El Último Poder Del Olimpo

Las hijas del bosque

El reconocimiento llegó sin ceremonia.

No hubo trompetas, ni juramentos solemnes, ni una fila de cazadoras arrodilladas bajo la luna. Artemisa no reunió a todo el castillo para anunciar que Lyra y Thalia habían alcanzado una nueva etapa en su formación. Simplemente ocurrió. Y quizá por eso fue más importante.

La mañana comenzó como tantas otras. Thalia estaba junto al río con Dafne, practicando la división simultánea de varias corrientes. Lyra entrenaba en un claro cercano, intentando mantener una corona de fuego verde suspendida sobre su cabeza sin permitir que una sola chispa escapara hacia los árboles. Artemisa las observaba desde lejos. No intervenía. Había aprendido a hacer eso.

La diosa ya no necesitaba corregir cada movimiento ni aparecer junto a ellas cada vez que una llama temblaba o una corriente de agua se desviaba. Las gemelas conocían ahora sus propios errores con una precisión que incluso Artemisa empezaba a respetar. Thalia levantó cinco cintas de agua al mismo tiempo. Una se desestabilizó. Dafne dio un paso.

—La tercera.

—Lo sé.

Thalia giró apenas la muñeca. La corriente recuperó su forma.

—No la fuerces —advirtió Dafne.

—No la estoy forzando.

—Tu cara dice otra cosa.

Thalia se volvió lentamente. Dafne sonrió.

—Aprendí de ustedes.

—Esto se está saliendo de control.

—Muchísimo.

Thalia soltó una pequeña risa y volvió a concentrarse. El agua comenzó a responder con mayor suavidad. Ya no necesitaba grandes gestos. Apenas movimientos mínimos de los dedos, pequeños cambios de postura, respiraciones. A unos cientos de metros, Lyra tenía problemas completamente diferentes. Su fuego era estable. Demasiado estable.

—No haces nada —protestó Elara.

Lyra abrió un ojo.

—Estoy controlándolo.

—Lo estás manteniendo quieto.

—Eso es controlar.

—También es aburrido.

Lyra abrió ambos ojos.

—El fuego no necesita entretenerte.

Elara cruzó los brazos.

—Hazlo moverse.

—Puede incendiarte.

—Eso sería entrenamiento real.

Lyra sonrió.

—Bien.

Elara dejó de sonreír.

—Espera.

Demasiado tarde. La corona verde se dividió en doce pequeñas llamas. Elara retrocedió.

—Lyra.

—¿Qué?

Las llamas comenzaron a girar.

—Eso está cerca.

—Confía.

—No me gusta cuando alguien poderoso dice esa palabra.

Lyra soltó una carcajada.

—Ahora entiendes cómo me sentía con Artemisa.

Desde lejos, la voz de la diosa llegó perfectamente:

—Puedo oírte.

Lyra levantó la cabeza.

—¡ERA LA IDEA!

Artemisa negó con la cabeza. Pero sonrió. La primera prueba real llegó antes del mediodía. No había sido planeada. Un grupo de cazadoras regresó desde el extremo sur del bosque con una noticia inesperada: un desprendimiento había bloqueado uno de los cauces principales que alimentaban los lagos interiores. Thalia reaccionó inmediatamente.

—¿Cuánto?

Melia extendió un mapa sobre una mesa.

—Bastante. Rocas, árboles y barro.

—¿El agua está acumulándose?

—Sí.

Thalia miró a Artemisa. Semanas atrás habría esperado una orden. Esta vez no.

—Voy.

La diosa levantó una ceja.

—¿Sola?

Thalia pensó.

—Con Dafne y Melia.

Artemisa asintió.

—Bien.

Lyra apareció detrás.

—Yo también.

Thalia la miró.

—No necesito fuego para retirar árboles mojados.

—Sí necesitas fuerza.

—Tengo agua.

—Y yo explosiones controladas.

—La palabra «controladas» sigue siendo discutible.

Lyra sonrió.

—Vamos.

Artemisa escuchaba. No dirigía. Eso también era nuevo. Finalmente dijo:

—Id.

Lyra miró hacia ella.

—¿Tú no vienes?

La diosa negó.

—No.

Aquello sorprendió a ambas.

—¿Por qué? —preguntó Thalia.

Artemisa cruzó los brazos.

—Porque sabéis qué hacer.

Silencio. Lyra sintió algo cálido. Orgullo. Thalia sonrió.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a confianza.

—No abuses.

—Mucho mejor.

El desprendimiento era peor de lo esperado. Una pared irregular de piedras y troncos atravesaba el cauce. Detrás, el agua había empezado a acumularse hasta formar una laguna improvisada. Dafne observó.

—Si rompe solo...

—Golpeará el valle inferior —dijo Thalia.

Melia asintió.

—Y tenemos varias construcciones allí.

Lyra levantó las manos.

—Entonces quemo los troncos.

Thalia negó.

—No.

—¿Por qué?

—Si destruyes demasiado rápido el bloqueo, toda el agua saldrá de golpe.

Lyra suspiró.

—Tú y tus detalles.

—Detalles que evitan inundaciones.

—Bien.

Thalia se acercó. Cerró los ojos. El agua respondió. Podía sentir la presión. La cantidad. La fuerza acumulada.

—Tenemos que abrir un canal pequeño primero.

Lyra miró hacia las rocas.

—¿Dónde?

Thalia señaló.

—Ahí.

—Eso es piedra.

—Por eso te necesito.

Lyra sonrió.

—Ahora sí.

Dafne soltó una pequeña risa.

—Le gusta demasiado destruir cosas.

—Lo sé —respondió Thalia.

Lyra fingió sentirse ofendida.

—También creo cosas.

—Problemas.

—Principalmente.

Trabajaron juntas. Lyra calentó una sección concreta de roca. No demasiado. Thalia enfrió después con agua. La piedra se agrietó. Otra vez. Calor. Agua. Crujido. Finalmente apareció una abertura pequeña. El agua comenzó a pasar. Thalia levantó ambas manos y reguló la corriente.

—Más.

Lyra amplió la grieta.

—¿Así?

—No tanto.

—Eso no significa nada.

—Cinco centímetros.

—¿Ahora medimos?

—Sí.

Lyra cerró los ojos.

—Te estás pareciendo demasiado a Artemisa.

—Y tú sigues discutiendo demasiado.

—Equilibrio.

Melia y Dafne se miraron.

—¿Siempre trabajan así? —preguntó Melia.

Dafne asintió.

—Extrañamente funciona.




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