Habían pasado días desde que ella y Lyra cruzaron por primera vez la frontera completamente abierta del bosque de Artemisa, pero todavía había algo extraño en contemplar edificios, calles, vitrinas, semáforos y personas caminando de un lado a otro sin saber que dos inmortales atravesaban la multitud. Nada parecía haberse detenido por su ausencia. Aquello era lógico. También era incómodo.
Thalia caminaba junto a Lyra por una avenida ancha, con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo marrón oscuro. Su hermana vestía de negro y verde, y sus largos cabellos rojos caían sobre los hombros. Ambas llamaban la atención. No por algo sobrenatural. Solo por su parecido casi perfecto. Varias personas se volvían para mirarlas. Lyra lo notó.
—Todavía hacemos eso.
Thalia levantó una ceja.
—¿Qué?
—La gente nos mira.
—Somos idénticas.
—Éramos idénticas antes.
—Seguimos siéndolo.
Lyra sonrió.
—Excepto que ahora una puede incendiar una plaza y la otra inundarla.
—Detalles.
Continuaron caminando. Aquella vez no habían salido porque quisieran demostrar nada a Artemisa. La primera salida había sido una prueba. Esta no. La frontera seguía abierta. Podían marcharse cuando quisieran. Artemisa no preguntaba adónde iban ni cuánto tardarían en volver. Al menos intentaba no hacerlo. Aquella mañana, cuando Lyra anunció que quería regresar a la ciudad con Thalia, la diosa solo había levantado los ojos del libro que estaba leyendo.
—¿Cuánto tiempo?
Lyra había sonreído inmediatamente. Artemisa cerró los ojos.
—No. Espera.
Thalia comenzó a reír. La diosa corrigió:
—¿Tenéis idea de cuánto tiempo queréis estar fuera?
—Quizá dos o tres días —respondió Thalia.
Artemisa había tardado exactamente cuatro segundos en responder.
—Bien.
Lyra la había observado.
—Te dolió.
—Muchísimo.
Después Artemisa les había dado dinero. Aquello había evitado repetir la experiencia humillante de entrar en una cafetería sin poder pagar nada.
—Esto no significa que esté controlando nada —había advertido la diosa.
Thalia miró la pequeña bolsa de monedas y billetes.
—Significa que no quieres que vendamos otra joya del castillo.
Artemisa se había vuelto hacia Lyra.
—Tu hermana es demasiado inteligente.
—Te lo advertí.
Ahora, horas después, caminaban completamente solas. Y esta vez la sensación era diferente. Ya conocían el camino de regreso. Tal vez por eso podían mirar hacia adelante. Primero visitaron una tienda de ropa. Fue idea de Lyra.
—Estoy cansada de que Artemisa elija prácticamente todo lo que usamos.
Thalia observó la blusa marrón que llevaba.
—Esto lo elegí yo.
—Después de que ella llenara nuestros armarios de verde y marrón.
—Te gusta el verde.
—Ese no es el punto.
Entraron. Lyra recorrió los estantes como si estuviera planificando una guerra. Thalia tomó una chaqueta azul. Lyra se volvió.
—¿Azul?
—Sí.
—Nunca usas azul.
—Precisamente.
Lyra sonrió lentamente.
—Rebelión.
—Textil.
—Me gusta.
Una hora después salieron con varias bolsas. Thalia llevaba la chaqueta azul. Lyra había comprado un abrigo rojo oscuro.
—Artemisa va a odiarlo —dijo Thalia.
Lyra levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque no es verde.
—Mejor.
—Vas a ponértelo solo para molestarla.
Lyra sonrió.
—Tal vez.
—Estás enamorada de una manera extraña.
—Cállate.
Después fueron a una cafetería. Esa vez pagaron. Lyra parecía demasiado satisfecha con el logro.
—Mira.
Dejó el dinero sobre la mesa.
—Civilización.
Thalia tomó la taza.
—Has destruido una criatura divina y estás emocionada porque pudiste comprar café.
—Las victorias pequeñas también cuentan.
Thalia sonrió. Durante unos minutos permanecieron en silencio. Alrededor había conversaciones. Música. Personas entrando y saliendo. Un niño lloraba en una mesa cercana. Dos estudiantes discutían sobre un examen. Una pareja parecía estar terminando una relación junto a la ventana. Vida humana. Normal. Thalia observó todo. Algo dentro de ella se contrajo.
—¿Lo extrañas?
Lyra entendió inmediatamente.
—Sí.
Thalia bajó la mirada hacia su café.
—Yo también.
Hubo un silencio.
—¿Qué parte? —preguntó Lyra.
Thalia pensó.
—La sensación de que el tiempo importaba.
Lyra frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Antes pensaba en años.
Estudió sus propias manos.
—Ahora sé que puedo estar aquí dentro de cien años y seguiré igual.
Lyra guardó silencio.
—Ellos no.
Thalia miró hacia el niño.
—Ese chico va a crecer. Va a convertirse en adulto. Va a envejecer. Un día desaparecerá.
Lyra siguió su mirada.
—Nosotras no.
—Exactamente.
Por primera vez desde que Artemisa les había concedido inmortalidad, aquella realidad no parecía un regalo. Parecía distancia.
—¿Te arrepientes? —preguntó Lyra.
Thalia tardó.
—No sé.
—Yo sí.
La respuesta sorprendió.
—¿Te arrepientes?
Lyra negó.
—No de ser inmortal — Pausa —De no haber elegido.
Eso era diferente. Thalia asintió.
—Yo también.
—Quizá algún día deje de molestarme.
—Quizá.
Lyra sonrió sin humor.
—Tenemos siglos para averiguarlo.
Thalia soltó una pequeña risa. Aquello ayudó. Por la tarde visitaron un parque. Lyra se tumbó sobre el césped. Thalia permaneció sentada. El lugar estaba lleno. Parejas. Familias. Personas corriendo. Músicos callejeros. Lyra cerró los ojos.
—Me gusta esto.
—¿Qué?
—Que nadie sabe quiénes somos.
Thalia sonrió.
—Aquí no somos elegidas.
—Ni inmortales.
—Ni peligrosas.
—Ni «las gemelas de Artemisa».