyra estaba construyendo una vida. Eso era bueno. Tenía que serlo. Thalia se acercó a Artemisa.

—Estás pensando demasiado.

La diosa la miró.

—No.

—Sí.

—¿Ahora puedes leer mentes?

—La tuya empieza a ser bastante predecible.

Artemisa hizo una mueca. Thalia sonrió.

—Está bien.

La diosa volvió hacia Lyra.

—Lo sé.

—¿De verdad?

Artemisa respiró.

—Estoy aprendiendo a saberlo.

Thalia le dio una pequeña palmada en el hombro.

—Ascenso mantenido.

—Algún día lamentaré haberte concedido confianza.

—No puedes retirarla por reglamento.

—¿Qué reglamento?

—El de nuestra amistad.

—No existe.

—Lo estoy redactando.




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