Pero no era así. Cada noche, cuando el castillo quedaba en silencio, Artemisa caminaba sola hasta el límite occidental de sus dominios. Allí permanecía. Delante de ella no había murallas. Solo árboles. Una franja de bosque aparentemente idéntica a cualquier otra. Sin embargo, detrás de aquellos troncos, raíces y senderos existía una estructura mágica que ningún mortal habría podido percibir. Miles de símbolos lunares se entrelazaban formando una frontera antigua, una extensión de su propio poder que ocultaba aquellas tierras del mundo exterior y decidía quién podía entrar y quién podía abandonarlas.
Artemisa había construido gran parte de aquella defensa siglos atrás. La conocía como conocía sus propias manos. Y podía abrirla. Completamente. El problema no era hacerlo. El problema era aquello que podía suceder después. La tercera noche, el gran ciervo blanco apareció a su lado. Artemisa ni siquiera lo miró.
—No.
La criatura se quedó quieta.
—Ya sé.
El ciervo inclinó ligeramente la cabeza.
—No necesito que me recuerdes nada.
Silencio. Artemisa cerró los ojos.
—Podrían irse.
El animal observó la frontera.
—Las dos.
Nada.
—Thalia probablemente regresaría.
La diosa apretó la mandíbula.
—Eso creo.
El ciervo movió una oreja. Artemisa soltó aire.
—Lyra también podría hacerlo — Pausa — O no.
Esa era la parte que no conseguía soportar. No saber. Lyra podía atravesar la frontera, descubrir que deseaba otra vida y no regresar. Podía conocer ciudades. Personas. Mundos. Podía cansarse de convivir con una diosa posesiva que estaba aprendiendo demasiado lentamente. Podía descubrir que lo que sentía por Artemisa había sido consecuencia del aislamiento. Podía enamorarse de alguien más. Podía elegir cualquier cosa. Y Artemisa tendría que aceptar que ninguna de esas decisiones le pertenecía. El gran ciervo se acercó y apoyó el hocico contra su hombro. La diosa permaneció inmóvil.
—Odio esta lección.
El bosque guardó silencio.
—Muchísimo.
A la mañana siguiente, Lyra supo que algo ocurría antes de que Artemisa pronunciara una sola palabra. Estaban desayunando en el comedor pequeño. Solo ellas tres. Thalia comía tranquilamente mientras revisaba un libro sobre corrientes subterráneas. Lyra intentaba convencer a una pequeña llama para que calentara su taza sin hacer hervir el contenido. Artemisa estaba sentada frente a ambas. No comía. No leía. No discutía. Solo las miraba. Lyra dejó la taza.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Thalia levantó los ojos del libro.
—Mientes.
Artemisa suspiró.
—No puedo estar pensativa cerca de vosotras.
—No de esa manera —respondió Lyra.
—¿Cuál manera?
—La de estar a punto de anunciar una catástrofe.
Thalia cerró el libro.
—¿Hay peligro?
—No.
—¿Otro dios?
—No.
—¿Alguna criatura?
—No.
Lyra entrecerró los ojos.
—Entonces es algo sobre nosotras.
Artemisa permaneció callada. Las gemelas se miraron.
—Sí —dijo Thalia.
Lyra cruzó los brazos.
—Habla.
La diosa observó primero a Thalia. Después a Lyra.
—Quiero llevaros a la frontera occidental.
Silencio. Thalia frunció el ceño.
—¿Para entrenar?
—No.
Lyra dejó de moverse. Algo dentro de ella comprendió antes que su mente.
—¿Qué vas a hacer?
Artemisa sostuvo sus ojos.
—Abrirla.
No hubo bromas. Ni comentarios. Durante varios segundos solo se escuchó el pequeño crujido de la llama de Lyra sobre la mesa. Thalia fue la primera en reaccionar.
—¿Completamente?
Artemisa asintió.
—Sí.
Lyra seguía inmóvil.
—¿Por cuánto tiempo?
—El que queráis.
Aquello cambió todo. La llama desapareció.
—No entiendo —murmuró Lyra.
La diosa respiró lentamente.
—Voy a retirar todas las restricciones externas sobre vosotras.
Thalia dejó el libro.
—¿También las relacionadas con las marcas?
—Las marcas seguirán existiendo por ahora, pero no impedirán que crucéis.
Lyra levantó la cabeza.
—¿Puedes hacer eso?
—Sí.
—¿Y podrás sentir dónde estamos?
Artemisa tardó.
—Solo débilmente mientras llevéis las marcas.
La expresión de Lyra cambió. Artemisa continuó antes de que protestara:
—No voy a utilizar esa conexión para buscaros.
—¿Puedes desconectarla?
La pregunta llegó rápida. Directa. Dolorosa. Artemisa sostuvo su mirada.
—Sí.
Lyra se quedó quieta.
—Entonces hazlo.
Thalia la miró. Artemisa también. Aquello no estaba en sus planes. Podía abrir la frontera. Había decidido hacerlo. Pero desconectar completamente el vínculo era distinto. Significaba no saber nada. No sentir si Lyra estaba herida. No percibir su fuego. No tener ninguna certeza de que seguía con vida. La diosa cerró los ojos. El miedo apareció. Tan intenso como el día del ataque. Lyra lo vio.
—Artemisa.
La diosa abrió los ojos.
—Sí.
—No te estoy pidiendo que destruyas la marca todavía.
—Lo sé.
—Solo que mientras estemos fuera no puedas seguirnos a través de ella.
—Lo sé.
—Necesito saber que de verdad estamos fuera de tu control.
Silencio. Thalia observó cuidadosamente. Aquella era la prueba. No para ellas. Para Artemisa. La diosa extendió lentamente una mano.
—Bien.
Lyra abrió mucho los ojos.
—¿Bien?
—Sí.
Artemisa apretó los dedos. Las marcas de ambas gemelas brillaron al mismo tiempo. Verde. Marrón..El resplandor duró apenas unos segundos. Después desapareció. Lyra sintió algo extraño. No físico. Una ausencia. Como un hilo invisible que siempre había estado allí y que de pronto había desaparecido. Thalia llevó una mano a su marca.