Fue mucho más simple. Y, precisamente por eso, más peligroso. Una copa de vino cayó. Eso fue todo. La taberna estaba abarrotada aquella noche. Hombres y mujeres ocupaban casi todas las mesas, el humo de las velas se mezclaba con el olor de la madera vieja y alguien tocaba una melodía mediocre en un rincón mientras un grupo discutía a gritos sobre carreras de caballos.
Apolo se encontraba sentado lejos del centro del salón, vestido como cualquier viajero adinerado que quisiera evitar preguntas. Había oscurecido deliberadamente el brillo natural de sus ojos dorados y ocultado parte de su presencia divina para no llamar la atención. No funcionaba del todo. Jamás funcionaba del todo. Varias personas lo habían mirado al entrar. Era inevitable.
Incluso cuando se esforzaba por parecer humano, Apolo seguía teniendo aquella belleza demasiado exacta para resultar completamente normal: cabellos rubios, facciones perfectas, cuerpo joven, una luz difícil de explicar adherida a la piel. Pero él no estaba allí para ser observado. Había llegado siguiendo una anomalía. Una vibración.
Algo que llevaba varios días percibiendo desde sus tierras y que no pertenecía a ningún dios conocido. Energía. Extraña. Profunda. Y aquella noche la encontró. Sentada alrededor de una mesa. Riéndose. Bebiendo vino. Y completamente inconsciente de la mirada de un dios. Dámetor. Apolo todavía no sabía su nombre.
Solo vio a un joven de apariencia de dieciocho años, cabellos negros hasta los hombros, ligeramente ondulados, piel blanca como porcelana y unos ojos violetas tan intensos que por un instante incluso Apolo dejó de prestar atención a todo lo demás. Era hermoso. No simplemente atractivo. Hermoso de una manera casi irritante.
Tenía esa clase de rostro capaz de parecer delicado hasta que sonreía con picardía. Entonces aparecía algo insolente, indomable, peligrosamente vivo. Vestía de negro. Naturalmente. Una camisa oscura abierta ligeramente en el cuello, pantalones también negros, botas altas y algunos detalles violetas que parecían elegidos únicamente para acentuar sus ojos. Estaba acompañado por cuatro jóvenes. Amigos, dedujo Apolo.
Bebían el mejor vino disponible en el lugar, discutían y se reían con una familiaridad que solo podía pertenecer a personas acostumbradas a encontrarse allí. Dámetor sostenía una copa.
—Te digo que no fue culpa mía —estaba diciendo.
Uno de sus amigos soltó una carcajada.
—La puerta salió volando.
—La puerta estaba mal colocada.
—Estaba cerrada.
—Precisamente. Muy sospechoso.
Los otros comenzaron a reír. Apolo también habría sonreído. Si no hubiera ocurrido entonces. Una camarera pasó detrás de Dámetor y rozó accidentalmente el borde de la mesa. Una copa quedó inestable. Cayó. Apolo vio perfectamente el momento. El cristal descendió unos centímetros. Después se detuvo. En el aire. Nadie alrededor pareció notarlo. La copa regresó lentamente a la mesa. Dámetor continuó hablando como si nada hubiera ocurrido. Apolo dejó su propia copa.
Ahí estaba. La anomalía. Dámetor sintió la mirada varios minutos después. No era fácil observarlo sin que lo notara. Había aprendido hacía años a reconocer cuándo alguien prestaba demasiada atención. Tal vez por instinto. Tal vez porque había pasado suficiente tiempo entrando en lugares donde la gente tendía a volverse indiscreta. Giró la cabeza. Lo encontró. El rubio. No lo conocía. Eso fue lo primero. Lo segundo fue mucho más extraño. Aquel hombre era demasiado hermoso. Dámetor entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Qué? —preguntó uno de sus amigos.
—Nada.
—Estás mirando a alguien.
—No.
—Sí.
Dámetor volvió a tomar vino.
—Hay un rubio observándome.
Los cuatro giraron al mismo tiempo. Dámetor cerró los ojos.
—Discretos.
—¿Cuál? —preguntó uno.
—El único que parece haber caído de alguna pintura obscenamente cara.
Silencio. Después comenzaron a reír. Dámetor volvió a mirar. El desconocido seguía allí. Ahora sonreía.
—Me escuchó —murmuró.
—Imposible.
—No me importa.
Pero sí le importaba. Porque había algo inquietante en aquella mirada. No deseo exactamente. O no solo. Reconocimiento. Como si aquel extraño hubiera encontrado algo que estaba buscando. Dámetor no disfrutó esa sensación. Tomó otra copa.
—¿Otra? —preguntó su amigo.
—Es vino excelente.
—Es tu cuarta.
—Sigue siendo excelente.
Apolo permaneció allí casi dos horas. Esperando. Una capacidad que no era precisamente su virtud favorita. Dámetor se levantó finalmente cuando la taberna empezaba a vaciarse. Sus amigos también. Se despidieron en la puerta. Uno tomó hacia el sur. Otro hacia el centro. Los demás desaparecieron por una calle lateral. Dámetor siguió solo. Apolo esperó. Treinta segundos. Después salió. La noche era fría. La luna estaba parcialmente cubierta por nubes. Dámetor caminaba con las manos dentro de los bolsillos. No parecía ebrio. Eso sorprendió ligeramente al dios. Había bebido suficiente vino para derribar a un hombre normal. Otra anomalía. Apolo avanzó.
—Dámetor.
El joven se detuvo. Muy lentamente. Giró. Los ojos violetas se endurecieron.
—No recuerdo haberte dicho mi nombre.
Apolo sonrió.
—No lo hiciste.
—Entonces tenemos un problema.
—No necesariamente.
Dámetor estudió al desconocido. Ahora que estaba cerca, la sensación era todavía peor. Demasiado perfecto. Demasiado luminoso. Y aquellos ojos. Ya no parecían humanos. Dorados. Literalmente. Dámetor retrocedió un paso.
—¿Quién eres?
Apolo no respondió inmediatamente. La máscara humana comenzó a desaparecer. No toda. Solo lo suficiente. Una luz dorada recorrió su piel. Dámetor se quedó inmóvil. Después soltó una pequeña risa.