El Último Poder Del Olimpo

El miedo de Artemisa

El miedo de Artemisa no se parecía al miedo humano. No la hacía temblar. No le robaba el sueño. No convertía su respiración en jadeos. El miedo de una diosa era más peligroso porque podía confundirse con autoridad. Con previsión. Con protección. Con estrategia. Podía disfrazarse de prudencia hasta el punto de que incluso Artemisa dejara de reconocerlo.

Eso fue exactamente lo que ocurrió después del ataque. Durante tres días, el castillo cambió. No de manera visible al principio. Las cazadoras continuaron con sus rutinas, los campos siguieron abiertos, los animales recorrían los jardines interiores y las elegidas todavía podían entrar y salir de las zonas seguras del bosque. Pero las fronteras mágicas fueron reforzadas. Después aparecieron nuevas barreras. Luego nuevas patrullas. Después llegaron las restricciones. Dafne fue la primera en advertirlo.

—Antes podíamos patrullar en parejas.

Artemisa no levantó la mirada del mapa extendido sobre la mesa.

—Ahora irán cuatro.

—¿Por qué?

—Porque una criatura atravesó defensas capaces de detener a seres divinos.

Dafne asintió. Eso era razonable.

—¿Y las gemelas?

Artemisa marcó varios puntos del mapa.

—No saldrán del sector interior sin mi autorización.

Dafne quedó callada. Ahí estaba.

—Artemisa.

La diosa levantó lentamente los ojos.

—¿Qué?

—Ellas no van a aceptar eso.

—No necesitan aceptarlo.

Silencio. Dafne sintió que algo viejo acababa de regresar al castillo. No la Artemisa que estaba aprendiendo a preguntar. La otra. La que había construido barreras antes de aprender que una puerta abierta podía crear una lealtad más fuerte que cualquier prisión.

—¿Se lo dirás tú?

—Naturalmente.

Dafne cerró los ojos.

—Buena suerte.

—No necesito suerte.

—La vas a necesitar.

Lyra se enteró durante el desayuno. Fue una mala elección de momento. Artemisa apareció cuando ella y Thalia estaban sentadas con Melia y Elara. Lyra estaba riéndose de una historia absurda sobre Dafne persiguiendo durante dos horas una criatura que finalmente había resultado ser un perro humano perdido cerca de una de las fronteras. Artemisa se detuvo junto a la mesa.

—Necesito hablar con vosotras.

Thalia la miró.

—Eso nunca anuncia nada divertido.

Lyra tomó una fruta.

—¿Entrenamiento?

—No.

La joven dejó la fruta.

—Entonces definitivamente malo.

Artemisa ignoró el comentario.

—Desde hoy las patrullas exteriores quedan suspendidas para ambas.

Silencio. Melia dejó de beber. Elara miró a Lyra. Thalia fue la primera en hablar.

—¿Suspendidas cuánto tiempo?

—Hasta nuevo aviso.

Lyra no se movió. Eso preocupó más que una explosión inmediata.

—¿Por qué?

—Después del ataque no tenemos certeza de que las fronteras puedan impedir otra intrusión.

—Eso nos afecta a todos —respondió Thalia.

—Sí.

—Entonces ¿por qué solamente nosotras perdemos las patrullas?

Artemisa sostuvo su mirada.

—Porque vosotras sois objetivos potencialmente prioritarios.

Lyra apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—¿Por qué?

La diosa dudó. Otro error.

—Artemisa.

—Porque vuestro poder ya no puede ocultarse completamente.

Elara frunció el ceño.

—¿Otros dioses pueden sentirlo?

Artemisa la miró.

—Algunos.

Lyra se levantó.

—Entonces necesitamos entrenar más fuera del castillo, no menos.

—No.

La palabra salió demasiado rápido. Demasiado absoluta. Lyra se quedó inmóvil.

—Ahí está.

Artemisa frunció el ceño.

—¿Qué?

—La de antes.

Thalia cerró los ojos. Melia tomó discretamente su plato.

—Creo que terminamos.

Elara asintió.

—Definitivamente.

Ambas se levantaron. Lyra ni siquiera las vio marcharse.

—¿Qué significa «no»?

—Exactamente lo que significa.

—No me hables como si fuera una niña.

—Entonces no conviertas una medida de seguridad en una discusión personal.

La llama apareció. Pequeña. Pero inmediata.

—Es personal cuando la medida solo se aplica a nosotras.

—Porque vosotras sois diferentes.

Thalia intervino:

—Eso ya lo sabemos.

Artemisa la miró.

—Entonces deberías comprenderlo.

Thalia negó.

—Comprender el peligro no significa aceptar cualquier respuesta que inventes para combatirlo.

La mandíbula de la diosa se tensó.

—No estoy inventando nada.

Lyra soltó una risa seca.

—Claro.

Artemisa volvió hacia ella.

—No voy a permitir que salgáis hacia zonas donde no puedo protegeros.

La llama creció.

—Ahí está otra vez.

—Lyra.

—«No voy a permitir».

La pelirroja dio un paso.

—Pensé que habíamos avanzado.

—Lo hemos hecho.

—No parece.

—Una criatura capaz de absorber mi poder entró en mis tierras.

—Y nosotras la destruimos.

Silencio. Aquello golpeó exactamente donde no debía. Artemisa sintió el recuerdo. Lyra cayendo. Thalia levantando agua. La energía explotando. La posibilidad real de perderlas a ambas. El miedo regresó con toda su fuerza.

—Precisamente —dijo.

Lyra frunció el ceño.

—¿Precisamente qué?

—Demostrasteis algo que otros podrían querer.

Thalia quedó seria. Artemisa continuó:

—Vuestro poder ya no es únicamente elemental. Juntas podéis alterar fuerzas que ni siquiera vosotras comprendéis.

—Entonces enséñanos.

—No puedo enseñaros algo que tampoco entiendo todavía.

Lyra levantó una ceja.

—Y como no puedes controlarlo, decides controlarnos a nosotras.

Silencio. Artemisa quedó inmóvil. Lyra supo que había acertado. La discusión no terminó allí. Empeoró.

—No se trata de control —respondió Artemisa.

—Sí.

—Se trata de manteneros vivas.

—Estamos vivas porque peleamos.

—Podríais no estarlo.




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