El Último Poder Del Olimpo

La última noche de las marcas

Artemisa no avisó a las gemelas que aquella sería la última noche.

Había imaginado muchas veces cómo llegaría ese momento. Durante semanas había trabajado en silencio sobre los dos collares, modificando símbolos, anulando funciones antiguas, retirando cualquier resto de magia que pudiera confundirse con control. Después había retrasado la decisión una y otra vez, diciéndose que faltaba una prueba, una conversación, un último entrenamiento. La verdad era más sencilla. Le costaba despedirse de las marcas. No porque siguiera creyendo que fueran necesarias. Precisamente porque ya sabía que no lo eran.

Aquellos cinturones mágicos habían nacido de su miedo. Cuando Lyra y Thalia despertaron en el castillo, Artemisa todavía pensaba como una diosa acostumbrada a decidir antes de preguntar. Las había elegido, había considerado peligrosos sus poderes, les había concedido inmortalidad sin consentimiento y había supuesto que la forma más segura de conservarlas cerca era reducir sus posibilidades de alejarse. Entonces Lyra había incendiado esa certeza. Thalia la había erosionado con paciencia. Fuego y agua.

Una obligándola a enfrentarse a cada impulso posesivo. La otra preguntando hasta que ninguna mentira elegante conseguía sobrevivir. Ahora las gemelas podían cruzar las fronteras del bosque libremente. Habían viajado al mundo humano, pasado noches fuera, construido amistades y regresado porque lo deseaban. Las cazadoras las consideraban parte de su comunidad. Thalia tenía responsabilidades propias. Lyra enseñaba a jóvenes inmortales a trabajar alrededor del fuego.

Las marcas ya no protegían nada. Solo recordaban una etapa que había terminado. Artemisa estaba sentada frente a ellas cuando lo comprendió definitivamente. La cena había terminado hacía poco. Las tres se habían quedado en uno de los salones pequeños del castillo, aquel que daba al jardín occidental y que con el tiempo se había convertido casi accidentalmente en uno de sus lugares habituales. Thalia estaba tumbada en un sillón leyendo. Lyra permanecía junto a una ventana intentando transformar una pequeña llama en la silueta de un ciervo.

—Eso parece un perro —comentó Thalia sin levantar los ojos del libro.

Lyra giró lentamente.

—Es un ciervo.

—Tiene orejas redondas.

—Es estilizado.

—Parece un perro enfermo.

Lyra hizo crecer la llama.

—Puedo lanzártelo.

Thalia levantó finalmente la mirada.

—Violencia contra hermanas.

Artemisa estaba sentada frente a ambas con un libro cerrado sobre las piernas. No había leído una sola página. Lyra lo notó. La llama desapareció.

—¿Qué ocurre?

Artemisa levantó los ojos.

—Nada.

Las gemelas respondieron al mismo tiempo:

—Mientes.

La diosa cerró los ojos.

—Algún día lamentaré haber permitido que desarrollaseis una personalidad tan insoportable.

Thalia sonrió.

—Ya teníamos personalidad antes de conocerte.

—Ese fue el primer problema —añadió Lyra.

Artemisa soltó una pequeña risa, pero desapareció rápido. Lyra dejó la ventana.

—En serio — Se acercó. —Estás rara.

—Siempre es rara —dijo Thalia.

—Más.

La joven de marrón cerró el libro. Ahora también observaba a la diosa. Artemisa supo que no conseguiría ocultarlo mucho más.

—Mañana quiero que vengáis conmigo al lago de la luna.

Lyra levantó una ceja.

—Eso suena ceremonial.

—Un poco.

—¿Entrenamiento?

—No.

Thalia se incorporó.

—¿Peligro?

—Tampoco.

Las hermanas se miraron. Artemisa sostuvo sus ojos.

—Mañana retiraré las marcas.

El silencio fue absoluto. Lyra no reaccionó. Thalia tampoco. Durante unos segundos ninguna pareció comprender realmente las palabras. Después Lyra llevó una mano hacia la cintura de manera involuntaria, como si necesitara comprobar que la marca seguía allí.

—¿Mañana?

—Sí.

Thalia se sentó completamente erguida.

—¿Las dos?

Artemisa asintió.

—Las dos.

—¿Definitivamente?

—Definitivamente.

Lyra seguía mirándola.

—¿Sin sustituirlas automáticamente por otra cosa?

La pregunta dolió. No porque fuera injusta. Porque demostraba que todavía existían razones para hacerla.

—Sin sustituirlas por nada —respondió Artemisa— Primero quedaréis completamente libres de ellas.

Thalia frunció ligeramente el ceño.

—¿Y los collares?

Artemisa la miró. Lyra giró inmediatamente hacia su hermana.

—¿Qué collares?

Thalia palideció. Silencio. Artemisa cerró los ojos.

—Thalia.

—Fue accidental.

Lyra abrió mucho los ojos.

—¿Sabías algo?

—Solo un poco.

—¡THALIA!

—No sabía cuándo.

—¡Sabías que había collares!

—Vi cosas.

Lyra señaló a Artemisa.

—¿Qué collares?

La diosa respiró. Ya no tenía sentido ocultarlo.

—Preparé dos.

Lyra se quedó inmóvil.

—¿Marcas nuevas?

—No.

La respuesta salió inmediata. Artemisa se levantó.

—No controlarán vuestro poder. No sirven para rastrearos. No afectan las fronteras. No poseen ninguna función que no podáis rechazar.

Lyra entrecerró los ojos.

—¿Podemos quitarlos?

—Cuando queráis.

—¿Y si no queremos ponérnoslos?

Artemisa sintió aquella pregunta como una prueba. Tal vez lo era.

—Entonces no los llevaréis.

Silencio. Lyra la estudió. Buscando la trampa. No la encontró.

—¿De verdad?

—Sí.

Thalia sonrió. Lyra no todavía.

—¿Y no te enfadarás?

Artemisa pensó.

—Quizá me entristezca.

La sinceridad hizo que Lyra parpadeara.

—Pero sería mi sentimiento, no vuestra obligación.

Algo cambió en la expresión de la pelirroja. Muy poco. Suficiente.

—Bien.

Artemisa soltó el aire que no necesitaba contener. Thalia sonrió.

—Mírala.

—¿Qué?

—Estaba aterrada de que dijeras que no.

La diosa la miró.




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