No había convocado a las cazadoras. No había ordenado preparar antorchas, música ni ningún ritual solemne. Tampoco había colocado símbolos sobre la tierra ni construido un altar. Después de todo lo ocurrido, aquella mañana debía pertenecer únicamente a ellas tres. Lyra y Thalia llegaron poco después. Las dos vestían de forma sencilla. Lyra llevaba verde oscuro; Thalia, marrón. Sus largos cabellos rojos caían sueltos sobre los hombros y, por primera vez desde que despertaron en aquel castillo, ninguna ocultaba la tensión.
No era miedo exactamente. Era conciencia. Sabían que algo terminaba. Artemisa estaba de pie junto al agua con dos pequeñas cajas entre las manos. Lyra miró inmediatamente hacia ellas.
—Ahí están.
La diosa levantó una ceja.
—¿Qué?
—Los collares.
Thalia sonrió.
—Te dije.
Lyra giró lentamente hacia su hermana.
—Tú no vas a sobrevivir a la inmortalidad.
—Técnicamente...
—Era una amenaza simbólica.
Artemisa soltó una pequeña risa. La tensión disminuyó apenas.
—Antes de eso —dijo— hay algo que terminar.
Las gemelas dejaron de bromear. Artemisa señaló hacia ellas. No necesitaba nombrarlas. Las marcas. Aquellos cinturones mágicos con forma de shorts que habían acompañado a Lyra y Thalia desde el primer día. Verde. Marrón. La primera manifestación visible del dominio de Artemisa sobre sus vidas. Lyra bajó la mirada. Por extraño que resultara, sintió un nudo en el pecho. Thalia respiró profundamente.
—Entonces hazlo.
Artemisa no se movió.
—¿Estás segura?
Thalia levantó una ceja.
—¿Ahora preguntas?
—Estoy practicando.
Lyra sonrió.
—Tarde, pero admirable.
La diosa miró primero a Thalia. Después a Lyra.
—Quiero escucharos a ambas.
Lyra comprendió. No bastaba con asumir.
—Sí.
Artemisa esperó.
—Quiero que la retires.
La diosa asintió. Thalia respondió después:
—Yo también.
Solo entonces Artemisa levantó las manos. No hubo dolor. Tampoco espectacularidad. Los símbolos comenzaron a iluminarse bajo la ropa de las gemelas. Verde en Lyra. Marrón dorado en Thalia. El resplandor fue tenue al principio. Después aumentó. Lyra sintió un calor conocido extenderse alrededor de su cintura. No la presión de otras ocasiones. No control. Despedida. Thalia cerró los ojos. La magia se desprendió lentamente.
Aquellas marcas habían estado vinculadas a Artemisa durante tanto tiempo que la separación produjo una sensación extraña, parecida a quitarse algo que uno había olvidado que llevaba puesto. La luz se elevó. Miles de símbolos diminutos aparecieron alrededor de las gemelas.
Lunas. Flechas. Hojas. Raíces. Llamas. Agua. Todo giró durante unos segundos. Después los cinturones dejaron de existir. Simplemente desaparecieron. Las gemelas quedaron inmóviles. Artemisa bajó las manos. Silencio. Lyra fue la primera en moverse. Se tocó instintivamente la cintura. Nada. No había magia. No había resistencia. No había conexión impuesta. Nada.
—Se fue.
La voz salió más baja de lo esperado. Thalia hizo lo mismo.
—Sí.
Se miraron. Durante unos segundos ninguna sonrió. Después Thalia comenzó a reír. Lyra también. No por humor. Por alivio. Thalia abrazó a su hermana. Lyra respondió.
—Se terminó.
—Sí.
—De verdad.
—Sí.
Artemisa permaneció a pocos metros. No se acercó. Aquello también era parte de la ceremonia. La libertad debía existir unos segundos sin que ella colocara inmediatamente otra cosa en su lugar. Lyra lo notó. Cuando terminó de abrazar a su hermana, miró hacia Artemisa. La diosa no tenía las cajas abiertas. Esperaba.
—Gracias —dijo Thalia.
Artemisa frunció ligeramente el ceño.
—No deberías agradecerme que retire algo que nunca debí imponerte sin elección.
Thalia sonrió.
—No te agradezco el pasado — Pausa —Te agradezco que hayas aprendido.
La expresión de Artemisa cambió. Lyra sintió algo cálido.
—Eso sí puedes aceptarlo.
La diosa sonrió.
—Entonces gracias.
Después vino el silencio difícil. Las cajas. Los nuevos símbolos. Artemisa las sostuvo entre las manos.
—Esto es diferente.
Lyra levantó una ceja.
—Eso espero.
Thalia le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Déjala hablar.
—Estoy escuchando.
Artemisa abrió primero la caja marrón. Dentro descansaba un collar de cuero fino y metal oscuro. No era pesado. En el centro había una pequeña media luna de tono marrón profundo con bordes dorados. Alrededor, diminutos símbolos representaban agua, raíces, hojas y caminos. Thalia se quedó mirándolo.
—Es hermoso.
Artemisa sonrió.
—Es tuyo si lo quieres.
La joven levantó los ojos.
—¿Qué significa?
La diosa respondió sin dudar:
—Nada que tú no quieras que signifique.
Thalia sonrió. Artemisa continuó:
—Para mí representa el bosque, nuestra amistad y el camino que elegiste recorrer aquí. Pero si para ti significa otra cosa, esa interpretación será tuya.
—¿Tiene magia?
—Solo protección pasiva.
—¿Rastreo?
—No.
—¿Control?
—No.
—¿Puedo quitármelo?
—Cuando quieras.
—¿Romperlo?
Artemisa hizo una mueca.
—Preferiría que no.
Thalia rio.
—Eso fue muy razonable.
—Estoy aprendiendo.
La joven tomó el collar. Lo sostuvo. La media luna marrón brilló suavemente. No por una orden de Artemisa. Porque respondió a su energía. Thalia sonrió.
—Lo quiero.
Artemisa sintió algo poderoso. No posesión. Elección.
—Entonces puedo ayudarte.
Thalia se dio vuelta y recogió sus largos cabellos rojos. Artemisa colocó el collar alrededor de su cuello. Lo cerró. Sin magia. Solo un pequeño broche que Thalia podría abrir con dos dedos. Cuando terminó, la joven tocó la media luna. Una luz marrón dorada apareció sobre su superficie.