Después el bosque gritó. No con una voz humana. Con todas sus criaturas al mismo tiempo. Las aves levantaron vuelo en una desordenada. Los ciervos corrieron hacia las regiones internas. Los lobos comenzaron a aullar desde distintos puntos del territorio y las hojas de los árboles se agitaron pese a que no soplaba viento. Artemisa despertó antes de que Dafne llegara a su puerta. Cuando la cazadora entró, la diosa ya estaba colocando el arco sobre su espalda.
—Algo atravesó la frontera oriental.
—Lo sé.
Dafne respiraba con dificultad.
—No debería haber podido hacerlo.
Artemisa salió al corredor.
—Por eso me preocupa.
Lyra y Thalia aparecieron al fondo casi al mismo tiempo. Las dos vestían ropas de entrenamiento, Lyra de verde oscuro y Thalia de marrón. Sus largos cabellos rojos estaban recogidos y las expresiones soñolientas habían desaparecido en cuanto escucharon los primeros aullidos.
—¿Qué pasa? —preguntó Lyra.
Artemisa ni siquiera disminuyó el paso.
—Quedaos en el castillo.
Lyra se detuvo. Thalia también. Artemisa siguió avanzando.
—No.
La diosa cerró los ojos. No podía ser. Ni siquiera había amanecido completamente y ya estaban discutiendo. Giró.
—No es un entrenamiento.
—Precisamente —respondió Lyra.
—No sabéis qué entró.
—Tú tampoco.
—Lyra.
—Artemisa.
Thalia observó la expresión de la diosa. Aquello era diferente. No parecía simplemente autoritaria. Parecía preocupada.
—¿Es peligroso? —preguntó.
—Sí.
—¿Para ti también?
Artemisa tardó demasiado. Lyra dio un paso.
—Vamos contigo.
—No.
—Estás volviendo a hacerlo.
La diosa apretó los labios.
—No estoy intentando controlaros.
—Entonces danos una razón.
Artemisa miró hacia una ventana. Una bandada de pájaros cruzó el cielo.
—Porque algo consiguió atravesar una defensa que ni siquiera algunos dioses pueden romper.
Silencio. Eso bastó. Lyra dejó de discutir durante dos segundos. Después dijo:
—Entonces tienes todavía más razones para no ir sola.
Artemisa sintió algo desagradable. Orgullo. Miedo. Amor. Todo junto.
—Quedaos con las cazadoras de defensa interna.
Lyra abrió la boca. Thalia la tomó del brazo.
—Aceptamos.
Lyra giró.
—¿Qué?
Thalia la miró.
—Defensa interna.
—Eso es quedarnos atrás.
—Es proteger a todas las demás.
La frase cambió algo. Lyra miró hacia Artemisa. La diosa asintió.
—Si la criatura llega al castillo, vosotras seréis la última barrera.
Lyra apretó la mandíbula. No le gustaba. Pero aquello sí tenía sentido.
—Bien.
Artemisa se volvió. Dio tres pasos.
—Artemisa.
La voz de Lyra la hizo detenerse.
—Vuelve.
La diosa levantó ligeramente la cabeza. Lyra ya parecía arrepentida de haberlo dicho en voz alta.
—Pienso hacerlo.
Y desapareció entre los corredores. La criatura estaba esperando. Eso fue lo primero que Artemisa comprendió cuando llegó al límite oriental. No intentaba avanzar. No todavía. Permanecía en medio de un claro formado por árboles destrozados, observando el bosque como si estuviera estudiándolo. Parecía construida de piedra negra. No era piedra. La superficie de su cuerpo se movía. Latía. Era mucho más alta que un ser humano, casi tres metros, con extremidades largas y una cabeza estrecha donde no había rostro. Solo una grieta vertical de luz roja. Dafne y otras seis cazadoras llegaron detrás.
—¿Qué es?
Artemisa levantó una mano.
—No os acerquéis.
La criatura giró la cabeza. La grieta roja se abrió. Un sonido atravesó el claro. No era un rugido. Parecía metal desgarrándose. Las cazadoras retrocedieron. Artemisa no. Una flecha apareció entre sus dedos. Plata. Luz. La lanzó. La flecha atravesó el aire. Impactó en el pecho de la criatura. Y desapareció. No se rompió. No rebotó. Fue absorbida. Artemisa abrió mucho los ojos.
—Atrás.
La criatura levantó un brazo. Una onda negra salió disparada. La diosa cruzó ambas manos. Una barrera plateada apareció frente a ellas. El impacto hizo temblar la tierra. Las cazadoras cayeron. Artemisa mantuvo la barrera. Durante varios segundos. Después aparecieron grietas.
—¡CORRED!
Dafne obedeció. Las demás también. Artemisa soltó la barrera y saltó hacia un lado. La explosión abrió una zanja de varios metros. La criatura avanzó. La diosa volvió a disparar. Una flecha. Cinco. Diez. La mayoría desapareció dentro del cuerpo negro. Una consiguió clavarse en el hombro. La criatura se detuvo. Artemisa sonrió.
—Bien.
El brazo del monstruo cayó. Después volvió a crecer. La sonrisa desapareció.
—Eso es inconveniente.
En el castillo, Lyra caminaba de un lado a otro. Thalia estaba junto al lago interior, concentrada en el agua.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué?
—Caminar.
—Estoy quieta por dentro.
Thalia levantó una ceja.
—No parece.
Lyra se detuvo.
—Hace demasiado que se fue.
—Veintisiete minutos.
—Eso es demasiado.
—Para una diosa inmortal.
—Sí.
Thalia volvió al agua. Intentaba sentir el bosque a través de los cursos subterráneos. Había descubierto durante los últimos entrenamientos que podía percibir alteraciones importantes en territorios donde el agua estuviera conectada. No veía. Sentía. Vibraciones. Movimiento. Cambios. De pronto abrió los ojos.
—Lyra.
La joven giró.
—¿Qué?
—Algo está mal.
El fuego apareció automáticamente sobre las manos de Lyra.
—¿Artemisa?
—No sé.