El Último Poder Del Olimpo

Porque quisimos volver

Artemisa descubrió que la libertad podía ser más silenciosa de lo que había imaginado.

No siempre llegaba acompañada de puertas abriéndose, despedidas dramáticas o grandes decisiones. A veces se manifestaba en gestos diminutos. En Lyra levantándose después del desayuno para anunciar que pasaría la tarde con Elara. En Thalia desapareciendo durante horas con Dafne y Melia para estudiar plantas junto al río. En una habitación vacía. En una silla sin ocupar. En una conversación que Artemisa no escuchaba. Y, sobre todo, en la certeza de que ninguna de las dos necesitaba pedirle permiso para hacer aquellas cosas.

Las primeras semanas después de abrir definitivamente las fronteras del bosque fueron un entrenamiento más difícil para Artemisa que cualquiera que hubiera impuesto a las gemelas. El problema era absurdo. Ellas regresaban. Siempre. A veces al anochecer. A veces al día siguiente. En una ocasión, Thalia pasó tres noches fuera con una patrulla y Lyra permaneció dos días en la ciudad humana porque quería asistir a una exposición. Volvían.

Y, sin embargo, cada partida despertaba en Artemisa aquel viejo impulso de cerrar la mano. Había aprendido a reconocerlo. Eso ya era algo. Todavía no había aprendido a eliminarlo. Quizá nunca lo haría. Aquella mañana lo sintió otra vez. Lyra estaba sentada frente a ella durante el desayuno, cortando una fruta con demasiada concentración. Thalia hojeaba un libro al otro extremo de la mesa. El ambiente era tranquilo. Demasiado. Artemisa había aprendido a desconfiar de la tranquilidad de las gemelas.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Lyra levantó la cabeza.

—Nada.

Thalia hizo exactamente lo mismo.

—Nada.

Artemisa entrecerró los ojos.

—Las dos habéis dicho lo mismo al mismo tiempo.

—Somos gemelas —respondió Thalia.

—Eso no explica nada.

Lyra sonrió.

—Estamos pensando en salir.

Ahí estaba. La diosa sintió el pequeño tirón. No miedo todavía. Algo anterior. Una especie de resistencia automática.

—¿Adónde?

Lyra levantó una ceja. Artemisa cerró los ojos.

—No. Espera.

Thalia comenzó a reír. La diosa respiró.

—¿Queréis contarme adónde vais?

Lyra sonrió.

—Mucho mejor.

Artemisa la fulminó.

—No abuses.

—La ciudad.

—¿Las dos?

—Sí.

Thalia cerró el libro.

—Queremos regresar a la misma zona del museo y después buscar algunas cosas.

Artemisa asintió.

—Bien — Pausa. —¿Volveréis esta noche?

Lyra volvió a levantar una ceja. La diosa apretó la mandíbula.

—¿Tenéis planes sobre cuándo queréis regresar?

Thalia comenzó a reír más.

—Está mejorando.

—No necesito evaluación constante.

—Sí necesitas —respondieron las gemelas al mismo tiempo.

Artemisa cerró los ojos.

—Muchísimo.

Lyra sonrió.

—Quizá mañana.

La diosa asintió. Eso fue todo. No preguntó dónde dormirían. No pidió nombres. No señaló rutas. No activó ninguna conexión mágica. Nada. Lyra dejó el cuchillo.

—¿Eso es todo?

Artemisa la miró.

—¿Qué más esperabas?

—No sé.

—Entonces sí. Eso es todo.

Thalia sonrió.

—Voy a preparar mis cosas.

Se levantó y salió. Lyra permaneció sentada. Artemisa lo notó.

—¿Qué?

La joven la observó.

—De verdad estás aprendiendo.

La diosa hizo una mueca.

—Empiezo a arrepentirme de que todo el mundo utilice esa frase conmigo.

Lyra sonrió.

—Es importante.

—Lo sé.

—No, no creo que lo sepas.

La pelirroja apoyó los brazos sobre la mesa.

—Hace unos meses, una conversación como esta habría terminado conmigo gritando y tú cerrando alguna puerta.

Artemisa sintió el golpe. No era acusación. Era memoria.

—Sí.

—Ahora me preguntas.

—Sí.

—Y si digo que quizá regrese mañana...

La diosa esperó. Lyra sonrió.

—No rompes una copa.

Artemisa levantó una ceja.

—No prometas demasiado.

Lyra soltó una carcajada. Después se levantó. Se acercó. Besó suavemente a Artemisa.

—Nos vemos.

La diosa la tomó de la mano antes de que se alejara. Lyra miró hacia abajo. Después a ella. Artemisa soltó inmediatamente.

—Perdón.

La joven sonrió.

—No era necesario.

—No sabía si querías...

Lyra tomó nuevamente su mano.

—Esto sí.

Artemisa relajó los hombros. Lyra se inclinó.

—Pero no vengas a buscarme.

—No lo haré.

—Ni envíes a Dafne.

—No.

—Ni a Melia.

—No.

—Ni a Apolo.

La diosa levantó una ceja.

—Ni siquiera sabes dónde está Apolo.

—Te conozco.

Artemisa soltó una pequeña risa.

—No enviaré a nadie.

—Bien.

Lyra la besó otra vez. Después salió. La diosa permaneció sola. Miró la puerta. El antiguo impulso regresó. Pequeño. Persistente.

Podrías cerrar el bosque.

Artemisa ignoró la voz.Tomó una taza. Bebió. La taza sobrevivió. Progreso. Las gemelas no fueron directamente a la ciudad. Thalia quiso pasar primero por uno de los antiguos caminos humanos que bordeaban las tierras de Artemisa. Había descubierto que algunos pueblos pequeños seguían existiendo lejos de las grandes zonas urbanas y quería conocerlos. Lyra aceptó. No porque le interesara especialmente la arquitectura rural.

Porque su hermana llevaba días hablando de ello y Lyra había aprendido que acompañar a Thalia a lugares extraños terminaba casi siempre en situaciones divertidas. El pueblo estaba a varias horas. Llegaron por la tarde. Era pequeño. Calles estrechas. Casas bajas. Un mercado en la plaza central. Nada extraordinario.

Precisamente por eso resultó fascinante. Nadie sabía quiénes eran. Nadie pronunciaba la palabra inmortal. Nadie las llamaba elegidas. Solo eran dos jóvenes pelirrojas demasiado parecidas caminando entre puestos. Thalia compró una pulsera de madera. Lyra la observó.

—¿Para qué quieres eso?

—Porque me gusta.




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